Repasemos el punto en donde dejamos la entrega anterior: Y por eso vale para esta situación –que sigue siendo esencialmente bélica– la admonición apocalíptica aquella: “El justo practique aún la justicia, el santo santifíquese más” (Ap. 22, 11).
…continuará ahora, nuestro querido autor, las páginas que propiamente inician la obra que invitamos a leer, y en este caso será una transcripción más breve la que haremos, por sustanciosa y digna de meditado regocijo. Aquí vamos:
Y ya que estamos… Ya que estamos en alusiones al progreso espiritual de cada cual, quiero aludir a un sentido más profundo que justifica este “ocuparnos del Anticristo”. A los que me objetan el mirar tanto los aspectos negativos de nuestro tiempo, ya contesté más atrás con el argumento de la “dialéctica”: la mayor intensificación del mal es un preanuncio, y un signo, del triunfo definitivo del Bien. “Cuando estas cosas comenzaren a suceder, cobrad ánimo y levantad vuestras cabezas, porque se acerca vuestra redención”.
Pero quiero añadir algo más concreto, en este paradojal aliento de nuestra esperanza. Más concreto, porque se refiere a esta figura paradigmática del Mal, el Anticristo, puesto en relación dialéctica con Cristo. Y bien, por paradójico que resulte, todo lo que pensemos o escribamos sobre el Anticristo debería ayudarnos a conocer mejor a Cristo. Con lo cual se hace ver cuán lejos estoy de acometer este tema por curiosidad, vanidad de exégeta o prurito profético anticipatorio. Mi aplicación a diseñar la semblanza, o las circunstancias políticas anunciadoras del Anticristo, tienen un sentido religioso. No precisamente religioso “anticrístico” –como podría ser para algunos– o demoníaco, sino un sentido religioso cristiano. Esto que vemos, o barruntamos, nos debe llevar a conocer mejor a Cristo, a amarlo más, y a anhelar más su Venida. A conocerlo, amarlo y anhelarlo como Cristo Adveniente.
Es claro que esto es paradojal. ¿Cómo es que “mirando al Anticristo” se nos puede hacer más patente Cristo? Es paradojal, pero tiene su fundamento. En efecto, dice Castellani que dice Newman: 24
Si el Anticristo se parece a Cristo, Cristo se parece al Anticristo.
Y esto, por cierto, suena escandaloso y blasfemo, sobre todo en su segunda parte, “Cristo se parece al Anticristo” 25. Pero la primera –“el Anticristo se parece a Cristo”– me parece obvia, si es que el Anticristo ha de ser el Gran Simulador de Cristo 26. Sobre esta semejanza quiero hacer pie ahora, pero para explicar lo que digo: “mirando al Anticristo amaremos más a Cristo”.
Por supuesto que hay que empezar por explicar qué debe entenderse por esta semejanza. El Anticristo se parece a Cristo siendo su más radical negación. El Anticristo es el Gran Simulador de Cristo, siendo el ContraCristo. El será el que “dé vuelta”, el que invierta a Cristo, haciendo del Mensaje de Salvación de Cristo un Mensaje de Condenación.
Pero se parece a Cristo. Del modo como la trampa para cazar patos se parece a un pato, así el Anticristo estará en condiciones de atraer cristianos a la perdición, haciéndoles creer que él es la salvación*. A cristianos no advertidos. Pero el cristiano que esté alerta a esta semejanza engañosa, no sólo no se dejará embaucar por ella. Al contrario, se aprovechará de esta semejanza para tomar conciencia de la actualidad del verdadero Cristo (con lo cual, para éstos, la táctica se le volverá en contra al Anticristo, y “el pato le saldrá gallareta”). Porque la constatación de los abismos de maldad a la que da lugar esta inversión de Cristo (porque es una maldad mucho más mala que aquella que sólo es ignorante de Cristo) lo llevará a amar redobladamente a Cristo. Y ello históricamente: será para él una actualización de su fe en Cristo y de su amor a Cristo. Porque el “Cristo histórico” ya no será una persona perdida en las nubes del pasado. El Cristo, ahora adveniente, se “transparentará” en su Enemigo presente.
Pero, para lograr esto, el fiel no sólo no le sacará de encima los ojos al Anticristo y a sus horrores. Deberá, al mismo tiempo, alimentarse él mismo de Cristo con su Palabra y con su Cuerpo. Y así se le hará realidad la alentadora imagen del salmo (23, 5):
Tú, Señor, me preparas una mesa frente al enemigo.
Porque, insisto, esta misma Negación-Simuladora de Cristo, precisamente en cuanto es simuladora, nos ayudará a definir mejor el perfil de nuestra propia fe: a conocer mejor a Cristo. Y en cuanto extrae los extremos de maldad por la adulteración de Cristo y su doctrina, nos lleva a amar más al verdadero Cristo y a su verdadera doctrina. Y en cuanto experimentamos el dominio hegemónico de esa maldad por la adulteración de Cristo y su evangelio, anhelamos con renovado fervor la Vuelta triunfante de Cristo. Y así, “gracias” al Anticristo, conocemos, amamos y añoramos más al verdadero Cristo.
Otra imagen para ilustrar lo que quiero decir: en el Anticristo está Cristo en negativo. No insinúo con ello una comparación con el Santo Sudario. Porque en el Sudario de Turín, la imagen de Cristo en negativo es imagen del verdadero Cristo, impresa en negativo sólo por los efectos físico-lumínicos de la Resurrección. Mientras que el Anticristo, si es “negativo de Cristo”, lo es por su propia tenebrosidad. La cual no puede, por sí misma, revelada por la luz, hacerse luz. Porque, como está escrito, en efecto:
La luz brilla en las tinieblas, pero las tinieblas no recibieron la luz 27.
Pero lo que no puede ser en sí mismo, esto es, que las tinieblas reciban la luz 28, sí pueden producir ese efecto en los cristianos que las alumbren con su luz. La luz brilla para ellos, en efecto, en las tinieblas. Porque tanto más brilla para ellos la luz cuanto mayores son las tinieblas 29. No debe arredrarnos, pues, destacar la maldad del mal que nos rodea. No es descorazonador ni apabullante hacerlo. Es, o debería ser, en realidad, exultante. No sólo porque la intensificación del mal anuncia el triunfo del bien. Sino, más aún, porque en el mal se hace más patente y refulge el bien. Supuesto, claro está, que reforcemos en nosotros, por la contemplación de la verdad y con el alimento del Cuerpo de Cristo, lo que en nosotros es luz**. Y lo que aumenta el contraste entre ésta y las tinieblas y que es, precisamente, aquello que amonestó el Apóstol a sus fieles contemporáneos:
Probad lo que es grato al Señor, sin comunicar en las obras de las tinieblas, antes bien, denunciadlas y reprobadlas, pues lo que éstos hacen en secreto es vergonzoso hasta decirlo; [pero] todas estas torpezas, una vez denunciadas por la luz, quedan al descubierto, y todo lo descubierto, luz es (Ef. 5, 8).
O sea, que aunque las tinieblas sean vergonzosas en sí mismas, denunciadas y puestas al descubierto son luz, luz para los fieles. A la luz de Cristo, pues, intentemos develar al Anticristo. A éste que disimula su tenebrosa perversidad bajo la semejanza de Cristo.
* * *
24 – El Apokalypsis de San Juan, Vórtice, Buenos Aires 2005, p.277.
25 – Castellani resuelve la chocante paradoja de la expresión newmaniana, “Cristo se parece al Anticristo” con una ecuación que no sé hasta qué punto es válida: “si una cosa se parece a otra, la segunda se parece a la primera”. Porque es legítimo decir que un simulacro se parece al original que simula. Pero ¿se puede decir que el original simulado se parece a su simulación?
26 – Este “parecerse el Anticristo a Cristo” es un dato fundamental, a ser tenido en cuenta para identificar al Anticristo, y así repudiarlo. Porque el principal motivo por el cual el Anticristo ha de imponer su dominación es este “parecerse a Cristo”. Y lo más grave de ello es que esta semejanza perversa llevará a multitud de cristianos, y a la misma Iglesia, a recibirlo como a Cristo. Lo cual pone en oposición dialéctica no sólo al Anticristo con Cristo, sino a los cristianos “que recibirán al Anticristo” con los cristianos fieles. Porque el Anticristo engañará a los primeros como falso Cristo, mientras que, a los segundos, la falsificación les hará más patente al verdadero Cristo.
27 – Jn. 1, 5.
28 – Debe prestarse atención a esta enigmática palabra del Evangelio según San Juan. ¿Qué significa, en efecto, esto de “brillar la luz en las tinieblas”, y “no recibir”, éstas, la luz? En realidad, cuando la luz brilla, por lo mismo disipa las tinieblas: las tinieblas reciben la luz, se hacen luz. Pero acá, en el plano moral y religioso, simbólico, y referido a Cristo, creo que esto significa la agudización del mal en relación con Cristo: la luz de Cristo brilla más ante la tenebrosidad del Anticristo. Y, en este último caso, las tinieblas se han “solidificado”: no pueden recibir la luz.
29 – ¿No brilla, acaso, para los fieles, más que nunca, la santidad del matrimonio cristiano, en los tiempos del “matrimonio homosexual”? ¿No brilla más para ellos la sacralidad de la liturgia tradicional y de la verdadera Misa, cuando se ven obligados a asistir a las Misas aggiornadas?
* Las frases resaltadas y subrayadas, son aporte de quien publica en el presente Blog la obra del Federico Mihura Seeber.
** N. del T.: Pues Dios nos da participar en el triunfo del bien.