*Conciso y sin desperdicio… ¡COMIENZA LA OBRA!*
I. EL ANTICRISTO 
Lo que he escrito atrás sirve como introducción o preludio a esto que acometo ahora: la Semblanza (la figura o la “faz”) del Anticristo. Porque, en efecto, en aquello anterior mencioné al personaje. Traté de él como jefe político y dominador, que creo puede surgir de los actuales acontecimientos que tienen lugar en Medio Oriente, como cabeza del poder político que podría usufructuar el desenlace de las perturbaciones, el poder judeo-sionista.
Pero si allí me ocupé de la figura del Anticristo, lo hice desde la perspectiva del análisis político. Como reflexión sobre los factores de poder en pugna, su accionar y los previsibles acontecimientos futuros. Mencioné su encumbramiento como un hecho político posible en el futuro político próximo. De los caracteres humanos que podrían atribuírsele hablé poco, o nada. Y es a esto a lo que quiero abocarme ahora.
¿Por qué? ¿Para qué? ¿Qué sentido tiene ocuparse del Anticristo, ya sea de las circunstancias políticas que lo harían posible, o de su figura?
Mi inquietud, mi preocupación casi exclusiva –mi “obsesión”– por los “temas apocalípticos” me ha sido criticada por algunos, extraños y allegados. No me tomo el trabajo de justificarme frente a los que desprecian ocuparse de todo lo referido a la consumación de los tiempos, y que nadan en el nirvana de una despreocupación beatífica. Pero me parece muy atendible la objeción de quienes, quizás tan “parusíacos” o más que yo, rechazan, sin embargo, mi insistencia en destacar los caracteres negativos –aterradores, en realidad– del mundo en que vivimos. Tanto como a mí, a ellos también les parecen tremendamente negativos y preanuncio de acontecimientos “apocalípticos”. Sólo se distancian de mi actitud por una cuestión de prioridades, o de “acento”. Piensan que estar tan atentos a los horrores del mundo actual, acobardaría a los fieles receptivos de nuestra enseñanza. Que ello privaría, sobre todo a los jóvenes, de la esperanza necesaria para vivir la situación cristianamente.
Ya he contestado, en realidad, a esta objeción en mi libro De Prophetia y otros temas de actualidad 20.
La atención preferencial a los aspectos negativos del mundo actual se justifica, a mi entender, por el hecho de que ellos son, precisamente, el preanuncio y antesala de la Gloria a la que aspiramos. Su extrema negatividad realza la extrema positividad de Aquello que esperamos. Aviva, en nosotros, la conciencia del Triunfo venidero, por oposición. Por contraste.
Ese efecto, por así decir, “dialéctico”, que la suma perversidad de nuestro mundo engendra en nosotros, no tendría lugar si no fuera porque sabemos que el desenlace es dialéctico.
¿Por qué lo sabemos? No por ningún cálculo de análisis político o histórico 21. Lo sabemos por la fe. Lo sabemos porque nos ha sido revelado por Cristo. ¿Cómo lo ha revelado? Lo ha revelado taxativamente:
Cuando estas cosas comenzaren a suceder, cobrad ánimo y levantad vuestras cabezas, porque se acerca vuestra redención (Lc. 21, 28).
“Las cosas” que dice el texto no son, precisamente, fáciles y deleitosas. Son terriblemente duras y tenebrosas. Pero son preanuncio y antesala del Triunfo definitivo del Bien. “Se acerca vuestra redención”, dice. O sea que este triunfo es definitivo, permanente. Es eterno, no hay vuelta. Por tanto, si alguna vez la hubo, ahí se acaba la “dialéctica de la historia”.
Pero en esta “dialéctica”, anterior al final, ¿de qué Bien y de qué Mal se trata? De Cristo y del Anticristo: el Bien histórico sumo y el sumo Mal histórico. Y entonces, si esto es así, si esto es como Nuestro Señor nos lo anuncia, si el Mal llegado a su plenitud en el Anticristo, anuncia el triunfo definitivo de Cristo y nuestra redención, entonces –como decía en De Prophetia–, casi, casi, deberíamos querer que el Mal se intensificara. “Politique du pire”: cuanto peor, tanto mejor. Y decía, y lo vuelvo a decir ahora, que a esto, que lo sabemos por la fe, debemos desearlo con la esperanza fundada en la fe. Porque Cristo nos lo ha ordenado, imperativamente: “Cuando veáis que todo esto sucede, levantad vuestras cabezas”. Debemos desearlo, en el supuesto –que creo que es vigente–, de que nada nos quede humanamente por hacer; porque de lo contrario, es claro, deberíamos intentar corregir el Mal. Esperemos, pues 22, confiados en la palabra de Cristo, que también dijo:
Os he dicho estas cosas para que, cuando llegue la hora, os acordéis de ellas y de que yo os las he dicho (Jn. 16, 4).
O sea, estaba escrito. Estaba escrito que estas cosas habían de suceder, y suceden. El Señor las tiene previstas, el Señor mantiene en sus manos las riendas. Y cuando al discípulo de Cristo no le queda nada más que hacer, sino padecer –como era el caso para aquellos a los que fue dicho, y como creo que es el caso para nosotros–, sólo le queda… mirar. Mirar para mantener la esperanza*. “Cuando veáis que todo esto sucede…”.
Y por eso digo yo, ahora, que hay que mirar al Anticristo. Mirarlo no por ningún masoquismo –ya está dicho– sino para ver cómo se cumple en él lo anunciado: la intensificación del Mal, que precede al triunfo definitivo de Cristo.
Pero hay algo más en esto. ¿Qué quiero decir con esto de “mirar” al Anticristo? Las dos cosas que puse: escudriñar en las circunstancias históricas que hacen plausible su manifestación, e identificar los caracteres de su figura. A lo primero se lo encara bajo el modo de análisis político, y es lo que intenté hacer en el prólogo. A lo segundo lo intento, ahora, como descripción de sus condiciones humano-morales, o humano-psicológicas, o culturales. Pero ¿por qué esto no va contra nuestras obligaciones “pastorales” o de enseñanza, sino que resulta de ellas? ¿Por qué es éste un tema que debe ser tratado y debe ser difundido entre los fieles?
Por un motivo obvio, si es que es verdad todo lo anterior: para alertar a los hermanos. Aseguro que no intento esta “semblanza del Anticristo”, ni por divertir mi fantasía como en una novela o película de terror, ni por vana curiosidad, ni por un prurito de “anticipación profética” –por ver si “la pego”, y el Anticristo viene, y resulta como lo describo. Con mirar al Anticristo quiero decir “no sacarle el ojo”. Lo hago por el mismo motivo por el que han hecho algo similar los exégetas recientes, nuestros mayores, como Newman, Soloviev, Benson, Pieper, Castellani y otros. En todos ellos, en mayor o menor grado, ha estado viva la conciencia de que era necesario alertar sobre una proximidad que no era manifiesta para todos. Lo mismo hizo, y con mayor autoridad pastoral, el santo Papa Pío X en su primera encíclica 23; en la que, con mirada de águila previó, desde su incubación, hace más de un siglo, esta presencia que hoy vislumbramos:
[…] quien considere todo esto tendrá que admitir de plano que esta perversión de las almas es como la muestra, como el prólogo de los males que debemos esperar en el fin de los tiempos; o incluso pensará que ya habita en este mundo el hijo de la perdición de quien habla el Apóstol.
Desde ellos hasta nosotros se han acelerado los tiempos, en el sentido de una mayor plausibilidad de esta presencia tenebrosa. Recíprocamente, la capacidad de percibir esa mayor proximidad se ha ido embotando entre los fieles, a tenor de una progresiva defección de las autoridades de la Iglesia en el cumplimiento de esa perentoria línea pastoral abierta por Pío X.
Las dos circunstancias antedichas, la mayor plausibilidad de la manifestación del Anticristo en nuestra época y la incapacidad para avizorarlo en los fieles, paradojalmente concuerdan. Porque los modos que asume su presencia en nuestro mundo han llegado a un límite supremo de simulación. Y esa capacidad de simulación es, precisamente, una de las notas más propias del personaje. Como dice San Pablo, “la venida del Anomos estará precedida por un poder engañoso, que hará creer en la mentira”. Y también Nuestro Señor en el Evangelio: “Se levantarán falsos profetas y falsos cristos, y obrarán grandes señales y prodigios para inducir a error, si fuera posible, aún a los mismos elegidos” (Mt. 24, 24).
“A los mismos elegidos”, dice. Y esto significa, a mi entender, “aún a los mismos prevenidos”. Porque me parece que no pueden, los elegidos, no estar prevenidos, o sea atentos a los signos de los tiempos. Porque leen las escrituras, donde esta atención está mandada. Y porque, si son elegidos o cristianos auténticos, no pueden dejar de sentir al mundo que nos rodea como el de la más radical oposición a Cristo y su Evangelio. Es decir, como el mundo del Anti-Cristo. Pero, pese a ello, es tan poderosa la simulación de este enemigo, que amenaza inducir a error a estos mismos prevenidos.
Ésta es, pues, la intención de este escrito sobre la figura del Anticristo en nuestro tiempo: alertar a los fieles, mis hermanos, sobre lo que yo veo como su proximidad: en los hechos, por el análisis político, y en su caracterización, por los detalles de su figura tal como se va diseñando en el hombre y en la cultura humana de nuestro tiempo. Quisiera que ésta mi intención reprodujera, pues, la que gráficamente atribuye Soloviev al staretz Juan, en su Relato del Anticristo, desenmascarando al Impío delante de la asamblea de los cristianos: “¡Hermanos, es el Anticristo…!”.
Porque, en virtud de lo que digo sobre su poder mimético de simulación, de desenmascarar al personaje se trata. Esta presencia disimulada del enemigo de Cristo algunos católicos la ven, otros la ven menos, y otros, la mayoría, no la ve en absoluto. Porque, desgraciadamente, la Iglesia, que es la que debería alertarlos, ha abdicado totalmente de esta función docente que es hoy más necesaria que nunca. La alarma de San Pío X ha quedado enteramente archivada, aún cuando hoy, a más de cien años de la misma, la gravedad de su denuncia se ha acrecentado enormemente.
Suplamos, pues, con nuestras modestas luces y sin haber recibido comisión oficial alguna para hacerlo, esta escandalosa laguna del magisterio.
Debo aclarar, no obstante, qué quiero decir con esto de “alertar a los hermanos”. Porque por “alerta” se puede interpretar “alarma”. Y “alarma” significa, etimológicamente, “¡A las armas!”. Y quienes me conocen saben que no creo que, en la situación actual, haya lugar alguno para una contraofensiva política activa contra el imperio del Anticristo. En este sentido es que creo que “no hay nada que hacer”. Y por eso este “alerta” tiene, en primer lugar, el sentido “contemplativo” que ya dije: mirar al Anticristo para alentar nuestra esperanza por el cumplimiento de la palabra de Cristo. Pero, en sentido activo, no invito, tampoco, a bajar los brazos. El “alerta” es para que, una vez tomada conciencia de la gravedad de la situación, redoblemos nuestros esfuerzos de fortalecimiento interior: no sólo personales sino también familiares y amicales. Porque así como “hay tiempo de reír y hay tiempo de llorar; tiempo de lamentarse y tiempo de danzar” (Ecl. 3, 1), así también hay tiempo para el combate activo y conquistador, y tiempo sólo para el combate interno y conservador. Y sean cuantas fueren las líneas de defensa que hayan caído (estado, escuela, profesión, familia), hay un último reducto que es aquel en el cual, en definitiva, se plantea la decisión de la batalla: la ciudadela de la ciudad, el Donjon del castillo fuerte que es nuestra propia alma, el alma de cada cual. Y por eso vale para esta situación –que sigue siendo esencialmente bélica– la admonición apocalíptica aquella: “El justo practique aún la justicia, el santo santifíquese más” (Ap. 22, 11).
* Las frases resaltadas y subrayadas, son aporte de quien publica en el presente Blog la obra del Federico Mihura Seeber.
20 – Ob. cit., pp.110 y ss.
21 – Si fuéramos a atenernos a un análisis racional, sería lógico aplicar un esquema cíclico, de nacimiento y decadencia y muerte de las civilizaciones… y vuelta a empezar. Pero acá erraríamos, porque estos ciclos presuponen que hay un “piso” de la decadencia, a partir del cual se vuelve a empezar. Pero el devenir actual hacia la muerte no tiene piso.
22 – Con una esperanza que tiene más de confiada “espera” que de aspiración activa.
23 – E Supremi Apostolati, de 1903, año de su ascensión al Pontificado.