EL DIOS PARIENTE POR ALIANZA [2 de 5]
EN LA CULTURA BÍBLICA

La institución familiar del goelato se convierte así en objeto de una reflexión religiosa, teológica. Y de este modo tiene lugar una explicitación relativamente tardía, exílica y post-exílica, de las implicaciones religiosas de la institución familiar patriarcal, pre-mosaica.

Este es un aspecto que crea perplejidad en algunos estudiosos e investigadores modernos, quizás despistados a menudo por su alteridad cultural.
Aunque incursionemos tangencialmente en hipótesis diacrónicas, no queremos entrar aquí en el terreno diacrónico. Es decir, no podemos saber con absoluta certeza si la institución familiar del goelato es primera y luego se carga, con el tiempo, de significados religiosos. O si por el contrario, es el «epos» religioso el que da origen y fundamento a la institución familiar del goelato.

En otras palabras: no sabemos si el goelato-institución familiar inspira la imagen del Dios-Goel, o si la fe en el Dios-Goel plasma ejemplarmente un tipo de familia y vinculación familiar. Para dar respuesta a este enigma se podría esperar más ayuda de la antropología que de la historia.

Por otra parte, que la situación del Exilio Babilónico haya avivado la conciencia de las implicancias religiosas de la institución familiar del goelato, no quiere decir que esas implicancias no existieran también en épocas anteriores, incluída la patriarcal. Muchos indicios históricos, relevados por la historia y la arqueología, convencen de ello como pasamos a mostrar inmediatamente.

El Dios del Padre, un Dios Pariente
«Una característica esencial de la religión patriarcal es el culto al «dios del padre», el cual es invocado y mencionado o se manifiesta como «el dios de mi/tu/su padre» .
«El «dios del padre» es, primitivamente, el dios del antepasado inmediato, al que reconoce el hijo por dios suyo. Pero como ese culto se trasmite de padres a hijos, ese dios se convierte en el dios de la familia, y el «padre» puede ser un antepasado más alejado: aquél del que desciende todo el clan. Jacob invoca «al dios de mi padre Abraham y al dios de mi padre Isaac» (Gn 32,10; cf. 28,13). Labán propone a Jacob poner el tratado que van a firmar bajo la protección del dios de Abraham, el abuelo de Jacob y del dios de Najor, el padre de Labán; pero Jacob jura por el pariente de Isaac, su padre (Gn 31,53)» .
«Esta religión del padre es la forma más antigua que podemos alcanzar, la que los antepasados de Israel trajeron a Canaán. Podemos intentar definir algunos rasgos:
1º) El dios del padre no está vinculado a un santuario, va ligado a un grupo de hombres. 2º) Se reveló al antepasado y fue reconocido por él.
3º) Y el más importante a nuestros fines: Este vínculo, que se extiende al grupo que procede de ese antepasado, se concibe como un parentesco» .

«En efecto, el dios del padre es una divinidad nómada: guía, acompaña y defiende en el camino al grupo que le es fiel. Decide sus migraciones y sabe a dónde lo conduce. «Deja tu país…por el país que yo te indicaré» le dice el dios de Abraham al comienzo mismo de la historia patriarcal (Gn 12,1). El dios de su padre es quien manda a Jacob regresar a Canaán (Gn 32,10; cf. 31,3). El dios de Abraham le acompaña de Harán a Canáan (Gn 12,7), y de Canaán a Egipto (Gn 12,17). El criado de Abraham puede invocar, en la alta Mesopotamia, al dios de su señor (Gn 24,12). El dios de Jacob le defiende adondequiera que vaya (Gn 28,15.20; 35,3), le protege contra los abusos de Labán (Gn 31,42), le salva del peligro con que le amenaza Esaú (Gn 32,12. El dios del padre está metido en la pequeña historia del grupo y la dirige» .

El nombre de Dios en la revelación mosaica, cuya traducción clásica es «Yo soy el que soy», parece querer decir más precisamente «Yo soy el que estaré» es decir el que «estaré contigo». El estará con su pueblo con una presencia auxiliadora, como volverá a expresarse en el nombre «Emmanuel», en hebreo cimmanu-‘El: Dios está con nosotros. Es decir: luchando en favor nuestro. El nombre revelado a Moisés, que la posterior tradición judía convierte en el Shem hammeporash es decir el nombre que no ha de ser pronunciado, es pues un nombre signo y un nombre promesa de asistencia. Es por lo tanto, un nombre de guerra.

«El patriarcal dios del padre, que se reveló al antepasado y permanece «con él», se compromete con sus fieles mediante promesas. El tema de la promesa se repite con frecuencia en los relatos del Génesis. Se presenta bajo formas diversas: promesa de una posteridad o de una tierra, o de ambas cosas a la vez.»…»Estas dos promesas responden a las aspiraciones primordiales de grupos de pastores seminómadas: la descendencia que asegure la continuidad del clan y la tierra en la que esperan asentarse» y les asegurará el sustento.

Hemos venido citando largamente a De Vaux, porque este autor nos hace el servicio de sintetizar críticamente un largo proceso por el que las investigaciones arqueológicas e históricas han ido aquilatando y acrisolando lo que se puede afirmar con cierto grado de certeza sobre la religión de los patriarcas. Ese proceso no está cerrado. Pero lo que nos importa aquí es que no se impugna actualmente que el dios del padre sea a la vez el Dios-pariente del clan.

En esto De Vaux sigue las huellas, entre otros, del arqueólogo norteamericano W.F. Albright, quien afirmaba que: «los hebreos, lo mismo que sus antepasados nómadas, poseían un sentido agudo para las relaciones de parentela entre un grupo patriarcal (clan o familia), y su dios, que era de hecho un miembro del clan y podía ser invocado por un pariente mortal como «padre, hermano», o «pariente». En consecuencia, todos los miembros del clan eran hijos, hermanos o parientes del dios, que era el cabeza de familia» .
Podemos afirmar por lo tanto, apoyándonos en los resultados de serios trabajos arqueológicos e históricos, que son rasgos propios, distintivos de la religión bíblica:
1º) Considerar al Dios del Padre como un Dios-pariente, el primero y máximo Goel de todo el pueblo
2º) Ver una Epifanía de Dios en las relaciones de parentesco y en los términos de Alianza de parentesco. Podríamos decir: sacralizar la esfera familiar.
3º) Considerar que el Dios-Goel asegura con sus Promesas y con su Auxilio, tanto la descendencia como el alimento, primero del clan y más tarde del pueblo entero, convertido en nación.

El goelato de Dios se manifiesta históricamente es decir en hechos o momentos que marcan la historia del clan y se guardan en la memoria. Por eso el epos bíblico consiste principalmente en la narración, memoria y encomio de esas obras de goelato. Recordemos rápidamente algunos de esos núcleos narrativos.
En virtud de la promesa de asegurarle una descendencia, Dios aparece como el Levir de Abraham, a quien le asegura que no morirá sin hijos y no se extinguirá su nombre.
En virtud de la Promesa de la Tierra, Dios es también el Goel del pueblo descendiente de los Patriarcas. Como Go’el les asegura la propiedad de la Tierra. Dicha Promesa de la Tierra se realiza a través de la gesta de la liberación de Egipto, la travesía del Desierto y la conquista de Canáan.

Dios se muestra también Goel en el hecho de liberar a su pueblo de la esclavitud y la opresión de Egipto. Recuérdese además que esa esclavitud era de tal naturaleza que amenazaba la propia existencia del pueblo de los Patriarcas. Tanto los trabajos agotadores como la reducción de la natalidad, apuntaban a una disolución demográfica. De manera que la liberación de Egipto equivale a la salvación de una extinción inexorable del pueblo elegido.

Dios se mostrará también como el dueño y custodio celoso de toda sangre, y como tal, vengador de toda sangre.

Si se quiere ver un retrato del Dios-pariente misericordioso véase la lista de obras de misericordia que le atribuye el salmo 106V-107H. Allí Dios se manifiesta como el redentor (v.2); el que auxilia a los peregrinos y los guía (vv.4-5); libera a los cautivos (v.10s); visita a los enfermos (v.17s); asiste a los navegantes (v.23s); sana, fecunda y riega las tierras para dar de beber al sediento y dar de comer a los hambrientos (v.33ss) .

Sus demás atributos parecerían pues, como dijimos antes, estar subordinados y ser tributarios de este título de Goel, que expresa la condición de pariente, de Dios, respecto de los Patriarcas y de su descendencia.

Si la fe bíblica comparte con otras religiones circunvecinas las epifanías cósmicas, telúricas y políticas de Dios, las comparte a su manera peculiarísima.

Al igual que los dioses cananeos El o Baal, también el Dios bíblico es un Dios que se manifiesta en la montaña, el rayo, la tormenta, el oleaje, y los astros.

Israel comparte también, con otros cultos religiosos de los pueblos vecinos, la fe en que Dios se manifiesta en la naturaleza: en el cosmos, en la fertilidad de la tierra, el sol y las lluvias que la fecundan; o, por el contrario en las plagas de langosta, las sequías y las pestes.

Comparte, por fin, la visión del Dios-Rey, que gobierna a su pueblo y a todas las naciones.

Pero, como se ve en el pensamiento religioso de los profetas, la fe de Israel toma distancia de la divinización de las esferas cósmica-telúrica y política que implicaban los mitos del Antiguo Oriente. Y -como nos empeñamos aquí en subrayar- el epicentro de sus epifanías está en el orden familiar.

El rasgo que nos parece más propio y distintivo del Dios bíblico, es ser el Dios-Pariente, el Dios cercano. Y por eso mismo tutelador, a la vez, de los vínculos familiares. Un ejemplo.

El capítulo 18 del Levítico – que forma parte del así llamado «Código de Santidad» (Lv 17-26) – estipula una pormenorizada normativa tendiente a salvaguardar la identidad de la familia israelita, distinguiéndola de la de egipcios y cananeos. La pertenencia de este pueblo a la Alianza de parentesco con el Dios-Santo, exige de él comportamientos específicos, diferenciantes e identificatorios, en la esfera de la sexualidad. A su vez, la santidad de la familia israelita se pone como condición de posibilidad de permanencia en la Tierra Prometida.

Existe a veces la impresión de que la cultura bíblica ha sido origen de tabúes sexuales. Los autores que incurren precipitadamente en este error por falta de nociones claras, piensan equivocadamente acerca del tabú. Reducen la idea de tabú a la idea de prohibición. Pero ambas nociones no son equivalentes. No toda prohibición tiene la categoría de tabú. El tabú, es lo que en nuestra cultura llamamos «principios». Es decir, aquella esfera de presupuestos indiscutidos e indiscutibles, «intangibles» se les llama a veces, que no se pueden tocar sin destruir las bases del acuerdo y la convivencia, y cuya intangibilidad, por lo tanto, todos están interesados en salvaguardar. La prohibición de tocar los principios es sin embargo de un orden totalmente distinto a los preceptos y prohibiciones positivas. Esa prohibición es en sí misma un principio: de ella deriva todo precepto y toda prohibición positiva, destinada a proteger su intangibilidad.

Volviendo al caso bíblico, la biblia no contiene tabúes sexuales, aunque contenga prohibiciones de ciertas conductas sexuales. Esas prohibiciones no son tabúes, sino barreras protectoras de uno de los verdaderos tabúes bíblicos: la familia. Al revés de lo que algunos afirman, los tabúes bíblicos recaen sobre los vínculos familiares. Son éstos los límites infranqueables que debe respetar la sexualidad. En la visión bíblica los vínculos familiares son realidades sacras e intocables, porque espejan un modelo ejemplar: el dios-pariente.

Si el Dios bíblico no es solamente una divinidad cósmica y de la fertilidad, sino también un Dios de la historia, es precisamente porque encuentra su inserción histórica como miembro del clan patriarcal; o, más tarde, como Dios que acompaña a su pueblo y habita en medio de él, ya sea en la tienda-tabernáculo del desierto, ya sea en los santuarios locales, ya sea – después de la unificación del culto – en el templo de Jerusalén: «¿Hay alguna nación tan grande que tenga los dioses tan cerca como lo está el Señor nuestro Dios siempre que lo invocamos¬?» interroga Moisés (Deut 4,7).

Dios es para Israel un Dios próximo (=Yo soy el que estoy contigo: Yahwéh, Immanu-el) porque es su Dios-prójimo. Y le es prójimo con la projimidad de un parentesco. Dios es su Goel, su Dios-Pariente por Alianza.

La Alianza bíblica, cuyos efectos no se ciñen exclusivamente al individuo que la pacta sino que alcanza a su familia y a su pueblo, funda pues, siempre, un nosotros divino-humano, que abarca en un solo nosotros a Dios, al pactante y a su colectividad humana, familiar, tribal, clánica, nacional. La palabra hebrea cam significa todas esas cosas y permite comprenderlas a la luz de la estructura familiar de parentesco. Como quien comprende el todo por la célula.

El problema de qué es primero, la institución familiar del goelato que inspira una fe en un Dios pariente, o la fe en un Dios pariente que motiva un tipo de conducta e institución familiar, se muestra -a esta luz- como un falso problema. Es un planteo ajeno a la cultura bíblica y que impide reconocer su idiosincrasia.

En la visión bíblica no es posible separar la esfera familiar-profana y la esfera religiosa. Desde que Dios es miembro del nosotros familiar-tribal-clánico-nacional, esa pertenencia establece una única estructura de relacionamientos según la cual lo que se hace con un miembro

del nosotros toca a todos los miembros del nosotros y por lo tanto a su miembro constituyente: el Dios Goel de todos .

La Alianza religiosa, es a la vez el Contrato-social de los pueblos bíblicos. Dios forma parte del nosotros y así funda, regula y posibilita las relaciones y la convivencia.

El epos bíblico narra cómo Dios, por Jésed, o sea por amor misericordioso de elección, se hace pariente de Abraham primero y luego de sus descendientes, mediante las Alianzas; y cómo en virtud de ese parentesco contraído por Alianza, en su calidad de Goel, Dios se obliga a perseverar en las actitudes y conductas de misericordia que su Goelato exige. Ya se ve cómo este epos bíblico funda y motiva, de manera muy propia y específica del universo cultural bíblico, las conductas o el etos bíblico.

 

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