La entrada anterior finalizaba con la cita al Apóstol:
Probad lo que es grato al Señor, sin comunicar en las obras de las tinieblas, antes bien, denunciadlas y reprobadlas, pues lo que éstos hacen en secreto es vergonzoso hasta decirlo; [pero] todas estas torpezas, una vez denunciadas por la luz, quedan al descubierto, y todo lo descubierto, luz es (Ef. 5, 8).
Continuemos…
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Me guío por esta semejanza con Cristo, semejanza oposicional y simuladora, para intentar delinear la figura del Anticristo en nuestro tiempo. Es una de las partes de mi “método exegético”, o interpretativo. Es esta semejanza invertida, o “en negativo”, por la cual ciertos fenómenos de la historia se nos presentan, a los fieles, como la extrema radicalización del Mal, y su non plus ultra. Porque a esta radicalización extrema del Mal no se podría haber llegado sino por la inversión de Cristo y su Mensaje. Que es el Anticristo y su propio mensaje, o “evangelio”.
Pretendo hacer ver que, si a los cristianos fieles nos parece, lo que presenciamos, tan abominable, ello no es por otra razón que porque resulta la inversión perversa de lo que para nosotros es soberanamente adorable. Éste es, pues, uno de los criterios que uso para delinear la figura del Anticristo.
El otro es congruente con él: lo que nos muestra la faz del Anticristo hoy es, además de aquella “inversión de Cristo”, lo que es su efecto en el hombre actual y en su cultura, la demonización del ser humano.
El Anticristo ha de ser el “hombre demonizado”, y de esto ya tenemos muestras palpables en el mundo que nos rodea.
Y es que será, el Anticristo, aquel Inicuo cuya venida será “acompañada del poder de Satanás” (2 Tes. 2, 9), y a quien “el dragón dará su poder” (Ap. 13, 2). Es decir, que investirá el poder de Satanás, a la inversa de Cristo, en quien el Demonio “nada tuvo” 30. Por tanto, todo lo que en este mundo se presente a los ojos de los fieles como revistiendo esta cualidad satánica, es un esbozo y una anticipación de la manifestación del Anticristo.
¿Qué entiendo por “demonización del hombre”, y en qué sentido creo que eso mismo se puede predicar de la humanidad actual?
Cuando digo “hombre demonizado” no quiero decir “demonio”, ni “hombre convertido en demonio”. No es eso el Anticristo, ni la humanidad que lo prefigura. No se entiende que algunos exégetas se hayan tomado el trabajo (como surge de lo que dice Castellani) de rechazar la idea del Anticristo-Demonio. A estar a la letra y el sentido de las escrituras proféticas, el Anticristo no puede sino ser enteramente hombre. No pierde, por el hecho de su perversión –como sea que imaginemos esa perversión– su naturaleza humana. Tampoco entiendo por “hombre demonizado” al poseído por el demonio. La posesión diabólica no implica de necesidad consentimiento –al menos inmediatamente– a la acción demoníaca sobre el poseso. Éste está sometido pasivamente a la moción demoníaca 31, al poder del Demonio sobre él. El Anticristo, por el contrario –o el hombre que lo prefigura– está investido, como dije, por el poder demoníaco. Lo asume activamente. Secunda libremente a ese poder. Lo que lo hace, en cierto modo, “hijo” o “imagen” del Demonio, pero imagen humana.
Lo que quiero decir con “hombre demonizado” es el hombre que se ha hecho tan malo como un hombre puede llegar a serlo.
Porque también el Demonio es lo más malo que un Ángel puede llegar a ser, sin perder, por ello, la naturaleza angélica.
Éste es el criterio que he de emplear –además del antedicho: la inversión de Cristo– para rastrear las huellas del Anticristo en el hombre y la cultura humana de nuestro tiempo: la maldad humana llegada al extremo de lo más malo que el hombre puede ser.
Se me entenderá si aclaro que no pretendo hacer con ello una descripción pormenorizada de las distintas lacras que se enumeran como aspectos de la maldad humana: crueldad, lascivia, mentira, etc. Mencionaré muchas de ellas, ciertamente, al referirme a los abismos de abyección en los que ha caído el hombre en la actualidad. Pero me interesará, sobre todo, destacar la maldad humana en un sentido ético integral. Precisamente, aquel sentido en el que se verifica la consecución del proyecto satánico sobre la entera naturaleza humana. En estricta oposición con el proyecto del Creador sobre el hombre, esto es, la plenitud ética y virtuosa de sus facultades, lograda por el ejercicio responsable de una voluntad obediente a la voluntad del Creador, este otro extremo de la maldad humana será la que secunde el proyecto satánico, también libremente: la voluntad destructiva de Satanás, sobre la obra privilegiada de Dios. Y, sin embargo, pese a esta corrupción integral, la naturaleza humana no será por ello destruida, ni transmutada.
Quedará arruinada. No anulada, pero “arruinada”. Porque se debe establecer aquí una diferencia, entre esta corrupción terminal de la naturaleza, con aquella otra original, que resultó de la defección de nuestros primeros padres a la seducción satánica. De resultas del pecado original, la naturaleza humana quedó, también, corrompida, pero en cuanto “principio de operación”, sólo inclinada al pecado; y, por ello, apta todavía para recibir la gracia de la regeneración. En esta corrupción terminal que ahora digo, aquella inclinación al pecado queda confirmada. Lo cual vale tanto como decir “perfecta o consumada”. Perfecta-en-pecado. Y, por ello también, irreversible. Creo que éste es el sentido en el que se ha de entender la expresión de Pablo, referida al Anticristo: “Hombre de Pecado”. No “hombre pecador” 32, sino hombre “hecho pecado”, consubstanciado con el pecado 33.
Parece mucho decir esto de un hombre –el Anticristo o sus secuaces– que, aunque esté en los confines, o en el tramo final de la historia, pertenece aún a ella. Un hombre que todavía está in statu viatoris. Y esta maldad que intento definir acá, sobre todo en lo que sugiere su confirmación e irreversibilidad, parece apuntar, más bien, al estado de condenación eterna, al Infierno. Sin embargo, creo que puede serle reconocido ese “privilegio” al Hombre Perverso del Fin de los Tiempos: el privilegio de representar, cabalmente (no metafórica o figuradamente) el Infierno en la Tierra, el Infierno en la Historia. Porque esta condición infernal es, por un lado, lo que parece poder inferirse de los caracteres que la Escritura atribuye al Anticristo; y es, por otra parte, el tipo de maldad de la que ya muestra atisbos nuestro tiempo.
Aunque esto último no sea fácil de ver. Pero es justamente para hacerlo ver que, entre otras cosas, escribo esto.
Así pues, el Anticristo como contra-figura invertida de Cristo, y el Anticristo como “hombre demonizado”, son los dos criterios que he empleado para delinear la faz del Anticristo, tal como la veo alboreando en estos tiempos. Estos tiempos en los que, a mi entender, se consuma el Misterio de Iniquidad 34.
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Este “mirar al Anticristo” que propongo, este “estar atentos” a él para prepararnos, en alerta frente a una plausible manifestación, debería inducirnos a esbozar su figura. Sería éste el presupuesto para poder identificarlo cuando se manifieste. Para señalarlo, como el staretz Juan del relato de Soloviev: “Hermanos, ¡es el Anticristo!”.
No innovo en esto; muchos lo han hecho ya, antes que yo, como dije. Conocemos varias “semblanzas del Anticristo”, algunas más y otras menos plausibles o verosímiles, en atención al curso que ha tomado la historia.
El mayor o menor acierto con el que estos autores han retratado al Anticristo, no deriva solamente de su mayor o menor agudeza para interpretar su propia contemporaneidad, o de su mejor o peor intelección de la Escritura, en los textos que a él se refieren. Con ser, estas dos, las condiciones fundamentales para prever las características del personaje, el mayor o menor acierto ha dependido, además, como en todo lo referente a la interpretación de los signos proféticos, de una simple cuestión cronológica: los más cercanos a los hechos profetizados –y lo son los más avanzados en el tiempo– están en mejores condiciones para interpretarlos debidamente. A estar a las características de un mundo y una historia que se aproximan a la manifestación del Anticristo, es evidente que un Benson, un Soloviev o un Castellani lo han pintado con mayor aproximación que un Ireneo de Lyon o un Hipólito.
¿Y qué con respecto a nosotros, que retomamos el camino por ellos marcado y que nos creemos capaces de retocar la pintura? Solamente esto: que si creemos poder mejorarla, señalando sus errores, es porque, de ellos a nosotros, ha corrido bastante agua bajo los puentes. Y así, si algunas de sus anticipaciones se aproximan notablemente a lo que hoy vemos como la probable figura del Anticristo, otras se han revelado inverosímiles o erróneas para nuestro tiempo, o han errado en los detalles. Porque es evidente que la pintura de un hecho anticipado depende de los materiales que su propio presente ofrece al autor.
Así, por ejemplo –un ejemplo menor–, el Anticristo que hoy se manifestara (y hoy estamos más cerca de su manifestación) difícilmente lo haría asumiendo la dignidad de Presidente o Emperador de Europa, como lo presentan en sus relatos Benson y Soloviev, sencillamente porque Europa ha dejado de ser en nuestro tiempo una posible sede imperial. Ni tampoco parece que pudiera presentarse el Anticristo, hoy, ostentando virtudes de tipo “estoico” –aunque sean aparentes– como lo anticipa Castellani: sencillamente, porque con tales virtudes el Anticristo no convencería a nadie en el reblandecido mundo de hoy.
Dichas representaciones del Anticristo necesitan ser, pues, retocadas, por quienes hemos sucedido cronológicamente a éstos nuestros maestros. Cumplimos así con lo que nos ha indicado el, para mí, mayor de ellos, Castellani: el Apocalipsis debe ser reinterpretado en cada época 35. Es lo que me propongo hacer aquí, aggiornando la tarea, para mantenerme, y mantener a los demás, en alerta respecto de este personaje crucial de la historia. A quien le toque vivir su manifestación, o sus prolegómenos inmediatos, podrá contar con un plano de orientación, o un identikit, más actualizado.
Pero no quiero crear falsas expectativas, o expectativas “divertidas”. Una semblanza acabada del Anticristo no es mi objetivo, ni me pienso comprometer en definiciones de detalle sobre su figura. No porque no quiera caer en errores de pronóstico como los que he mencionado, sino por la circunstancia que paso a mencionar.
* Las frases resaltadas y subrayadas, son aporte de quien publica en el presente Blog la obra del Federico Mihura Seeber.
30 – Jn. 14, 30.
31 – Que lo convulsiona, le hace hablar lenguas extrañas, ladrar como un perro…
32 – Toda la humanidad, excepto Cristo y su inmaculada Madre, es pecadora, a partir del Pecado Original.
33 – Dije más atrás, “arruinada”: la naturaleza humana “demonizada” es la naturaleza arruinada. Pero quizás el término que mejor quepa para lo que quiero decir sea el empleado por C. S. Lewis para otro contexto –aunque no tan otro–, el de la abolición del hombre (abolition of man). La naturaleza humana “abolida”. Lo cual etimológicamente no significa tanto como en el sentido habitual, esto es, “suprimida”, sino algo próximo a ello, pero que deja en pie a la cosa afectada: de ab-olere, donde “olere” es forma arcaica de delere.
34 – Aquel “misterio de iniquidad” que, al decir del Apóstol, ya estaba en acción a partir de la Redención y la expansión de sus efectos (II Tes. 2, 7).
35 – El Apokalypsis de San Juan, ob. cit., p.292.