EL MISTERIO DEL HIJO [5]
CRECER EN CONOCIMIENTO DE CRISTO

CRECER EN EL CONOCIMIENTO DE CRISTO

[Tomado de Mons. Juan Straubinger «La Espiritualidad Bíblica»]

I

Es en Cristo en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento. Así nos enseña San Pablo en Col. 2, 3. ¡Están escondidos! Pues, como dice el mismo Apóstol en otro lugar, la sabiduría de Dios se predica “en el misterio» (1ª Cor. 2, 7). ¡Y pensar que hay hombres que miran a Cristo como un tema cualquiera de investigación! Como si El necesitase someterse de nuevo al interrogatorio de Caifás y Pilato, o fuese un enfermo y nosotros sus médicos. Poco ha, vimos un libro cuyo autor toma a Cristo por un loco, el que sólo gracias a la falta de manicomios en Galilea pudo predicar la «loca idea de un reino de Dios» ¡Y se permite que se impriman tan groseras blasfemias! ¿No se levantarán algún día las mismas máquinas y tipos de la imprenta para matar a tales blasfemos?

Es que no conocen que en Cristo están escondidos todos los tesoros de la sabiduría, y que el hombre es incapaz de reemplazarlos con las lucubraciones de su falaz inteligencia.

Uno puede llegar a ser un erudito en todo lo que es relativo a la Biblia, en todo lo que es extrínseco, pero eso no sacia la sed de aguas vivas. Alguien decía que era como si tuviéramos, cerrado herméticamente, un frasco de exquisitos caramelos y nos preocupásemos, todo el tiempo, del frasco, y de su historia, y de los intentos de los que no supieron abrirlo… pero no llegáramos nunca a comer los caramelos.

Algo semejante ocurre en el estudio demasiado teórico de los idiomas, que son cosa viva. Como hace observar un notable vulgarizador del griego y del latín, las lenguas, aún las llamadas muertas, se aprenden más por la práctica que por la teoría. Y añade que la práctica siempre es posible desde el primer día, con citas de versos y textos que fácil y agradablemente aprendemos de memoria y que en dos o tres líneas resumen mayor contenido gramatical aplicado que cuanto pudiera estudiarse en varios fríos capítulos preceptivos. Y así proclama el fracaso de esos sistemas, en que el alumno, sin saber aún la menor palabra del griego, debe aprender, como introducción a la gramática, todo un tratado filológico sobre la formación de las palabras, etc.

No olvidemos que en la Sagrada Escritura, cuya inteligencia está prometida a los pequeños más que a los sabios y prudentes (Luc. X, 21), los caramelos interesan mucho más que el frasco. Nada mejor sobre esto que la explicación de San Agustín respecto de la sexta Bienaventuranza: «Los limpios de corazón son los que ven a Dios, conocen su voluntad, oyen su voz, interpretan su palabra. Tengamos por cierto que para leer la santa Biblia, sondear sus abismos y aclarar la oscuridad de sus misterios poco valen las letras y ciencias profanas, y mucho la caridad y el amor de Dios y del prójimo».

II

Ahora bien, el misterio fundamental de la Biblia es el misterio de Cristo; por lo cual la vida espiritual depende necesariamente de su compenetración, como lo exige San Pablo en 1ª Tim. 5, 16 («Misterio de la piedad»). En otras palabras, depende del crecimiento “en Cristo», sin el cual nada podemos (Juan 15, 1-5); crecimiento que consiste principalmente en tomar conciencia de la posición en que Dios nos ha colocado por amor a su Hijo. Es evidente que, si un hombre que se creía siervo, se entera de que es hijo del Amo, cambiará su posición con la nueva conciencia de su estado, y su conducta ya no será la de un siervo, sino la de un hijo.

Así, pues, dice San Pedro que hemos de desear ardientemente, «como niños recién nacidos», la leche espiritual del conocimiento que es lo que hace crecer nuestra salud (1ª Pedro 2, 2-3). Y la postrera palabra, con que se despide al final de su última carta, es para insistir en ello: «Creced en la gracia y en el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo» (2ª Pedro 3, 18).

También San Pablo habla de este crecimiento y nos enseña que, siguiendo la verdad en el amor, crezcamos en todo en Aquel que es la Cabeza, Cristo, (Ef. 4, 15). El sumo bien que el Apóstol nos desea, es que «el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, nos dé el espíritu de sabiduría y de revelación por su conocimiento, iluminando los ojos de nuestro espíritu para que conozcamos cuál es la esperanza a que nos llama» (Ef. 1, 17-18). El mismo Apóstol, al disponerse a hablarnos del «Misterio escondido desde antes de todos los siglos» (Col. 1, 26), ruega que para ello seamos «llenados del conocimiento de su voluntad con toda la sabiduría y la inteligencia espiritual, para caminar así de una manera digna del Señor, para agradarle en todas las cosas, fructificando en toda obra buena y creciendo en el conocimiento de Dios» (Col. 1, 9-10).

El corazón apostólico de San Pablo expresa los mismos anhelos en otras muchas ocasiones, por ejemplo cuando confiesa: «No ceso de dar gracias por vosotros, recordándoos en mis oraciones, para que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os conceda espíritu de sabiduría y de revelación en el conocimiento de Cristo» (Ef. 1, 16-17).

Estos textos sirvan de estímulo para aquellos que beben en los pobres arroyuelos de la sabiduría humana y no en los raudales de la Sagrada Escritura, que, rebosando de sabiduría divina, nos invita a buscar en ella los tesoros del conocimiento que están escondidos en Cristo (Col. 2, 3). Esta sabiduría supera inmensamente a todos los conceptos de nuestra inteligencia, pues lleva en sí el germen de la vida eterna: «La vida eterna consiste en conocerte a Ti, solo Dios verdadero, y a Jesucristo, Enviado tuyo» (Juan 17, 3). ¿Quién no quiere alcanzar la vida eterna? Pues bien, aprenda a conocer a Cristo y crecer en su conocimiento.

III

Desde el Antiguo Testamento sabemos que no es difícil llegar al conocimiento de los misterios de Dios que los Libros sapienciales resumen bajo el nombre de sabiduría. Desear la sabiduría es ya tenerla, porque “se deja ver fácilmente de los que la aman y hallar de los que la buscan» (Sab. 6, 13). Esta maravillosa revelación divina se confirma a través de toda la Biblia. El que desea la sabiduría ya la tiene, pues si la desea es porque el Espíritu Santo ha obrado en él para quitarle el miedo a la sabiduría, ese sentimiento monstruoso de desconfianza que nos hace temer la santidad y aún huir de ella, como si el conocimiento de un misterio divino no fuese nuestra felicidad, sino nuestra desdicha. Vémoslo, pues, claramente: Si yo no creo que esto es un bien ¿cómo voy a desearlo? Por consiguiente, si lo deseo, ya he descubierto que ello es un bien deseable, y ya me he librado de aquel miedo que es la obra maestra del diablo y del cual nadie puede librarme sino el Espíritu Santo, que es el Espíritu de mi Salvador Jesús; y entonces ya soy sabio y crezco «hacia adentro de Aquel que es la cabeza, Cristo» (Ef. 4, 15).

Tengamos, pues, cuidado de no disfrazar, como si fuera obediencia a la jerarquía, nuestra indiferencia por conocer a Cristo, nuestra falta de interés por los misterios y promesas del Evangelio y de San Pablo. ¿Pretenderemos acaso que el Sumo Pontífice nos mande un telegrama cada vez para definirnos el sentido de tal o cual versículo dudoso, o que el Obispo o el Párroco esté junto a nosotros todo el día para decirnos qué pasaje podemos leer en cada instante? ¿Tenemos ese mismo escrúpulo para leer el diario o las novelas? ¿No conocemos acaso los reiterados llamados de los Sumos Pontífices a leer diariamente la Biblia? ¿No hay ediciones de la Biblia con comentarios que guían al lector? ¿Es que acaso se trata de dogmas que hayamos de inventar, y no se trata más bien de creer en la intimidad y el amor de nuestro Redentor, a quien siempre podemos acercarnos? Así como no hay peor sordo que el que no quiere oír, así también no hay peor miedo que el miedo a la luz, el cual, como dice Jesús es propio de los que obran el mal (Juan 3, 20).

Dice un proverbio: «Allí donde hay una voluntad hay un camino». Esto, que tomado en el sentido puramente estoico no valdría nada, es aquí verdad sólo en virtud de esa asombrosa benevolencia de Dios que está deseando prodigar los tesoros de su sabiduría y solamente espera que nos dignemos aceptarlos, como si el beneficio fuese para El y no para nosotros. No de otro modo suplica la madre al niño que tome su alimento, y se siente feliz cuando ve que lo acepta, como si fuera ella quien recibe el beneficio.

Sin embargo, aunque Dios ofrece sus tesoros todos muy liberalmente (Sant. 1, 5), quiere que se los pidamos. Así también el don más grande, el conocimiento de Cristo, es solamente para los que lo buscan y anhelan, los humildes y pequeños, no para los soberbios que por su conducta demuestran que nada les importa de Cristo, ni de su palabra y obra.

Quien se libra de esta suficiencia y se interesa por crecer en el conocimiento de Cristo, no tardará en experimentar la suavísima verdad de que Dios revela a los pequeños lo que oculta a los sabios (Luc. 10, 21). Quien, en cambio, desprecia la palabra divina no crece espiritualmente y pertenece siempre a la categoría de los que son «niños fluctuantes y llevados a la deriva por todo viento de doctrina, al antojo de la humana malicia y de la astucia que conduce engañosamente al error» (Ef. 4, 14). Nunca alcanzan «el estado de varón perfecto, la estatura propia del Cristo total» (Ef. 4, 15); mueren tan necios como nacieron, porque prefirieron la luz de la linterna a los rayos del sol.

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1 comentario en «EL MISTERIO DEL HIJO [5]
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  1. Toda vez que leemos una nueva página de Espiritualidad Bíblica, nos quedamos sobrecogidos, consolados y agradecidos ante la bondad, sabiduría, belleza… de la revelación bíblica, de esa palabra dicha para cada uno. El Padre que nos habla por el Hijo, revelándonos sus misterios, por lo que el mismo Jesús nos llama “amigos porque les he dado a conocer todo lo que le he oído a mi Padre”. Jn 15,16.
    Pablo llega a doblar sus rodillas ante el Padre, pidiéndole que, mostrando la riqueza de su gloria, “os refuerce y robustezca con su Espíritu y así Cristo habite por la fe en lo íntimo de vosotros” Ef. 3, 14-17.
    Pero nuevamente, para obtener esta ciencia, – conocimiento íntimo de Cristo – hace falta un corazón de niño: humilde, limpio, deseoso y suplicante, fundado en el amor de Dios y del prójimo. (6ª bienaventuranza, S. Agustín) pues El nos dijo: “Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón” … Mat. 11, 28-30.
    El conocimiento verdadero lleva al amor y el amor profundiza el conocimiento: la fe obra por la caridad, recibidas en el bautismo. Pero nada se hace operativo si no se lo pedimos al Padre en nombre de su Hijo (Jn. 15, 16b) y al Espíritu Santo, acompañando nuestra oración con las obras, nacidas de la determinación de nuestra voluntad robustecida por la gracia de ese Espíritu. Cfr. Rom. 5, 3-5. Este es el programa: Toda la vida y toda una eternidad para conocer al Padre y a Cristo su enviado. Cfr. Jn. 17,3.

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