En este caos doctrinal en el cual navega la Iglesia Católica hoy, nos enteramos por la
redacción de Infovaticana del 28 de febrero, del cumpleaños 75 del arzobispo de
Lima, cardenal Carlos Castillo Mattasoglio, quien deberá presentar su renuncia de acuerdo a la normativa vigente.
Pero también nos informamos de sus palabras, en la homilía del IV Domingo de Adviento del año 2021.
Las mismas, que nos llevan a escribir esta nota acerca del sacrificio, son las siguientes:
“Jesús no murió haciendo un sacrificio, un holocausto. Jesús murió como un laico asesinado, que se decide a no responder con venganza y que acepta la cruz para darnos signos de vida. Murió como un laico que da esperanza a la humanidad. Murió como un ser humano, como todos ustedes que están aquí presentes”.
En miércoles de Cuaresma no le impondríamos a este cardenal en su frente, la fórmula tradicional: “recuerda que polvo eres y en polvo re convertirás” sino la otra, también ortodoxa y hoy en uso “Cree en el Evangelio”. Porque lo que sucede, es que Castillo no cree en el Evangelio.
Si creyera admitiría el anuncio de la pasión cuando Jesús confía sus discípulos que “debía sufrir mucho y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar a los tres días” (Marcos, 8, 31).
En la Buena Nueva, encontramos un segundo y un tercer anuncio; en el último les dice lo que sucedería: “Mirad que subimos a Jerusalén y el Hijo del hombre será entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas; le condenarán a muerte y les entregarán a los gentiles, y se burlarán de él, le escupirán, le azotarán y le matarán y a los tres días” (Marcos, 10, 32/34).
“¡Cuántos anticipos en tan pocas palabras! Crucifixión, presentación ante Pilato,
porque los judíos habían perdido el ius gladis, o sea no podían condenar a muerte, flagelación, coronación de espinas, con todos sus anexos de burlas y escupitajos, síntesis de lo que sucedería.
Y en la Cena pascual, Jesús instituye la Eucaristía, “mientras estaban comiendo, tomo
pan, lo bendijo, lo partió, y se lo dijo y dijo: ‘Tomad, esto es mi cuerpo’; tomó luego una copa, y dadas las gracias, se la dio y bebieron todos de ella. Y les dijo: ‘Esta es mi sangre de la Alianza que es derramada por muchos”.
Y como era su Última cena, lo aclaró diciendo: “Yo os aseguro que ya no beberé del
producto de la vid, hasta el día que lo beba nuevo en el Reino de Dios” (Marcos, 14, 22/25).
Y todo sucedió según Jesús lo anunciara. Y como relata el evangelista: “Lo crucifican y se reparten sus vestidos… Era la hora tercia. Y estaba puesta la inscripción de la causa de la condena: “El Rey de los judíos” (Marcos, 15, 24/26).
Como si esto fuera poco, en la cruz es ultrajado e injuriado. Era la hora de las tinieblas.
Por eso hubo oscuridad sobre la tierra desde la hora sexta hasta la hora nona cuando “Jesús lanzando un fuerte grito, expiró. Y el velo del Santuario se rasgó en dos, de arriba abajo. Al ver el centurión, que estaba frente a él, que había expirado de esa manera, dijo: “Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios” (Marcos, 15, 37/39).
Lo que relata el Evangelio cuando Jesús se declara “Hijo del hombre” y lo que
comprobó el noble centurión romano, es lo que ignora el arzobispo de Lima y cardenal de la Iglesia Católica, Castillo “Bestiasoglio”, con perdón a todas las bestias, inocentes de sus maldades y herejías; es él quien niega el sacrificio de la Cruz de la Segunda Persona de la Trinidad, quien reduce a Dios encarnado a un hombre cualquiera, “cualunque”, a un simple laico asesinado que decide no responder con venganza y acepta la cruz, para darnos signos de vida y esperanza a la humanidad”.
El Concilio de Trento tiene un Canon relativo a la Misa para el cardenal Castillo: “Si alguno dijere que en el sacrificio de la Misa no se ofrece a Dios un verdadero y propio sacrificio, sea antema” (Enrique Denziger, El magisterio de la Iglesia, Herder, Barcelona, 1963, p. 271). Y, como anatema significa excomunión, tenemos otro excomulgado, si aplicamos la lógica más elemental.
El tema pertenece a esa virtud anexa a la justicia que es la religión, entre cuyos actos externos se encuentran la ofrenda y el sacrificio, con una clara distinción, entre ambos ofrecimientos a Dios; en la primera, “las cosas permanecen íntegras, no se destruyen”, por ejemplo, los diezmos; en el segundo, lo ofrecido, se destruye.
Existen actos cuyo “valor moral les viene de su ordenación a honrar a Dios y a éstos es a los que con propiedad se les llama sacrificios”, nos enseña Santo Tomás (Suma Teológica 2-2, q. 85 a. 3). Aquí aparece la figura imprescindible del sacerdote, quien “ofrece los sacrificios ordenados por el culto divino, no solo por sí mismo, sino también por los demás” (Ob. cit., 2-2, q. 85 a. 4).
Y estamos ante el único Sacrificio de la Nueva Alianza, el de Cristo, quien libre de todo pecado, carga en su Cruz con los pecados de todos los hombres, desde el de Adán hasta todos los nuestros, incluidos los del cardenal Castillo y de quien lo nombró arzobispo de Lima y lo distinguió con el capelo, que deshonra con sus palabras.
Ese Sacrificio que se renueva en forma incruenta todos los días en cada Misa en el
altar; lo que en nuestros días se ha querido atenuar, con una nueva misa, parecida a la cena protestante.
Sin embargo, la Iglesia de siempre resiste y hoy volvemos reconfortados después de
cantar en la Misa Solemne de la Capilla del Santo Cristo:
“Comienza el Sacrificio
sublime del altar.
Cantemos al que pronto
su Sangre nos va a dar.
La hostia está dispuesta
y el cáliz redentor
ya se alza sobre el ara
¡Cantemos al Señor!
Por este Sacrificio
que es obra de tu amor,
la fe de nuestros padres
consérvanos Señor”.
Buenos Aires, marzo 2 de 2025. Bernardino Montejano