
Una semblanza acabada del Anticristo no es mi objetivo, ni me pienso comprometer en definiciones de detalle sobre su figura. No porque no quiera caer en errores de pronóstico como los que he mencionado, sino por la circunstancia que paso a mencionar.
Nos decía el autor, y a continuación veremos a qué se refería:
La mayor dificultad que enfrenta este cometido de una “pintura actualizada” del Anticristo radica en lo que es su presupuesto básico: la incapacidad para individualizar su tipo humano. La casi imposibilidad de adjudicar, a una persona, caracteres humanos que la cultura actual ya presenta, pero como definidores de un tipo. Un tipo, con todo, netamente “anti-crístico” 36. Razón por la cual esta “semblanza” defraudaría a quien esperara de mi parte la creación de un personaje de novela anticipatoria, del tipo de las de Benson o Soloviev.
En efecto, el tipo humano que nuestra cultura actual está produciendo, presenta sin duda las notas que genéricamente he puesto como criterios para la identificación del Anticristo. Esto es, la inversión fraudulenta de Cristo y su Evangelio, y, como consecuencia de ello, la “demonización” de lo humano.* Más aún, ella es ya –esta civilización y cultura–, terriblemente despótica, como lo requiere la figura tradicional del Anticristo. Pero rechaza, en forma congruente con lo anterior, toda posibilidad de “apropiación” de esas características por un hombre, tal como lo requiere la misma imagen tradicional.
La interpretación tradicional ve en el Anticristo anunciado por las profecías –cualquiera sean los caracteres que se le atribuyan– a un jefe o líder político, dominador. Un sujeto individual, plenamente responsable y consciente de su condición de enemigo de Cristo. Munido de un poder omnímodo y universal, perseguidor de los fieles, al modo de sus prefiguraciones típicas: como lo fueron Antíoco Epiphanes, Nerón, Diocleciano, Juliano el Apóstata o, avanzando en la historia –y en algunos intérpretes modernos– Mahoma, Pedro el Grande, Napoleón o Stalin. Y esta condición de déspota personal es, también, la que sugiere a primera vista la escritura profética. Las expresiones con que se designa al Anticristo en el Apocalipsis de Juan y en las cartas de Pablo parecen sobreentender que se está hablando de un individuo: “la Fiera”, “el Anomos”, “el Hombre de Pecado”, “el hijo de perdición”, “el que se sienta en el trono de Dios, haciéndose adorar como dios”. Y del mismo modo Daniel, cuando anuncia al futuro perseguidor del pueblo fiel, señala aparentemente a una persona: “tras ellos se alzará otro rey que diferirá de los primeros y derribará a tres de estos reyes” (Dan. 7, 24).
Sin embargo, si intentáramos representarnos a un poder político que resumiera las condiciones de extrema oposición a Cristo, tal como hoy lo vemos esbozarse, comprobaríamos que dicho poder repugna esencialmente al principio de dominación política personal. Porque es un poder democrático, un poder igualitario y un poder anónimo. Pero esta aporía** debe ser destacada en todo su rigor, que consiste en lo siguiente: que este poder reúne, ya, las condiciones de extrema oposición a Cristo –es decir, ya es “Anticristo”– bajo condición de mantener su carácter democrático, igualitario y anónimo. Por lo tanto, bajo condición de no individualizarse en una persona. Es por eso que resulta más fácil, en la actualidad, atribuir el carácter de “Anticristo” a las estructuras políticas o culturales, a los sistemas jurídico-legales, o educacionales, o informativos, etc., que a una persona “de carne y hueso”.
Resulta racionalmente más fácil; con la razón, se lo ve así. Pero eso no quita que para la fe sea más congruente verlo de la otra manera: el Anticristo como un individuo y una persona. Porque parece difícil escapar a esa interpretación de la revelación profética. En algunos casos creo que se podría “escapar”, escapar hacia la hipótesis del Anticristo impersonal 37. Pero hay otros textos en los que no parece que quepa otra interpretación que la “personal”, y ello en congruencia con otro dato, fundamental para la identificación del Anticristo: su “correspondencia” con Cristo-Persona. O su condición de challenger o “desafiante” de Cristo-Persona 38. Y, de estos textos, sobre todo uno, que reproduce las palabras del propio Cristo, cuando enrostra a los judíos el rechazo de su Persona como Mesías:
Yo he venido en nombre de mi Padre, y vosotros no me recibís, si otro viniere usurpando mi nombre, le recibiríais (Jn. 5, 43).
Este texto, que es el único en que, a mi entender –sigo a Castellani–, Nuestro Señor alude al Anticristo, no puede entenderse de otro modo que referido a él como una persona individual. Porque, sin nombrarlo, lo designa, adversativamente, como su contrario, el Otro 39. Y ello, precisamente en lo que hace a la opción decisiva para el pueblo judío, su carácter mesiánico: a ese otro lo recibiréis. Con ello queda zanjada, para mí, la cuestión sobre si el Anticristo ha de ser, o no, una persona. Creo que es una persona, el contrario de Cristo-Persona.
Pero como la dificultad permanece, en lo que hace al análisis racional de la historia, he adoptado la que me parece una vía media, en mi cometido de “retratar” al personaje. No voy a crear imaginativamente un personaje de novela, a la manera de Benson y su Juliano Felsenburg, o Hugo Wast y su Ciro Dan; ni tampoco me propongo resumir los caracteres que le atribuye la tradición, como lo hace Castellani en sus Papeles de Benjamín Benavides. El foco de mi atención está puesto en el mundo de la cultura moderna como un todo: ideología, estructuras de gobierno, educación, información, etc. Allí intento rastrear los caracteres de neto corte “anticrístico” que se contienen, y que cada vez se evidencian más.
Pero este análisis tampoco queda limitado a ese solo aspecto impersonal. Porque en nuestros tiempos de “masificación crónica” 40, el ser humano se ha hecho tan tremendamente receptivo de los medios, por los cuales se intentan inducir en él los criterios, hábitos y conductas comunes, que todo lo que se diga de las estructuras sociales que lo encuadran se puede decir de él mismo, del hombre 41. Claro está, del “hombre” en general. Pero, ¿quién no constata a diario que las opiniones y los gustos de este hombre “en general” son las de cada hombre particular? Se pueden trasladar, pues, estas consideraciones sobre el carácter “anticrístico” de las estructuras sociales del mundo actual al hombre mismo, a un “hombre genérico” en primer lugar, pero ello vale en forma aproximada para cada hombre en particular.
Y entonces, digo, el hombre de hoy, el hombre pos-moderno, el hombre de estas postrimerías de la historia es, ya, el hombre-Anticristo. El Anticristo ya está entre nosotros 42.
Es, pues, a este hombre-Anticristo a quien se aplican los rasgos de mi “semblanza”.
Pero a este hombre-Anticristo genérico le falta algo todavía para devenir el Anticristo personal que la tradición nos anuncia como supremo desafiante de Cristo. Le falta el elemento que ya he sugerido cuando aduje la dificultad para individualizarlo: el dato de la primacía política personal, hoy soterrada por la hegemonía del principio democrático e igualitario. Le falta el elemento de lo que llamo, siguiendo a Aristóteles 43, el principio de la arkhiké o la vis dominandi, que la tradición pone como necesaria para hacer de él la “Fiera”, o el “Cuerno” 44 perseguidor de la Iglesia y de los fieles.
Y le falta todavía, a este Anticristo genérico, algo más, en congruencia con lo anterior.
Porque, en efecto, denominar “Anticristos” a los pobres seres que nos rodean, hombres “genéricos” cada uno de ellos, parece un poco excesivo y riguroso, y hasta calumnioso en muchísimos casos. Porque aunque se los pueda llamar “hombres sin ley” (anomos), “hombres de pecado” y “tergiversadores de Cristo”, y aun “demonizados”, sin embargo la característica típica de ésta su perversión común, es que no tienen conciencia alguna de serlo 45. Y esto se requiere, sin duda, para el Anticristo personal. El Anticristo personal, el Anticristo tal como nos lo describen las profecías, debe ser consciente de su oposición a Cristo. Odiará a Cristo, y querrá suplantarlo en la adoración de los hombres. Y ello en congruencia con su vis dominandi, porque no sólo será “hombre demonizado”, sino que investirá, conscientemente, el “poder del dragón”.
Pero insisto en lo que dije: el Anticristo ya está entre nosotros (o nosotros “en” él). Las estructuras sociales, las pautas de pensamiento y de costumbres, y los hombres que, en general, resultan permeados por ellas, responden a las notas por las que se define al enemigo supremo de Cristo. El Anticristo está: está en forma difusa y universal en la sociedad de los hombres, aunque no esté, todavía, bajo la forma con que lo presenta la escritura y la tradición, como Supremo y Dominador.
Si lo que digo es verdad, entonces hay que concluir que el Anticristo ya está en esta humanidad posmoderna como en la masa humana preparada para recibirlo. Está el Anticristo como Anticristo-Súbdito. Sólo falta que se manifieste como Anticristo-Jefe.
Propondré una imagen: el Anticristo es, ya, la masa homogénea y “líquida” de la humanidad actual. Sólo falta que, en ella, el Anticristo personal y dominador “cuaje” 46. Es éste de la “cuajada”, sin duda, sólo una imagen, o un principio heurístico. Sirve para visualizar el hecho de que la masa humana participa de los mismo caracteres del Anticristo, con sólo la ausencia de su “dureza”. La cual aparecerá cuando el Anticristo personal “cuaje” en ella. Y será esto, a mi entender, equivalente a su manifestación, porque sólo entonces se hará pública, pública y consciente, la oposición y el odio a Cristo, al verdadero Cristo, odio del que la masa humana ya participa inconscientemente.
Y sin embargo, esa manifestación del Anticristo personal, que parece difícil de predecir en las circunstancias sociológico-políticas dominantes en el Primer Mundo occidental, bien podría darse en él, mediando acontecimientos atípicos como los que nos revela el análisis político de lo que está sucediendo en el Medio y Lejano Oriente, y que es lo que me indujo a escribir esto.
* * *
* Las frases resaltadas y subrayadas, son aporte de quien publica en el presente Blog la obra del Federico Mihura Seeber.
**Aporía=f. Fil. Enunciado que expresa o que contiene una inviabilidad de orden racional.
36 – Uso el término “anticrístico” para designar de modo adjetivo esto que, precisamente, me cuesta sustantivar en un individuo. Los caracteres del Anticristo ya están en la atmósfera cultural que respiramos. No me alcanzaría, para designar esto, el término común “anticristiano”; el cual, además de haber sido demasiado manoseado, designa con excesiva generalidad cosas contrarias al cristianismo, no a Cristo.
37 – Porque donde Juan dice “el Anomos”, o Pablo “el hombre de Pecado”, podría entenderse el artículo “el”, no según la atribución –“suplencia”– personal, sino “indefinida”, como cuando decimos “el hombre moderno”, o “el hombre valiente”. Y, más todavía, las expresiones simbólicas de Daniel, como “la Fiera” o “el Cuerno”, admiten ser atribuidas a entidades colectivas como “reinos” o “imperios”, más quizás que a los “reyes” o “emperadores” personales.
38 – Digamos, un Adversario “digno” (!) de Él. Uno a quien ha de “matar con el aliento de su boca” (II Tes. 2, 8).
39 – Me tomo la licencia, con respecto al texto, de usar “el otro”, cuando todas las traducciones que conozco dicen, sencillamente, “otro”: “otro vendrá”, o “si otro viene”. Con lo que desaparece, o queda disminuida, la alusión a una sustitución de Cristo, que intento recalcar poniendo “el Otro”. Pero cuento con un aval para hacerlo. En las palabras de Nuestro Señor se hace referencia, como indica la secuencia de la frase, a “otro que viene en nombre de…”. Es decir, a otro mesías, a otro “enviado”. Lo que no puede dejar de ser visto sino como alusión al Anticristo. Porque, además, “será recibido”. ¿Recibido como qué? Indudablemente, como “mesías-cristo”. Es decir, sustituyendo al verdadero Cristo. Así, pues, vale la interpretación. El Señor está haciendo referencia al Otro …“cristo”. Que es lo que indica, además, la traducción que aquí empleo (Nácar-Colunga): “si otro viniere usurpando mi nombre”. La otra traducción: “si viniere en su propio nombre”, sin excluir lo que digo, sugiere otra cosa importante: “en su propio nombre” indica “en nombre del hombre”, no de Dios.
40 – “Masificación crónica”, a diferencia de la “masificación aguda”, es la que el psicólogo social Phillip Lersch atribuye al hombre de nuestros días, uniformado por la habituación a los medios masivos de comunicación (cfr. El Hombre en la actualidad).
41 – El hombre, en la actualidad, ha perdido, o tiende aceleradamente a perder, las cualidades que engendraban en él una personalidad distintiva, y que se hacían posibles por la existencia de marcos sociales personalizantes. Como lo eran, tradicionalmente, las naciones, las sociedades intermedias y las familias. El hombre de hoy se ha “socializado” en el peor sentido: se ha “homogeneizado” a instancias de una sociedad universalizada. Los gustos, las actitudes y, sobre todo, las opiniones y los criterios de cada cual, son los del “todo el mundo”. La tiranía de lo impersonal que denunciara Heidegger (del “man sagt”: “se dice”) se ha hecho omnímoda.
42 – No es demasiado arriesgado mi diagnóstico, si me remito al antecedente de San Pío X en el texto citado: “quien considere todo esto […] incluso pensará que ya habita en este mundo el hijo de la perdición de quien habla el Apóstol”.
43 – Cabe aplicar aquí, en efecto, la distinción que hace el Filósofo al definir las virtudes según se den éstas en el varón o en la mujer. Varón y mujer comparten –dice– las mismas virtudes, sólo que “con autoridad” en el varón y “sin autoridad” en la mujer. Así, por ejemplo, el coraje en el varón es “arkhiké andréia”, valor con autoridad. Usando otro término, denomina a la virtud del “consejo”, cuando es sin autoridad, “tó bouleutikón áküron”, consejo sin gobierno (Pol. 1260ª 24; 1260ª 14).
44 – En Daniel, “cuerno” significa más bien “poder político”, pero puede aplicarse también a su detentador supremo.
45 – Esta inconciencia, o ignorancia, no exime, sin duda, de culpabilidad, ya que es siempre, en alguna medida, ignorancia culpable. Pero la dilución general de la conciencia de pecado en el hombre de nuestros días ha llegado a ser tan grande, que resulta difícil aplicarle las pautas tradicionales de la responsabilidad pecaminosa. Sólo el agudísimo análisis psicológico-moral de C. S. Lewis ha sabido interpretar la realidad de la acción pecaminosa en las conductas, aparentemente in-imputables, del hombre moderno (Lewis, C. S., El diablo propone un brindis, Rialp, Madrid 1993).
46 – Por supuesto que, como en la mayoría de los casos, la imagen-ejemplo falla en algo. Aquí, porque cuando la leche cuaja, cuaja en todo su volumen y no, como lo exigiría el caso, en una porción individualizada. Por eso podría sustituir la comparación con la del soluto decantando en la solución de sólido saturada. Pero sigo prefiriendo la ilustración con la “cuajada” por otro motivo, que después trataré, el de la condición “duro-blando” del Anticristo, mejor representada en el gel cuajado que en el sólido decantado.