II. EL ANTICRISTO-SALVADOR
Acometo, pues, la tarea. La tarea de encontrar al Anticristo, o rastrear sus huellas, describiendo los rasgos que, en las estructuras y en el hombre actuales, lo prefiguran, como opositor-simulador de Cristo y como hombre y sociedad demonizados. La “semblanza”, en fin, del Anticristo, en el sentido apuntado; como descripción de los rasgos humanos generales que, a la vez, preparan la eclosión del Anticristo personal*. Todo lo que diga a continuación deberá ser entendido, en efecto, según la ambivalencia apuntada: referido al Anticristo general y/o al Anticristo personal, salvo en los casos en que una u otra atribución se imponga claramente.
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El primero de los rasgos con el que me encuentro, de este enemigo y simulador de Cristo en nuestro mundo, es el de imitador perverso de Cristo como Salvador del mundo y de los hombres.
Si hay algo común a la conciencia humana de todas las épocas, incluso de la nuestra, es ésta según la cual el hombre es un ser necesitado de salvación. Porque lo más primario, desde que el hombre toma conciencia de su propio ser, es la percepción de que él tiene la existencia amenazada. Amenazada “puntualmente”, por la experiencia de los males comunes del dolor y la enfermedad, y amenazada global o íntegramente, por la certeza de la muerte. Muerte que es prevista, no sólo en un sentido físico-orgánico, sino total u ontológico: la posibilidad de “dejar de ser”. Procura, pues, ser salvado, ya que se sabe llamado por naturaleza a una existencia segura y venturosa. Y perdurable.
La referida tríada de males puede ser resumida en una: enfermedad. El hombre se sabe “enfermo”. Se reconoce en una situación anómala. La situación normal es la salud. Ahora bien, “salvar” es “dar la salud”.
Dije enfermedad. Naturaleza-enferma. La cultura de todas las civilizaciones de la historia está allí para atestiguar que el hombre ha tenido siempre conciencia de que su naturaleza está en una situación anómala. Y, con la misma unanimidad, la historia proclama que el hombre ha imputado dicha anomalía a una falla o desarreglo original. No es exclusivo del dogma cristiano-católico el reconocimiento de un Pecado o Falta Original. Son muchas las religiones que, de un modo u otro, lo han afirmado. Y todas ellas han reconocido, además, la necesidad, para el hombre, de satisfacer por esa Falta Original, como condición para su salvación-sanación. Porque se trata de una falta que ha violado el orden impuesto por la Divinidad, una Transgresión.
En la medida de su mayor o menor pureza, las prácticas cultuales de reparación han oscilado entre la que sería su intencionalidad “altruista” y su intencionalidad “egoísta”. Entiendo, por lo primero, la primacía dada a la reparación por la Culpa: la satisfacción a la Divinidad por la Ofensa. Por lo segundo, la liberación de la Pena: el remedio a las consecuencias que la culpa ha acarreado al hombre. Precisamente, el remedio de los males en los que consiste la anormalidad de la naturaleza: el dolor, la enfermedad y la muerte.
Ambas cosas, satisfacción por la culpa y liberación de las penas, caen bajo el concepto de “salvación”. Las religiones y sus prácticas cultuales han pretendido ser, todas, doctrinas y prácticas soteriológicas 47 en ambos sentidos. Aunque, en forma general, ha primado lo segundo, la liberación de las penas, porque el hombre suele dar primacía a lo que lo afecta a él.
Ahora bien, como todo fiel cristiano sabe –o debería saber–, en ninguna religión que no sea el cristianismo la salvación ha sido adjudicada a un hombre. Todo lo más, han sido maestros, profetas o “gurús” los que han enseñado a los hombres lo que debían hacer para obtener la salvación. Pero nadie se ha pretendido, él, por su propia acción, mérito o sabiduría, ser el salvador del desarreglo ontológico de la naturaleza.
Y con razón, porque nadie ha tenido la Suma Pretensión de, por un lado, representar a todos los hombres en el cometido de la reparación, y, por otro, de sustituir a la Divinidad en el perdón de la ofensa 48.
Sólo Jesucristo ha “pretendido” ambas cosas. Sólo Cristo es ambas cosas. Es Hombre, “Hijo del hombre”, en representación de todos los hombres. Y es Dios. Y es, por eso, el único Salvador de los Hombres. El Soter.
¿Cómo ha salvado Jesucristo?
Dije que hay dos aspectos de este desarreglo de la naturaleza humana, necesitada de salvación: la Culpa y la Pena. La Culpa, el Pecado mismo, la ofensa a Dios. La Pena, el efecto deletéreo de la culpa sobre la naturaleza: el dolor, la enfermedad y la muerte.
De ambas cosas salva Jesucristo. ¿Cómo? Por la aceptación reparadora de las penas merecidas por el pecado, con Su pasión y Su muerte. La aceptación voluntaria y libre de las penas hacen de Jesucristo el representante sacrificial de todos los hombres. Porque, siendo completamente inocente, el sufrimiento de las penas no era en Él necesario, como lo es en todos los hombres. Asumió libremente las penas, por todos los hombres. Y además, dada su unión “hipostática” con la Divinidad, ese acto de reparación por el pecado tiene un valor infinito, único modo como se puede “satisfacer” a Dios por él.
El sacrificio de Cristo salva al hombre, por lo pronto, del mayor mal del pecado, la Culpa. Hace desaparecer la Culpa, la borra, porque Dios se satisface con la inmolación de su Unigénito 49. Pero, además, salva de las Penas.
¿Nos ha salvado Jesucristo de las penas del pecado? No lo parece… De la Culpa, pase. Pero son pocos los hombres que se preocupan demasiado por la culpa, por la ofensa a Dios. Lo que nos suele preocupar, en todo caso, son las penas.
Y entonces, dicen los impíos, Cristo y el cristianismo no nos han salvado nada. Porque no nos han salvado ni de la enfermedad, ni del dolor, ni de la muerte, ni del odio entre los hombres, ni de las guerras, ni de la injusticia. El cristianismo ha fracasado, porque los hombres siguen igual hoy día, “como en tiempo de los padres” 50, aquí no ha pasado nada. Dicen, además, que la religión es “el opio de los pueblos”, porque promete para el “más allá” la liberación de nuestros males, y así nos distrae de nuestra tarea, que es la de librarnos de ellos, por nuestra industria, en el “más acá”.
Pero mienten los impíos. Porque Cristo nos ha salvado, no sólo de la Culpa sino de las Penas. Y no sólo en el más allá, sino acá.
Nos ha salvado, sí, del dolor y de la enfermedad y de la muerte, y de todo lo demás: de la guerra entre hermanos y de las injusticias. Nos ha salvado, es cierto, paradojalmente. Sin suprimirlas, sin erradicarlas. Pero nos ha enseñado que por la aceptación reparadora de las penas, a imitación suya, éstas se convierten en camino de santidad, y su carácter penoso se mitiga y, más aún, se transfigura. Lo saben, sobre todo, los santos cristianos. Ellos vuelven el mal de las penas en bien. ¿La pobreza es un mal? Pues se abrazan a la pobreza como a su amada. ¿Sufren dolor? Pues lo acogen, a imitación de Cristo, y lo aman. ¿Sufrir violencia es un mal? Pues se someten al martirio, y lo afrontan cantando himnos de victoria. Y esto que conocen de frente los santos, lo practican de reflejo, o lo intentan, los cristianos comunes. Y, por el ejemplo de los santos, aprenden a usar moderadamente de las riquezas, y a soportar el dolor, y a hacer la guerra de modo honorable y caballeresco.
Y la naturaleza enferma vuelve a su quicio, sin eliminar las penas. Porque son inerradicables. Somos salvados en ellas, y por ellas. Las mismas penas se convierten en medio de salvación. Sólo que, dada la condición de enfermedad de nuestra naturaleza, el medio es un re-medio. Y, claro, los remedios suelen ser amargos. Pero eliminar las penas sería equivalente a eliminar el remedio: el remedio que es Cristo, o la imitación de Cristo.
Así, la salvación de Jesucristo no cambia la naturaleza, ni siquiera su condición de naturaleza pecadora. No cambia la naturaleza, la redime. Transfigura los efectos del pecado y lleva a la naturaleza a un estado que es superior, incluso, a su condición de salud original, previa al pecado. Al estado de inocencia original. Y esto es lo que explica esa exclamación chocante de la liturgia: “¡Oh Culpa feliz, que nos ha merecido un tan adorable salvador” 51.
Así salva, pues, Jesucristo, de los males de este mundo, que son penas por el pecado del hombre.
Pero salva, además, de la Culpa, y esto fue lo más importante de su Misión, porque Dios es más importante que el hombre, y la Injusticia cometida a su respecto –la ofensa a Él– es un hecho objetivo que trastoca radicalmente el orden del ser. Sólo Cristo-Dios podía revertir esto. No puede el hombre, en esto, acompañar su acción salvadora, a imitación suya.
Pero aunque la culpa sea un hecho objetivo, cuya reversión sólo a Dios compete, los hombres conocen su efecto inmediato en la conciencia; y esta es otra pena, quizás la más gravosa de todas: el dolor de la conciencia, por la conciencia de culpa. Cristo borró la culpa, pero no borró la conciencia de culpa. El santo más santo –a excepción de María Santísima– está gravado con ella. Cristo no eliminó la conciencia de culpa ni el dolor por ella. Como a todas las demás penas por el pecado, la redimió. La transfiguró. Hizo de ella, para sus fieles, la base y fundamento de todas las virtudes: la humildad, por la que el pecador se reconoce culpable, y sólo redimible de la culpa por los méritos de Cristo.
Insisto, así salva Jesucristo. Así salvó, ya, Jesucristo, al género humano 52.
* Las frases resaltadas y subrayadas, son aporte de quien publica en el presente Blog la obra del Federico Mihura Seeber.
47 – Del griego sotér-eros: salvador.
48 – Lo vieron perfectamente los judíos contemporáneos a Cristo en el episodio de la curación del paralítico: “Hombre, tus pecados te son perdonados. Comenzaron a murmurar los escribas y fariseos, diciendo: ¿Quién es éste que así blasfema? ¿Quién puede perdonar los pecados sino sólo Dios?” (Lc. 5, 20).
49 – No es necesario aclarar (¿o sí?) que la “satisfacción” de Dios por la reparación sacrificial de Cristo no es ningún “solaz” de Dios. Es, sencillamente, refrendar el cumplimiento de la Justicia: la restauración del orden ontológico, roto por el Pecado. Porque de tal orden, Dios es garante.
50 – 2 Pe. 3, 4.
51 – Oficio de Semana Santa. Vigilia Pascual.
52 – ¿Salva, o ya salvó? Lo sabemos: los méritos de la Pasión de Cristo bastan y sobran para la salvación de todos los hombres, pasados, presentes y futuros. En ese sentido, “ya salvó”. Pero cada hombre tiene algo que hacer al respecto. Dios no ha querido que la criatura racional y libre se salvara sin colaborar en su salvación. Puede el hombre rechazar la salvación. De modo que, en este sentido, Cristo no salvó, necesariamente, a “todos los hombres”. Ni es presumible que todos se salven.