ESCATOLOGÍA [5-A]
EL MISTERIO JUDÍO EN LA ESCRITURA

EL PROBLEMA JUDÍO A LA LUZ DE LAS SAGRADAS ESCRITURAS
[Tomado de Mons. Juan Straubinger: Espiritualidad Bíblica]

I
En general la Historia mide al Pueblo Judío con la misma medida que a las otras pequeñas naciones y razas; y como para dejar constancia de su insignificancia, le dedica en sus copiosos volúmenes apenas unas pocas páginas. Nada más comprensible que esto, pues comparado con las demás pueblos de la Antigüedad, el de Israel se mostró tan inactivo y falto de poderío, que muchos escritores no tuvieron conocimiento de su existencia, o por lo menos no lo mencionan en sus libros. Los modernos sí lo conocen, pero debido a su modo de juzgar a todos los pueblos con el mismo criterio, les escapa la posición singular de aquel pueblo, cuya fuerza vital está por encima de todo criterio humano y cuyo destino es como «el reloj de Dios a través de la historia».

Es muy fácil considerar el problema judío exclusivamente desde el punto de vista económico, nacional o político, y señalar los peligros que la actividad comercial y financiera de los Judíos implica para los pueblos cristianos; mas fácil aun es instigar los sentimientos nacionales contra un pueblo que goza de las ventajas del internacionalismo y vive entre todas las naciones sin asimilarse a ninguna; pero con tal método no se resuelve la Cuestión Judía, ni siquiera se da comienzo a su solución.

La solución está en otro plano. Los judíos del Antiguo Testamento fueron el «Pueblo elegido», la «porción escogida», «La Nación santa» (Ex 19, 5-6), «el hijo primogénito» (Ex 4, 22), portadores y transmisores de la Revelación (Rom. 3, 2), no a causa de sus meritos, sino en virtud del libre beneplácito de Dios que elige a quien quiere (Rom. 9, 11 y 18); pero una vez escogidos, no están ya sometidos a las leyes ordinarias de la historia, sino que andan por los caminos extraordinarios de la divina Providencia, que los ha mantenido hasta hoy en evidente contraste con lo que pasa con otros pueblos.

II

Todos sabemos que el Pueblo Elegido se convirtió en El Reprobado, primero a consecuencia de sus continuas apostasías, y después por su formulismo religioso que le ofusco los ojos de tal manera que no reconoció al Mesías, a quien esperaba.

El hecho de la apostasía es tan manifiesta, que todos los Profetas, desde el primero hasta el último, la denuncian y el mismo Jesucristo la llora (Mat. 13, 37-39). También San Pablo, citando a Isaías (6, 9-10), atestigua la incredulidad judía en los Hechos de los Apóstoles (28, 28): «Os sea notorio que esta salud de Dios ha sido transmitida a los gentiles, los cuales prestaran oídos».

En vista de tan tremendos juicios, es una provocación si el judío Max Kahn nos dice: «La judeidad es el Pueblo que en los albores de la evolución ética de los hombres descubrió los valores imperecederos de la vida. Y que fue desangrándose por ellos durante más de dos mil años» (Rev. de la Universidad Nacional de Colombia, Abril 1948, página 9). Los judíos no «descubrieron» esos valores sino que Dios se los enseñó, y no fueron desangrándose por su fidelidad; al contrario, porque no cumplieron la Ley vinieron sobre ellos todas las calamidades hasta el destierro y la destrucción (cfr. Lv. cap. 26; Dt. cap. 28 y la profecía de Cristo sobre la ruina de Jerusalén en Mat. cap. 24, etc.).

Kahn olvida que los judíos tenían que ser la luz, es decir, misioneros de los paganos, deber sagrado que cumplieron muy insatisfactoriamente. Tampoco corresponde a la verdad la observación del mismo autor sobre los judíos como joyeros religiosos de humanidad. «A los judíos, afirma Kahn, les gusta ser orfebres y joyeros, porque les gusta ser eso mismo en la vida religioso-espiritual». ¡Ojala hubieran sido joyeros religiosos en la antigua Grecia y Roma! En los Apóstoles no encontramos nada de esa afición a la orfebrería, y sin embargo influyeron inmensamente más en la vida religioso­espiritual del mundo, en tanto que, como dice San Pablo, por· causa de los judíos fue blasfemado el nombre de Dios entre los gentiles (Rom. 2; 24; cfr. Ez. 36, 20).

III

La apostasía de Israel tuvo por consecuencia la transmisión de la salvación a los gentiles, proclamada definitivamente por San Pablo (Hech. 28, 28) y muchos siglos antes anunciada por los profetas. Citamos por testigos solamente a los más grandes, Moisés e Isaías. En Deuteronomio (32, 21-22) leemos: «Yo (Dios) esconderé mi Rostro y ahora veré el fin cierto de ellos (es decir, de los judíos), pues son hijos desleales, una generación perversa. Me provocaron con no-dioses, me irritaron con vanos simulacros. Por eso Yo también los provocaré con un no-pueblo y los irritaré con gente insensata». Bover-Cantera añade aquí la siguiente nota: «Por medio de estos bárbaros, que no merecen el nombre de pueblo, Dios dará a Israel pena adecuada a su culpa de adorar a quien no merecía el nombre de Dios». La interpretación autentica nos la da San Pablo en Rom. 10, 19-11, 12. El «no-pueblo», la «gente insensata», somos nosotros, los cristianos, hijos de pueblos gentiles, que para Israel no eran más que una masa insensata.

En Isaías dice el Todopoderoso: «Déjeme buscar por los que antes no me preguntaban; déjeme hallar por aquellos que no me buscaban. Dije: Heme aquí, heme aquí, a una nación que no invocaba mi nombre. Mantuve mis manos siempre extendidas hacia un pueblo rebelde, hacia aquellos que no caminaban por el buen camino» (Is. 65, 1-2). San Pablo explica este pasaje en el sentido de que la salud ha sido transmitida a los gentiles que antes no conocían a Dios (Rom. 10, 20-21), de modo que «por la caída de los judíos vino la salud a los gentiles» (Rom. 11, 11).

Pero no nos engriamos por ser sustitutos del pueblo escogido, pues también a nosotros nos eligió El «conforme a la benevolencia de su voluntad, para celebrar la gloria de su gracia» (Ef. 1; 5-6), no en atención a nuestros meritos. «Si algunas de las ramas (del pueblo judío), dice San Pablo, fueron desgajadas, y tu (¡oh gentil!), siendo acebuche, has sido injertado en ellas y hecho participe con ellas de la raíz y de la grosura del olivo, no te engrías contra las ramas; que si tú te engríes, (sábete que) no eres tú quien sostienes la raíz; sino la raíz a tí» (Rom. 11, 17-18). Si no seguimos esta regla de humildad; nos acarreamos el mismo castigo que los judíos.

IV

Lo extraordinario en el pueblo hebreo no es su reprobación sino la solemne promesa de la futura anulación de esa misma reprobación. Es esta una de las más estupendas verdades, que San Pablo nos revela con toda su autoridad apostólica en la segunda carta a los Corintios (3, 16), donde habla de la vuelta de los judíos al Señor, y especialmente en el cap. 11 de la Carta a los Romanos, donde dice que los judíos serán injertados de nuevo en el propio olivo (Rom. 11, 24) y agrega: «No quiero que ignoréis, hermanos, este misterio, para que no seáis sabios a vuestros ojos, el endurecimiento ha venido sobre una parte de Israel hasta que la plenitud de los gentiles haya entrada en la Iglesia y de esta manera todo Israel será salvo” (Rom. 11, 25 ss.).

El Apóstol de los Gentiles anuncia en éste capítulo un “misterio”, la conversión de Israel, y para aumentar nuestro asombro, nos hace vislumbrar que tal acontecimiento será de gran provecho para el mundo, pues “si el repudio de ellos es reconciliación del mundo, ¿qué será su readmisión sino la vida de entre muertos?” (Rom. 11, 15); y “si la caída de ellos ha venido a ser la riqueza del mundo, y su disminución la riqueza de los gentiles, cuánto más su plenitud” (Rom. 11, 12).

Palpamos aquí el misterio de la infinita Misericordia que un día perdonará a Su Pueblo, “porque los dones y la vocación de Dios son irrevocables” (Rom. 11, 29) y los judíos, respecto a su elección, siguen siendo “muy amados a causa de los padres”, los Patriarcas.

De desobedientes e incrédulos, serán fieles y obedientes a la fe. Entonces será quitado de sus ojos el velo que produjo su ceguera (2 Cor. 3, 13ss.), y el endurecimiento de su corazón, será ablandado por los golpes de la divina Misericordia. Sobre éste punto no hay divergencias entre los exégetas, tampoco sobre la fecha en que la Cristiandad tendrá el gozo de presenciar tan fausto acontecimiento. Se cumplirá cuando “la plenitud de los gentiles haya entrado” (Rom. 11, 15), es decir, terminado el tiempo destinado a la conversión de los gentiles (cfr. Luc. 21, 24) 

CONTINÚA EN 5-B

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1 comentario en «ESCATOLOGÍA [5-A]
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  1. Israel es todo un misterio: Misterio su elección, por lo que se sale de las coordenadas de la Historia; misterio en su conformación, pues de la fidelidad de los patriarcas elegidos por Dios, Dios promete tierra y descendencia; es una teocracia, el Código dado por el mismo Dios. Misterio en su pasado: el elegido, el depositario de la Ley y los profetas, el llamado a preparar y recibir al Mesías. Pero el elegido claudica continuamente mientras que Dios permanece fiel e incansable en su misericordia; como Padre de su “Primogénito” lo corrige y castiga; llama y espera.
    Esto me asombra: En el colmo del misterio: Dios se vale de la apostasía de una gran parte de Israel para que la fe llegue a los gentiles y a éstos; les dice por medio de Pablo que no se engrían, porque son un injerto en la rama, la raíz es más antigua: viene del Pueblo elegido y también ellos son llamados. Israel es figura de la Iglesia, la elegida y elegidos cada uno de los que la conformamos. Sería incurrir en vanagloria: creer que lo que somos es mérito nuestro. En su infinita misericordia Dios anuncia por medio de Pablo que Israel será salvado, cuando la fe llegue a todos los hombres. He aquí la misión de la Iglesia. La misma paciencia y misericordia tiene Dios para con ella fiel y a veces, claudicante en sus miembros. El que confíe y persevere en la fe hasta el fin, recibirá la gloria eterna, como lo veíamos en la salida anterior.

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