NO DESCUBRIRÁS LA DESNUDEZ [15] SAN PABLO: EL BIEN DEL CELIBATO

BIEN LE ESTÁ AL VARÓN NO TOCAR MUJER

kalon anthrôpô gunaikos mê aptesthai [aptésthai = tocar, apegarse, juntarse]
(San Pablo 1ª Corintios 7,1)

Un visitante del Blog me incita a entrar en el tema tan llevado y traído del celibato sacerdotal.
No es el momento de hacerlo extensamente.
Quiero solamente señalarle a ese amigo, por no pasar por alto descomedidamente su sugerencia, que ya el mismo Jesucristo, que fue célibe, recomendó el celibato por el Reino de los Cielos a quien fuera capaz de entenderlo y practicarlo. Véase Mateo 19, 12: “Hay eunucos que se hicieron tales a sí mismos por el Reino de los Cielos. El que pueda entender, que entienda”.

«QUISIERA QUE TODOS LOS VARONES FUERAN (CÉLIBES) COMO YO»
Thelô gar pantas anthropous einai hos kai emauton
(1ª Corintios 7, 7)
San Pablo es clarísimo en postular, no solamente la licitud, sino la excelencia preeminente del celibato que él mismo practicaba a imitación de Cristo.

Y lo hacía a despecho de que fuera algo frontalmente a contrapelo de la cultura corintia, dominada por la sombra del Santuario de la Venus Afrodita Porné, rodeada por las casitas y jardincillos donde se desempeñaban cinco mil sacerdotisas de la prostitución sagrada.
El celibato por amor a Cristo, y por imitarlo, lo experimentaba Pablo como un bien tan grande para sí mismo, que él se lo deseaba y recomendaba a todo el que fuera capaz de entenderlo y practicarlo: “Sed imitadores míos como yo lo soy de Cristo” (1ª Corintios 11, 1). Estos son los fundamentos cristianos del celibato sacerdotal y de la virginidad consagrada en la Iglesia católica.
Ellos han sido revelados por Dios y siguen siendo suscitados por el Espíritu Santo en los fieles que Dios elige para marcarlos con este carisma. Los que reciben este carisma entienden lo que practican y saben de su existencia por experiencia propia, porque lo practican. Es decir, experimentan en sí mismos, que Dios les hace posible lo que saben también que sería imposible por sus solas fuerzas.
La Virginidad consagrada en la Iglesia Católica, es un signo de la Victoria de Cristo sobre la impureza y el pecado. Es como una bandera, destinada a animar a los que luchan con la concupiscencia, en los ejércitos de la pureza de corazón.
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[Nota: He escrito un libro sobre la Vida Religiosa y los tres votos en la Iglesia católica, que se llama así: «Signos de Su Victoria» (Ediciones Diego de Torres, San Miguel, Buenos Aires 1982) prologado por el entonces arzobispo de Buenos Aires Jorge Mario Cardenal Bergoglio y actual Papa Francisco  . Puede bajarse de mi página web Santo y Buen Amor   
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El hecho de que muchos no lo entiendan, porque no se sienten capaces, o no creen posible guardarlo, no invalida la revelación divina, la palabra de Jesucristo ni la obra del Espíritu Santo, que deberían admirar como tanto más milagrosa cuanto más imposible y contranatural les resulta.

Que haya también en este aspecto- como en tantos otros de la vida humana y cristiana -, claudicaciones, ficciones hipócritas, religiosos, religiosas, sacerdotes y hasta obispos indignos, en una palabra miseria y pecado, no invalida ni la revelación, ni la acción divina donde ella está, visible o invisible, aceptada o no.

El celibato por el Reino de los Cielos y la virginidad consagrada son sellos que pone el Espíritu Santo en la carne de la Iglesia católica, Esposa de Cristo, como dones divinos con que el Esposo enjoya a su Esposa, y sólo a ella.

Pero… son también un test proyectivo en el que se proyecta el estado espiritual e interior de muchos que dan por imposible lo que ellos no pueden, o por equivocado lo que ellos no entienden.

La realidad es más amplia de lo que nos entra en la cabeza… ¡por suerte!

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