ESCATOLOGÍA [4]
BIENAVENTURADA ESPERANZA

          «VENDRÁ COMO LO VÍSTEIS SUBIR» [Hechos 1, 11]

«LA BIENAVENTURADA ESPERANZA»
‘Su segunda venida o La Manifestación
de su actual Presencia Oculta’

(Tito II, 13)

[Tomado de Juan Mons. Juan Straubinger: «Espiritualidad Bíblica»]

I

En el mundo moderno hay muchos pseudo profetas, ocultistas, astrólogos y espiritistas, que hacen de la profecía un arte como Simón Mago y engañan a la gente crédula e incauta. En sus ‘profecías’ se ocupan con preferencia de la suerte del mundo, su próximo porvenir y su fin, y no les falta auditorio; con lo cual se cumple lo que Jesucristo y los Apóstoles señalaron como característica de la falsa profecía, mientras los verdaderos profetas siempre serán una voz en el desierto, es decir, desoídos, despreciados y perseguidos, y ninguno de ellos se hará multimillonario como aquel astrólogo de París, del cual dijeron los diarios que supo explotar con la misma habilidad la superstición y los bolsillos de sus clientes.

El mejor medio para librarse de estos seudoprofetas consiste en leer la Sagrada Escritura, especialmente el Nuevo Testamento y las profecías del Antiguo, donde hay muchísimos vaticinios auténticos, escritos bajo la inspiración divina y destinados a mantener la fe hasta los últimos tiempos; vaticinios tan olvidados, que los mismos judíos que actualmente vuelven al país de sus padres, no saben que con ello dan cumplimiento a las profecías del Antiguo Testamento.

Por eso dice el Eclesiástico: “El sabio se dedica al estudio de los Profetas” (Ecli 39, 1), lo cual equivale a decir que los que no se dedican al estudio de las profecías divinas, no son sabios, sino necios que caen en las redes de los falsos profetas, astrólogos y demás explotadores de la credulidad humana.

II

Entre las profecías del Nuevo Testamento la que más nos interesa es la que San Pablo llama “la bienaventurada esperanza” (Tito 2, 13). Todos sabemos que hay una felicidad eterna que anhelamos en nuestras oraciones. Pero aquí se trata de una cosa en que muy pocos piensan y que en general no es objeto de nuestras plegarias.

¿Qué es, pues, la “bienaventurada esperanza” con lo que San Pablo consuela a su discípulo Tito? El padre Bover, S.J., lo explica bien, diciendo que éste término equivale a la “manifestación de la Gloria de Jesucristo en su segundo advenimiento”.

Esta dichosa esperanza es el compendio de ambos Testamentos, la suprema culminación del Plan de Dios, el público y definitivo triunfo de Su Hijo, nuestro divino Caudillo. Tal es el deseo, el suspiro de la Iglesia, con que termina toda la Biblia y que puede cumplirse cuando menos pensamos (Apoc. 22, 20).

La Segunda Venida de Cristo tiene en el Nuevo Testamento el nombre de “Parusía”, palabra griega que originariamente significa “presencia”. El término se usaba en la época helenística para anunciar la visita del Emperador a una ciudad. De ahí que los hagiógrafos lo emplearan para denominar la venida del gran Rey Jesucristo.

No hay duda de que los primeros cristianos esperaban ese gran acontecimiento para un tiempo muy temprano; tan temprano que en Tesalónica algunos ya no se dedicaban a trabajar y otros estaban muy preocupados por la suerte de los muertos, que tal vez no pudiesen ver la vuelta de Cristo. San Pablo se ve obligado a consolarlos, diciendo que “los vivientes que quedamos hasta la Parusía del Señor, no nos adelantaremos a los que murieron…, porque los muertos en Cristo resucitarán primero” (1ª Tes. 4, 15-16).

También San Pedro consuela a los que se cansaban de esperar y decían: “¿Dónde está la promesa de su Parusía?” (2ª Pedro 3, 4). Les explica que “para el Señor un día es como mil años y mil años son como un día” (2ª Pedro 3, 8) y que por lo tanto la palabra “pronto” que Jesús usó en el anuncio de Su Segundo Advenimiento (Juan 16, 16), ha de tomarse en sentido lato. En lo cual se ve cómo también San Pedro insiste sobre la “bienaventurada esperanza” de la Parusía, lo mismo que San Pablo. A éste le da el Príncipe de los Apóstoles el título de “nuestro amado hermano Pablo” y confirma que escribió sobre nuestro tema en todas sus cartas.

De veras, la espera es larga. Han pasado ya en verdad dos mil años y la profecía no se ha cumplido aún. Entretanto hemos tomado gusto en las cosas del mundo, de tal manera que para muchos la “dichosa esperanza” ha perdido su primitivo fervor. Hasta las antiguas “anáforas” (oración que se reza en el Canon de la Misa inmediatamente después de la Consagración) mencionaban la Parusía; costumbre que se ha mantenido en las Iglesias Orientales.

También en los escritos de los Padres Apostólicos brilla la fe en la Segunda Venida de Cristo como fundamento de la piedad, y los Padres posteriores son igualmente testigos de esa fe y esperanza, la cual, como dice Le Maistre, fue la inagotable fuente de energía de los primeros cristianos en medio de las persecuciones. Los devocionario modernos, en cambio, explotan muy poco tan fecunda idea.

“Si presentáramos el misterio de la Iglesia en esta trabazón, llenándolo con el espíritu de espera del fin, desterraríamos el peligro en el que, a menudo, va a parar nuestro pensamiento sobre la Iglesia, y acerca del cual San Pedro advertía a los fieles en su segunda Epístola, al hablar de aquellos que tienen “por retardo” (2ª Pedro 3, 9) la indecible paciencia de Dios, y cuando habla de los que comienzan a burlarse de la espera cristiana, “porque todo vuelve a ser como era desde el principio de la Creación” (2ª Pedro 3, 4). Jamás ha sido la Iglesia un cómodo instalarse sobre la tierra. Jamás, tampoco, una de las tantas formas de religión, la cual nos ayuda a explicar el fin de la vida terrena y cotidiana, corresponde a nuestras “necesidades” y nos provee de los consuelos de la Santa Religión al fin de nuestra existencia…”

Debemos hacer más viva la renuncia a Satanás y a sus pompas, que tan importante sitio tenían en la predicación cristiana

III

¿Cuándo aparecerá Cristo de nuevo? No sabemos el día ni la hora (Mt. 24, 36 y 42; 25, 13; Mc. 13, 32). Nadie puede calcular el día de Su Retorno; al contrario, todos los cálculos fallarán, porque El mismo dice: “A la hora que no pensáis vendrá el Hijo del Hombre” (Mt. 24, 44). En muchos otros pasajes de la Sagrada Escritura se nos enseña que Cristo vendrá tan sorprendentemente como un ladrón (1ª Tes. 5, 2; 2ª Pedro 3, 10; Apoc. 3, 3; 16, 15, etc.). San Pablo inculca aún más este punto, diciendo: “Cuando todos digan que hay paz y seguridad” (1ª Tes. 5, 3); y en el mismo capítulo nos advierte gravemente: “No despreciéis las profecías” (1ª Tes. 5, 20).

Se ha tentado de referir la muerte de cada uno lo que el Nuevo Testamento dice de la Parusía, especialmente lo que predice Jesús en San Lucas: “En aquella noche (de Su Venida) dos hombres estarán reclinados a un misma mesa; el uno será tomado, el otro dejado. Dos mujeres estarán moliendo juntas; la una será tomada, la otra dejada. Estarán dos en el campo; el uno será tomado, el otro dejado” (17, 34ss.). Tal identificación de la muerte con la Venida de Cristo no es propia ni del Evangelio ni de las Cartas de los Apóstoles. No quitemos a los Misterios su contenido, y no confundamos a Cristo con un verdugo o sepulturero.

Los que no creen en la posibilidad de una pronta Venida de Cristo, se excusan diciendo que no se han cumplido todavía todas las profecías que han de cumplirse antes de Su Advenimiento: la predicación del Evangelio en todo el mundo, la Apostasía de las masas, la aparición del Anticristo, la conversión de los Judíos, las guerras y terremotos, etc. Es interesante que las primeras generaciones cristianas, que conocían muy bien esas profecías, las consideraban como cumplidas ya en aquel tiempo y esperaban ansiosamente la Parusía del Señor. ¿No dice el mismo San Pablo que ya en su época el Evangelio fue predicado a toda la creación debajo del Cielo? (Col. 1, 23). El Apóstol San Juan nos revela que los Anticristos siempre están entre nosotros (1ª Juan 2, 18), y la Apostasía de las masas es tan conocida que no necesitamos describirla.

No tan visible es la conversión de Israel, pero también para ella la Providencia ha preparado los caminos, y es muy posible que se realice de un modo inopinado. ¿Quién sabe si no hay profecías que tan sólo se cumplirán en el día de la Parusía? Y si ese día no es un día de 24 horas, sino uno de aquellos de que habla San Pedro (2ª Pedro 3, 8), caben en él todas las profecías que no se han cumplido anteriormente. Esto quiere decir que todas las opiniones privadas sobre el orden de las postrimerías son muy arriesgadas.

IV

Nuestra actitud frente a la Parusía debe ser la que recomienda el mismo Señor en Mt. 24, 44; 25, 13; Mc. 13, 33-36: “Velad”, para que aquel gran Día no os sorprenda como un ladrón. Y más aún, debemos amar la Venida de Cristo, como nos exhorta San Pablo en la segunda Carta a Timoteo (4, 8).

¿Nos parece acaso extraño amar y anhelar la llegada de nuestro Rey y Señor? He aquí la piedra de toque de nuestro amor a Cristo. No desear Su Venida es propio de aquellos que le tienen miedo, porque no aprecian lo que significa Su Parusía para nuestra alma y nuestro cuerpo. Pues en aquel día no sólo aparecerá la Gloria de Cristo, sino también la nuestra. Unidos a Él (Juan 14, 3; Apoc. 19, 6ss.), asemejados a Él (Rom. 8, 29; Filip. 3, 20; 1ª Juan 3, 2) entraremos con Él en la Jerusalén Celestial donde Él mismo será la lumbrera (Apoc. 21 y 22). Y para que no olvidemos tan consoladora Profecía, nos la recuerda Cristo en Mateo: “Mirad que os lo he predicho” (24, 25).

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1 comentario en «ESCATOLOGÍA [4]
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  1. Gracias, Padre, por este “curso” o “Ejercicios Espirituales” que nos ofrece con este contenido del Blog Toma y Lee. Cada salida de “ Espìritualidad Bíblica” es una oportunidad para adentrarnos en las profundidades de la fe, desde sus fuentes: la S. Escritura y la Tradición. “La Bienaventurada Esperanza”, la que corona toda esperanza porque es el fin del peregrinar nuestro con la irrupción de la gloria del Señor Jesús (en su segunda venida) y de la gloria nuestra para toda la eternidad. Qué alentador el testimonio de la comunidad primera, los Padres Apostólicos, los Padres de la Iglesia, su fuerza en la liturgia. Es relevante que la 2ª lectura de la Misa de la Noche de Navidad esté tomada de la Carta a Tito: 2, 11-14. Vivimos entre dos manifestaciones: la manifestación de la Gracia que es fuente de salvación para todo hombre, que nos permite vivir una vida en santidad, mientras aguardamos la Manifestación de la gloria de nuestro gran Dios y Salvador: Cristo Jesús. Que “la apariencia de este mundo que pasa” 1ª Cor. 7,31 no nos distraiga de esperar con amor esa manifestación, fruto del amor a Cristo que ha de iluminar y vivificar nuestra existencia efímera. El Pueblo de Dios necesita refrescar la memoria en torno a ello desde la Escritura, la predicación, la liturgia, la catequesis para nutrir la piedad personal y comunitaria. No nos falta ni nos faltará la ayuda del Espíritu Santo.

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