LA CREACIÓN SE NARRA
COMO LA PREPARACIÓN DE UN BANQUETE DIVINO
porque es eterna su misericordia»
(Sal 135,25)
La obra creadora de Dios se presenta así como la preparación de un gran banquete: al tercer día prepara la mesa, luego ilumina el salón, después llama a la existencia a los invitados, les asigna sus lugares, al sexto día les da de comer y el séptimo se reposa en su compañía [Gn 1,11-13.29.31]. La creación es un proyecto eucarístico y apunta al banquete de la sabiduría, a la última cena y al banquete eterno.
Las Sagradas Escrituras nos muestran a Dios, desde los orígenes de la creación, como un Dios
1) nutricio,
2) comensal,
3) huésped y
4) anfitrión.
Todas estas figuras se cumplen, por fin, en Jesús, como un Dios que se da a sí mismo en alimento en el banquete eucarístico, donde todos somos llamados a ser comensales de Dios.
El Dios que da el ser a la creatura por amor, la afirma en su ser alimentándola. El que ama afirma el ser del otro. Como dice Josef Pieper, la frase del amor es: «es bueno que existas». Y el que da de comer dice con su solo gesto: es bueno que seas. Esas frases y gestos expresan el mismo amor que la mirada aprobatoria de Dios sobre las creaturas después de crearlas: «Y vio Dios que era bueno».
A veces, uno comienza alimentando y termina queriendo. También a nosotros nos pasa que alimentamos lo que amamos o terminamos amando lo que alimentamos. Sabemos que si le damos de comer a un perro de la calle corremos el riesgo de encariñarnos y terminaremos metiéndolo en la casa.
Como imagen y semejanza del Dios nutricio, también el hombre conoce la alegría de dar de comer. Desde niño le gusta arrojar alimentos a los animales: a las palomas de las plazas, a los patos del estanque del parque, a los monos del zoológico, en la granja o en la casa a los animales domésticos, desde el perro a los pajaritos de la jaula. La mujer, particularmente, es la dueña del arte amoroso de alimentar lo que ama y amar lo que alimenta. Dios puso en ella la posibilidad biológica de alimentar al hijo con su misma persona. Hay algo de litúrgico en el oficio esponsalicio y materno de preparar y servir la comida, en su sentarse a comer con los suyos. Todos estos son reflejos creados del actuar divino.
Decimos que Dios es nutricio porque da de comer a todas sus creaturas.
Dios es nutricio desde el principio. Cuando ya al tercer día de la creación hace brotar las plantas de semilla y los árboles frutales con su fruto y su semilla adentro ya está pensando en darlos en alimento a los seres que aún no ha creado. Y ya está pensando también, al crear el trigo y el vino, en el pan y la copa de la última cena.