ESCATOLOGÍA [5-B]
EL MISTERIO JUDÍO EN LA ESCRITURA

EL PROBLEMA JUDÍO A LA LUZ DE LA SAGRADA ESCRITURA

[Tomado de Mons. Juan Straubinger «Espiritualidad Bíblica»]

V

Mucho más difícil es la explicación de los vaticinios referentes a Israel como Pueblo. El primero de los Profetas que en nombre de Dios se pronunció sobre el futuro destino de Israel, fue Moisés. En los capítulos 26 del Levítico y el 28 del Deuteronomio promete el gran Profeta al Pueblo fiel las más maravillosas bendiciones: “Yahve te abrirá su rico tesoro, el Cielo, concediendo a su tiempo la lluvia necesaria a tu tierra y bendiciendo toda obra de tus manos; de suerte que prestarás a muchas naciones, y tú mismo no tomarás prestado. Yahve te constituirá cabeza y no cola, y estarás siempre encima y nunca debajo, si obedeces al mandato de Yahve, tu Dios, que hoy te intimo para que cuides de practicar; y no te apartarás ni a la derecha ni a la izquierda de ninguno de los mandatos que hoy te ordeno” (Deut. 28, 12-14; cfr. Deut. 30, 3).

No faltan quienes buscan en éstas palabras una predicción del domino mundial de la raza hebrea, y la ven cumplida en la posición actual de los judíos como banqueros del mundo, lo que les da enorme influencia y – prácticamente- la superioridad sobre otras naciones, pues con el dinero se puede estar “siempre encima y nunca abajo”. Y hasta se ganan las guerras. Sin embargo no hay fundamento exegético para tal interpretación. Su realización depende, según Moisés, del fiel cumplimiento de la Ley antigua, de la cual, todos sabemos, los judíos de hoy cumplen solamente una parte. Si es que la cumplen; pues les falta el centro del culto mosaico, el Templo y los Sacrificios.

Moisés no olvida la otra eventualidad, a saber, la apostasía de Israel, y le predice como castigo la dispersión entre otros pueblos: “Yahve te desparramará por todas las naciones, de un extremo a otro de la tierra, y allí servirás a dioses extraños que no conoces tú, ni tus padres, a leño y a piedra. En aquellas naciones no lograrás descanso ni tendrá punto de reposo la planta de tu pie. Yahve te dará allí un corazón trémulo, desfallecimiento añorante de ojos y congoja de espíritu. Tu vida te parecerá a lo lejos como pendiente de un hilo, y de noche y de día temerás, sin estar seguro de tu vida. Por la mañana dirás: ¡Quién me diera fuerza en la tarde! Y a la tarde exclamarás: ¡Quién me diera fuerzas en la mañana!” (Deut. 28, 64ss.).

El Profeta Isaías se refiere más de una vez al porvenir de Israel, por ejemplo en Isaías (10, 21ss), donde dice: “Un resto volverá, un resto de Jacob, el Dios fuerte, pues aunque fuera tu pueblo Israel como la arena del mar, (sólo) un resto volverá”. La interpretación de ésta profecía está asegurada por San Pablo, que la cita en Rom. 9, 27, en conexión con la conversión de Israel. En Is. 59, 20-21 habla el profeta de un futuro Redentor y sigue: «He aquí mi alianza con ellos, dice Yahve: Mi espíritu que esta sobre ti, y las palabras que Yo he puesto en tu boca, no se apartaran de ella…». Felizmente poseemos la interpretación autentica de este lugar en Rom. ll, 26; donde el Apóstol de los gentiles lo relaciona con la futura salvación de Israel. Encontramos aquí la idea de un nuevo pacto, distinto de los pactos anteriores hechos con Abraham y Moisés. Será un pacto espiritual, idéntico con la Nueva Alianza, a la cual los judíos convertidos se asociaran y con ello recobraran sus prerrogativas antiguas (Rom. 11, 29).

También por boca de Jeremías (cap. 31) y Ezequiel (cap. 37) promete Dios hacer una nueva alianza con su pueblo. Dice el profeta Jeremías: «He aquí que vienen días, afirma Yahve, en que pactare con la casa de Israel y la casa de Judá una alianza nueva… Este será el pacto que Yo concertaré con la casa de Israel después de aquellos días, dice Yahve: Pondré mi ley en su interior y la escribiré en su corazón y seré su Dios y ellos serán mi Pueblo. Y no necesitarán instruirse los unos a los otros, ni el hermano a su hermano, diciendo: ‘conoced a Yahve’; pues todos ellos me conocerán, desde el más pequeño hasta el mayor, dice Yahve; porque perdonaré su culpa y no recordaré más sus pecados» (Jer. 31, 31-34).

Nótese ante todo que este vaticinio se dirige a ambos reinos judíos, el de Israel y el de Judá, no obstante la ruina total de aquel y la situación desesperada de este, y que su fin es consolar a todas las tribus de Israel, no solamente a las dos que formaban el reino de Judá. Los que entienden por Israel a la Iglesia, han de reconocer que no se ha cumplido aún, o solo muy imperfectamente, pues se necesitan todavía instrucción, catequesis, predicación y estamos muy lejos de aquel estado feliz en que no habrá más necesidad de enseñanza religiosa. Tomarlo en sentido hiperbólico es igualmente peligroso, pues es Dios quien habla en el pasaje citado, y El no exagera como lo hacen los hombres. Además, aplicar exclusivamente a la Iglesia todos los vaticinios que hablan de un glorioso porvenir de Israel significaría acusar a la Iglesia de las iniquidades a que ellos aluden, como por ejemplo en el vaticinio citado, que no solamente habla de la nueva alianza con Israel, sino también de su «culpa» y sus «pecados» (Jer. 31, 34).

Más peligroso aun es el método de reservar, para los judíos todas las profecías desagradables, y para nosotros todas las agradables, aunque el profeta las dirige expresamente a las tribus de Jacob, a Israel, Jerusalén, Sion, etc. En el ultimo numero de «Estudios Bíblicos», enero-marzo de 1949, pag. 99, el P. José Ramos García C.M.F., critica este sistema con las siguientes palabras: «Si en lugar de conceder a cada uno lo que es suyo como piden de consuno la justicia y la Hermenéutica, se emplea el arcaduz de la espiritual alegoría para escanciar de buenas a primeras el contenido de los magníficos vaticinios en la Iglesia de la primera etapa, mientras Israel no está con ella, es obvio que al Israel converso no le han de quedar más que las esculladuras de las divinas promesas, no obstante mirar a él primera y principalmente. Y de pasar la cosa así como esa interpretación pretende, habría razón para aplicar a las grandiosas promesas, tan repetidas, ponderadas y precisas, hechas por Dios a ese pueblo, el dicho del poeta Venusino: «Parturient montes, nascetur ridiculus mus», lo que haría de la mayor parte de ellas algo así como una broma pesada.»

VI

Como se ve, las profecías del Antigua testamento respecto del porvenir de Israel son muy complicadas. Parecen referirse no solamente a su conversión, sino también a su restauración como nación. Claro está que, como dice San Pablo, las promesas de Dios en favor de su pueblo son irrevocables (Rom. 11, 29), es decir, se cumplirán indefectiblemente. Pero, ¿tenían ellas realmente carácter incondicional o solo condicional?, Si eran incondicionales, no faltará su cumplimiento; si en cambio eran condicionales, su cumplimiento debe estar vinculado a la conversión de Israel. Realizándose esta, han de realizarse también las promesas. Ahora bien, San Pablo nos dice que la futura conversión de los judíos es cosa segura; no hay, pues, ningún obstáculo que se oponga al cumplimiento de las demás promesas y vaticinios acerca de Israel.

Mas luz arrojan sobre nuestro problema las profecías que citamos a: continuación. Leemos en Jeremías (30, 3): »He aquí que vienen días, dice Yahve, en que haré volver a los desterrados de mi pueblo de Israel y Judá, y lo hare tornar a la tierra que di a sus padres, y la poseerán». El lector piensa tal vez en la vuelta de los judíos del cautiverio, mas el hecho es que del cautiverio volvieron solamente las dos tribus de Judá y Benjamín, mientras que el profeta se refiere también a las diez tribus de Israel, que nunca volvieron. Debe, pues, tratarse de un acontecimiento futuro relacionado con la salvación de los judíos. Así lo explican entre los modernos el P. Paramo S.J., y el P. Reboli S. J. en sus ediciones de la Biblia de Torres Amat. Cf. Jer. 23, 3 y 8s. 11, 11ss.

Ezequiel completa la profecía de Jeremías, anunciando a su pueblo no solo la vuelta, sino también la posesión perpetua de Palestina. Dice Dios por boca del profeta: «He aquí que yo tomaré a los hijos de Israel de entre las naciones adonde emigraron, y los congregaré de todo alrededor, y los introduciré en su territorio. Los salvaré de todos los lugares donde pecaron, y los purificaré, y serán mi pueblo, y Yo seré su Dios. Y habitarán sobre la tierra que Yo di a mi siervo Jacob, donde moraron sus padres; y habitaran sobre ella ellos, sus hijos y los hijos de sus hijos por siempre» (Ez. 37, 21-25).

Lo mismo promete Dios por Amós: «Los plantaré en su tierra; y ya no serán arrancados de su territorio, dice Yahve, tu Dios» (Am. 9, 15); y por Miqueas: «En aquel tiempo, dice Yahve, reuniré a la (nación) que cojea y congregare a la extraviada, a la que Yo había dañado. Y convertiré los restos de la que cojea y formaré de la alejada un pueblo fuerte, y reinará Yahve sobre ellos en el monte Sion desde ahora y para siempre» (Mi 4, 6- 7), Zacarías añade a este cuadro Consolador algunos rasgos nuevos: “Vendrán a Jerusalén muchos pueblos y naciones poderosas para buscar al Señor de los Ejércitos y orar en su presencia y sucederá que diez hombres de cada lengua y de cada nación tomaran a un judío, asiéndole de la franja de su vestido y diciéndole: ‘Iremos contigo, porque hemos conocido que con vosotros esta Dios’» (Zac. 8, 22-23).

¿Cómo explicar tan estupendas profecías? ¿Hay que decir simplemente que todo se cumplió en los primeros cristianos que en parte eran judíos y maestros de los gentiles? Santiago no lo explica así, sino que ve en ellas un acontecimiento futuro, cuando cita a Amós en el Concilio de los Apóstoles: “Después de esto volveré y reedificaré el Tabernáculo de David que está caído; reedificare sus ruinas y lo levantaré de nuevo, para que busque al Señor el resto de los hombres y todas las naciones, sobre las cuales ha sido invocado mi nombre, dice el Señor que hace estas cosas” (Hech. 15, 16-17). El exegeta francés Boudou observa sobre este pasaje: «Según la profecía de Amos, Dios realzará el Tabernáculo de David; reconstruirá el reino davídico en su integridad y le devolverá su antiguo esplendor. Entonces Judá e Israel conquistarán y poseerán el resto de Edom, tipo de los enemigos de Dios, y todo el resto de las Naciones extranjeras, sobre quienes el nombre de Dios ha sido pronunciado».

Plena seguridad exegética nos proporciona el discurso escatológico del Evangelio de San Lucas, donde Jesucristo revela que los judíos «serán deportados a todas las naciones y Jerusalén será pisoteada hasta que el tiempo de los gentiles sea cumplido» (Luc. 21, 24). Este último término es a la vez el tiempo de la conversión de Israel, según nos dice San Pablo en Rom. 11, 25, de modo que la conversión de los judíos está conectada con el fin de su dispersión, o sea, con su restauración como pueblo.

Con esto quedan definitivamente descartadas las soluciones de aquellos que creen que los vaticinios referentes al porvenir de Israel se han cumplido ya, sea en la mezquina restauración después del cautiverio de Babilonia, sea en forma alegórica en la Iglesia (numeral V).

VII

¿Sera restaurada también Jerusalén y el Templo? Es esta una pregunta ociosa. Los profetas predicen tanto la restauración de Israel como la de Jerusalén. Oigamos solamente al profeta Isaías: »La luna se pondrá roja y se oscurecerá el sol cuando Yahve, Dios de los ejércitos reinare en el monte Sion y en Jerusalén y fuere glorificado en presencia de sus ancianos» (Is. 24, 23). «Sera Jerusalén mi alegría, y su pueblo mi gozo, y en adelante no se oirán mas en ella llantos ni clamores, y los días de mi pueblo serán como los días del árbol, y mis elegidos disfrutarán del trabajo de sus manos largo tiempo” (Is. 65, 19-22). «Congratulaos con Jerusalén y regocijaos con ella todos los que la amáis; rebosad con ella de gozo cuantos por ella estáis llorando, a fin de que chupéis la leche de sus consolaciones y quedéis saciados, y saquéis delicias de la plenitud de su gloria» (Is. 66, 10-11). Cambiando el estilo nos dicen lo mismo los demás profetas. Ezequiel nos trazó el plano de un nuevo Templo que no se ha realizado hasta ahora. (Ez. 40-46). En caso de realizarse se convertirá en un centro principal de la Cristiandad,   previa la conversión del pueblo judío a Cristo.

Recién después de la restauración de Israel en el país de sus padres y su incorporación al Cuerpo místico de Cristo tendrán su pleno cumplimiento las magnificas profecías sobre la gloria de Jerusalén. Léase al respecto el misterioso Salmo 86, donde se dicen de ella casas tan gloriosas que necesariamente ha de considerarse como «la metrópoli espiritual de todos los pueblos» (Prado, Nuevo Salterio, p. 502). (cfr. Is. 2, 2-4; 54, 1-3; 60, 3-9; Ez. 37, 28; Am. 9, 11-14; Miq. 4, 1-3; S. 47, 2-5; 67, 29; 86, 4ss.; 101, 5ss.; Tob. 13, 11). En todos estos y muchos otros pasajes contemplamos a Sión bañada en la luz lejana de las esperanzas Mesiánicas e inundada de gentes de todas las naciones y razas, rebosantes de Jubilo y trayendo regales. «La misma gloria divina, dice Calés, está interesada en la restauración de Israel. Naciones y reyes temerán y honrarán a Yahve cuando comprueben que El ha reedificado a Sion y ha desplegado su magnificencia; que ha escuchado las plegarias de aquellos a quienes los enemigos hablan despojado y que parecían perdidos sin esperanza».

Los que toman en sentido escatológico la última de las setenta semanas de Daniel (cap. 9), tienen en la Jerusalén cristiana y su templo también un escenario para las fechorías del Anticristo y la victoria final de Cristo (2ª Tes. 2, 4 y 8; Isa. 11, 4).

CONTINÚA EN 5-C

—oOo—

1 comentario en «ESCATOLOGÍA [5-B]
EL MISTERIO JUDÍO EN LA ESCRITURA
»

  1. La historia de Israel transcurre en clave de alianza, porque es un pueblo llamado por Dios: la abundancia de bendiciones está sujeta a la respuesta de fidelidad de Israel hacia Yahvé. Israel asiente, pero fácilmente olvida el pacto y toma su camino. El Señor en su amor infinito hacia su elegido y con paciencia, vuelve a plantear la alianza, cada vez con mayor profundidad, en Jer.31 y en Ez.37;Am. 9, 15; Mi 4, 6- 7; Zac. 8, 22-23. Se va espiritualizando la propuesta de Dios, pero el pueblo olvida y vuelve a “sus” caminos. La prosperidad de Israel como también la diáspora y su constitución como nación, no responden al cumplimiento de las promesas bíblicas, porque en el transcurso de la historia, Israel olvida el pacto y además, está incompleto su culto, porque falta el Templo y los sacrificios. Pero la esperanza de un Israel que incluso llegará a recibir al Mesías ( conversión y salvación), lo declara Pablo, inspirado por Dios en Rom.11,25 – 32 y lo declara como irrevocables los dones y el llamado de Dios. Por eso, del v 33 al 35 prorrumpe en un himno de alabanza a los atributos divinos. Pienso que este misterio de conversión y salvación, se transfiere a la Iglesia porque “En esperanza fuimos salvados” Rom. 8,24.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *