EL ANTICRISTO – 1ra Entrega – Federico Mihura Seeber

Al comienzo de esta obra el autor apunta una generosa propuesta, conforme a su espíritu evangélico, en el más católico de los sentidos, y su preocupación por las postrimerías:

Aconsejada la difusión y transmisión de este libro por
cualquier forma o medio, sin el permiso previo y por
escrito de los titulares, confiando en que la fuente será
debidamente citada y que quien pueda comprará el libro.

Federico Mihura Seeber nos exhorta a la difusión del contenido de este libro, para que seamos quienes lo lean, como las vírgenes prudentes.

Él falleció el 28 de diciembre de 2024, y nos ha dejado un buen legado de reflexiones, que habiendo pasado más de una década  (por lo menos de éstas que publicaremos) no han perdido vigencia y nos invitan, ya más cerca de los tiempos finales y habiendo cambiado el escenario mundial, a seguir escudriñando las señales de los tiempos.

BREVE PRESENTACIÓN DEL AUTOR

Federico Mihura Seeber ha sido un padre y escritor prolífico, católico cabal.

Licenciado en Filosofía por la Universidad Católica de Bs. As. e Ingeniero Agrónomo por la UBA. Estudió en Munich, Alemania, con el Dr. Adolf  Haag S.J.

Mihura2Fue profesor de Filosofía en la UBA y en la UCA, miembro de la Carrera de Investigador del CONICET, Director del Instituto de Investigación en Cs. Políticas de la UCA, y profesor invitado en la Universidad Autónoma de Guadalajara. No es Doctor titulado, pues su tesis doctoral impugnaba las bases epistemológicas del Evolucionismo biológico, encontrando fuerte resistencia en la Universidad Católica, y no prosperó, razón por la cual él se consideraba a sí mismo “Dr. Honoris Causa”.

Participó en Congresos del IPSA, de la Sociedad Tomista Argentina, de la Universidad Autónoma de Guadalajara y de la Universidad Católica de Cuyo.

Algunos de sus libros publicados son: La Filosofía Económica en Aristóteles (Forum); Usura y capitalismo (INCIP); Aproximación al Dolor (EDUCA); Sobre Clonación y Transgenia (Folia, Guadalajara); Que sean Uno (Vórtice); Meditaciones Ociosas (Vórtice); De Prophetia y otros Temas de Actualidad (Gladius); De Esto, de Aquello y de lo de Más Allá (Samiszdat), El Anticristo, Noticias de ayer, de hoy y de mañana; Signos. Hoja de Ruta; Parte de guerra; Meditaciones Ociosas II; Cosas; Al que le cae, le cae; Los judíos y nosotros y Tres escritos en los Últimos Tiempos.

Cuenta además con artículos publicados en revistas como Verbo, Sapientia, Universitas, Philosophica, Lateranus; Gladius, Cabildo.

Breves líneas de su obra Noticias dejan una brújula a todos sus lectores:

  «Doy por supuesto que mis lectores están advertidos de que los medios mienten en casi todo lo que informan (porque nunca se puede mentir del todo: siempre “se miente con la verdad”, con “algo” de verdad). Lo único que quiero es contribuir a que los fieles de Cristo, mis hermanos, desarrollen armas de pensamiento crítico, para “ubicarse” en el mundo presente, a pesar de la espesa niebla de mentira que nos rodea.
Aunque esto no es de hoy, su profusión, y el impacto sobre la mente del espectador, en corto tiempo ha crecido exponencialmente. Y, así, del mismo modo ha crecido el poder de tales medios para tergiversar el real significado de los hechos. Dada la afición del hombre moderno a los mismos, se ha acrecentado la posibilidad de quedar embaucado por las “noticias” (a las que, de su raíz etimológica –notus: “patente”– no les queda nada). Creo no ser prejuicioso al asignar a los medios esa voluntad y ese poder de engaño… basta con leer los diarios, oír la radio o mirar televisión.
Este “análisis de las noticias”, esta lectura crítica de los medios informantes a fin de estar enterados de lo que realmente pasa en nuestro mundo, nos resulta vital a los fieles de Cristo. No para estar solamente “enterados” de lo que pasa sino, mucho más, para estar en condiciones de interpretar lo que pasa. Hay un sentido de los hechos históricos que nos es preciso descubrir. Las cosas no pasan “porque sí nomás”: hay un sentido de la historia. Un sentido –una ratio– que sabemos en qué consiste, a dónde va y en qué desemboca.»
Cuando estas cosas comenzaren a suceder, cobrad ánimo y levantad vuestras cabezas, porque se acerca vuestra redención” (Lc. 21, 28).

 

COMENCEMOS…

Prólogo

1. ¡Qué raro, qué raro!

Sugerencias para una interpretación
de la crisis arábigo-musulmana
Febrero-Marzo 2011

¡Qué raro! Muchas cosas raras. Raro que esta pueblada arábigo-musulmana se haya despertado sin causa aparente. Ni las hambrunas ni las desigualdades económicas, ni mucho menos la “falta de democracia”, pueden ser aducidas como causas. Tales cosas vigen en los países árabes, desde… desde siempre.

¿Por qué ahora? ¿Por qué, ahora, la pueblada incontrolable? ¿Porque Mubarak, Khadafi y Cía. se pasaron de la raya? Huele a que no. ¿Porque los pueblos esclavizados un buen día dicen basta? No lo atestigua la historia. La revuelta de los pueblos esclavizados ha sido siempre inducida por minorías que las suscitan.
Por otra parte, la rebelión ha sido
subitánea: nada la hacía previsible.

Las causas aducidas: la conexión “internética” del negrerío árabe… los medios occidentales hacen alharaca de ello, y se felicitan. Como todo el mundo sabe, esta comunicación internética es solidaria con la “la democracia y la no violencia”. Pero esto mismo es raro, rarísimo. En primer lugar: ya la tenían, ya tenían comunicación internética: si no
la tuvieran no la habrían usado ahora. Pero mientras la tenían, ello no era óbice para que las expresiones políticas de la furia árabe se expresaran de otro modo, al modo árabe y no occidental: como reacción a provocaciones concretas, con palos y piedras contra colonos judíos, o con
kamikases y hoteles volados por los aires.

Y, por otra parte, ¿quiénes eran los destinatarios de la furia árabe? ¿Las desigualdades económicas, la falta de libertad democrática? ¿Los obstáculos que les impedían gozar de las maravillas del mundo consumista occidental? ¿Todo eso? A mí no me lo van a hacer tragar. Si ni siquiera eran el objeto de su odio los Mubarak, los Al-Assad ni los Khadafi… Todos ellos, por supuesto, reconocidos cipayos de la dominación americana. Pero eran de ellos, eran cipayos. Se los aceptaba como árabes y musulmanes que eran.

No, no me lo van a hacer tragar: que el pobrerío árabe se haya hartado, de golpe, de vivir más o menos sojuzgado.
No: el objeto de la furia árabe siempre eran, y lo eran hasta ayer nomás, antes de que milagrosamente explotara esta revuelta liberal y democrática, sacada de la galera… eran, ¿quiénes eran? ¿Eran los americanos? Sí, claro. ¿Y eran los occidentales en general? Sí, por supuesto.
Pero ¿quién más? ¿Quién más, que en este caso, brilla por su ausencia en todas, todas las informaciones transmitidas por los medios? Obviamente, los judíos, el “poder sionista”. Poder, éste, que los viene hartando a bombazos, quitándoles su tierra, azuzando a EE.UU. contra ellos…
No. No hay ninguna duda. Todo esto es demasiado raro. Aquí hay gato encerrado –un gato grande. Hay mula, que sólo las tragaderas del ciudadano occidental, desinformado-por-hiperinformado, pueden pasar sin asombro.
Para avivarse hay que poder asombrarse. Nos critican a los “conspirativistas” porque vemos brujas en todos lados. Pero no es eso. No es por gusto de hacer novelas, ni por gusto de hacernos los originales, que buscamos brujas. Es porque, como cualquier persona todavía normal, cuando vemos cosas raras nos asombramos. Y del asombro nace, como decía Aristóteles, la filosofía, es decir, la inquisición de las causas. De las causas de lo raro, de lo desacostumbrado. Un eclipse de luna llama la atención y asombra, porque lo normal es que la luna brille en todo su esplendor cuando está llena. Y, entonces, cuando no lo está, asombra. Y el que se asombra se pone a “filosofar”, y busca la causa, la causa de lo inusual. Y, entonces, propone hipótesis: podría ser que la causa del oscurecimiento fuera que entre la luna y nosotros se hubiera interpuesto un cuerpo opaco… o podría ser que ella misma resultara opacada por nuestra propia interposición entre ella y el sol. Las causas o razones suelen no ser patentes: lo patente es el hecho. Y entre las causas aducidas algunas son más burdas, otras más agudas. Y otras,   directamente inverosímiles.

Pero, sea como sea, cuando la causa no es patente ni está a la vista, hay que buscarla. Imaginándola, primero, hipotéticamente. Y excluyendo las razones inverosímiles.
No: el llamado “conspirativismo” no es una actitud de mentes calenturientas y fantasiosas. Es la actitud normal, es lo inteligente, cuando algo raro no puede ser explicado por causas patentes. O cuando las razones aducidas no resultan verosímiles.
No es verosímil que, de la noche a la mañana, las masas árabes se hayan convertido, del fundamentalismo recalcitrante e irreformable que los ha caracterizado hasta hoy, a la mentalidad democrática, hedonista y permisiva a la que Occidente intenta convertirlos desde hace tiempo, con resultado nulo.
No es verosímil que, por algún tratado de paz que ande dando vueltas por allí, los musulmanes acallen en la protesta su rencor contra Israel,
alimentado por años de sevicias e iniquidades cometidas contra ellos, con tratados de paz vigentes o no.
No es verosímil que se hayan convertido por el uso de internet, y ello sea la causa de la revuelta. Como dije, a internet ya lo tenían, y si
para algo les servía era para transmitirse entre ellos denuestos contra Israel y EE.UU.
Por supuesto, algunos, más avisados que la masa mediatizada de Occidente, me dirán que esta conversión del Islam a la Democracia occidental, y este apaciguamiento del odio anti-judío y anti-americano, es tan sólo… lo que los medios occidentales nos quieren hacer tragar. Lo cual, para mí, es verdad sin ninguna duda. Porque no puede ser que,
en las múltiples turbulencias callejeras, no se hayan oído algunos grititos contra Israel y contra EE.UU. Pero, si las ha habido, los medios no lo han reflejado. Unánimemente han presentado la revuelta, como el ingreso del Islam al paraíso democrático. Y claro, no puede ser.
Como tantas otras veces, como siempre en realidad, los medios engañan. No engañan en todo, nunca se engaña en todo: la mentira tiene que apoyarse en algo verdadero. Pero tergiversan, presentan los hechos de una manera interesada y los interpretan de una manera interesada.
¿Engañaban entonces, también, cuando nos presentaban a las multitudes arábigo-musulmanas como a fieras salvajes, ávidas de sangre israelita y norteamericana? En esto ya parece más difícil que engañaran tanto, porque las masacres contra los palestinos, y sus esporádicas e inútiles reacciones suicidas, fueron hechos, y los hechos son más difí ciles de simular. En lo que ahora tergiversan los medios, es en atribuir causas, causas espirituales o “motivos” a los hechos: las aspiraciones
de igualitarismo y democracia como causas de la revuelta. Y esto se inventa fácilmente. Pero, de todos modos, es posible que antes también tergiversaran. No que tergiversaran inventando enteramente los hechos, pero sí exagerando sus alcances, o minimizándolos.
Ahora bien, esto también es un dato que debe ser computado para servir a la interpretación de los hechos: la mentira habitual de los medios, inventando o exagerando, o silenciando o minimizando los hechos, o aduciendo razones inverosímiles de los mismos. Porque si ello es así, si los medios habitualmente engañan, si no son el reflejo veraz de la realidad, sino información interesada de los hechos, entonces la pregunta obvia de quien busca las causas es: ¿por qué? ¿Por qué se tergiversan los hechos en un sentido o en otro? Porque por algo será. Por algo será que los medios han cambiado “la película”. Y que los árabes, antes presentados como fieras sedientas de sangre israelita y americana, sean ahora mansos corderos, neófitos convencidos de las excelencias del estilo de vida occidental.
No todo lo que aparece en el escenario mediático es falso. No digo eso. Pero digo que es falsa, interesadamente falsa, o falseadora, la presentación, la puesta en escena, y las luces de los reflectores.
Y entonces me pongo a inquirir en las causas. En las causas de los hechos y, además, en las causas de la presentación interesada de los hechos.
Me pongo en “conspirativista”. Y empiezo por decir lo obvio: esto es muy raro, como es raro un eclipse de luna: no es lo habitual que los musulmanes se comporten así. Y sigo diciendo lo que ya no es tan obvio: la causa no es esta aparente conversión “internética” de las masas musulmanas. Desconfío. Desconfío de los hechos informados pero, mucho
más, desconfío de la presentación de los hechos, de la interpretación de los hechos, o de las causas aducidas para explicarlos.
La causa de la actual conmoción no está a la vista. Hay que buscarla con un poco de agudeza. Y, para ello, sugerir hipótesis. Si esto es ser conspirativista, todo filósofo y todo científico es conspirativista, porque no se deja engañar por las apariencias.


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