EL SÁBADO ES PARA EL HOMBRE

EL SÁBADO ES PARA EL HOMBRE

En la misa de ayer, se lee en el evangelio la crítica de los fariseos a los discípulos de Jesús, por hacer algo prohibido el sábado (Marcos, 2, 23-28).
Jesús es nuestro Modelo, en general, pero aquí, lo es, en especial, en la argumentación. Por eso, comienza exponiendo un hecho del Rey David, siempre estimado por los judíos, que le sirve como ejemplo: “Nunca habéis leído lo que hizo David cuando tuvo necesidad, y él y los que lo acompañaban sintieron hambre, cómo entró en la casa de Dios, en tiempos del Sumo Sacerdote Abiatar, y comió los panes de la presencia, que sólo a los sacerdotes es lícito comer y dio también a los que estaban con él”.
Extrae la conclusión que, por analogía, era lícito el obrar de sus discípulos, cuando arrancaban espigas para comer el día del Señor, porque como sentencia: “El sábado está hecho para el hombre y no el hombre para el sábado”, agregando el aval de su autoridad divina: “el Hijo del hombre es también el señor del sábado”.

El hombre necesita normas que regulen su conducta y la que establece la singularidad del sábado pertenece a la primera tabla del decálogo entregado a Moisés que regulan los deberes del hombre para con Dios: “recuerda el día del sábado para santificarlo. Seis días trabajarás y harás todos tus trabajos, pero el día séptimo es día de descanso para Yahveh, tu Dios. No harás ningún trabajo ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu sierva, ni tu ganado, ni el forastero que habita en tu ciudad. Pues en seis días hizo Yahveh el cielo y la tierra, el mar y todo lo que contienen, y el séptimo descansó. Por eso bendijo Yahveh el día sábado y lo hizo sagrado” (Éxodo, 20, 8-11).

Tenemos pues una norma muy importante, pero lo judíos, como con tantas otras, la habían sacado de quicio al deshumanizarlas. Cristo las vuelve a su lugar y en otro pasaje ejemplifica: si un buey o un asno se caen en un pozo, por más observante que sea el dueño, ¿no intentará sacarlos, aunque sea sábado?
Sin reglas, cualquier grupo humano se transforma en un amontonamiento de personas, en un mero agregado. Pero todas esas reglas deben estar al servicio del bien del hombre, deben ayudar a su crecimiento, no ponerle obstáculos.

Y ahora, vamos a la enseñanza de Saint-Exupéry, acerca de ciertas normas, que él llama “ritos”, hoy reivindicada por filósofos de moda.
En el comienzo de Ciudadela, obra póstuma e inconclusa, el piloto escribe: “Los ritos son en el tiempo lo que la morada es en el espacio… es bueno que el tiempo sea una construcción. Así marcho de fiesta en fiesta, de aniversario en aniversario, de vendimia en vendimia, como marchaba de niño, de la sala de consejo a la sala de reposo, en la amplitud del palacio de mi padre, donde todos los pasos tenían un sentido”.
Así el tiempo se proyecta a la eternidad: “todo alrededor de ti se hará eterno. Eterna la fuente que canta y que ha sabido abrevar a tus padres, eterna la frescura de las noches. El tiempo no es un reloj que consume su arena, sino un cosechador que ata su gavilla” (Ciudadela I).

En “El Principito”, el niño le pregunta a su maestro el zorro: ¿qué es un rito?, quien le contesta: “Es también algo demasiado olvidado. Es lo que hace que un día sea diferente de los otros, una hora de las otras”. Y pone el ejemplo de los días jueves en los cuales los cazadores están bailando con las chicas del pueblo y entonces, no cazan. Es un día maravilloso.

En “Ciudadela” el gran caíd trae “el sentido de la fiesta, el cual estaba olvidado”, que permite mensurar el tiempo y la ordenada inserción del hombre en el mismo. Y enrostra al moderno insensato haber malgastado el tesoro de los ritos: “todo has destruido y todo dilapidado al perder el sentido de la fiesta y al creer enriquecerte al distribuir las provisiones día por día. Porque te equivocas acerca del sentido del tiempo… Has rechazado el ayuno que era condición de la comida de fiesta. Has rehusado la amputación de la parte del trigo, que, al ser quemada para la fiesta, creaba la luz del trigo” (CXC).
Los ritos, las tradiciones, permiten al hombre encontrarse en el tiempo, que entonces le permite crecer y madurar.
Por eso, Saint Exupéry añora el Medioevo, en el cual el hombre no se pierde en el tiempo y escribe: “el retroceso religioso es un desastre que desvalija nuestro mundo espiritual; la semana de la Edad Media, con sus alegrías y su año litúrgico tenían un rostro propio” (Carnets).
En una carta de fines de 1939, encontramos el mismo recuerdo: “pueblos de la Edad Media, donde el transcurso del tiempo tenía un sentido. Donde el hombre era parte de una línea y donde los muertos estaban presentes gracias a la Iglesia… Nuestro verano no tiene nada que ver con nuestro otoño. Son estaciones yuxtapuestas. ¡Hombres desmantelados de hoy!” (Écrits de guerre, Gallimard, París, 1962, p. 65).
Pero no todos los ritos son buenos; por eso, como por el fruto se conoce el árbol, para juzgarlos, Saint-Exupéry examina al hombre forjado por ellos.
Así como los ritos protegen al hombre del abismo del tiempo que erosiona y consume, la morada, la casa, la patria, lo protegen del abismo del espacio. Así, a través de la familia, en primer lugar, el hombre recibe las orientaciones fundamentales, porque los hombres habitan y “el sentido de las cosas cambia para ellos, según el sentido de la casa” (Ciudadela III), esa casa que, “es pasta en el alba para transformarse en el atardecer en libro de recuerdos”.

Las leyes humanas forman parte del ritual y en la Argentina, como en el Israel de Cristo, padecen de dos males a la vez: inflación y anomia.
El primero, la manía de legislarlo todo conduce al segundo y a la gran hipocresía, de proclamar y multiplicar derechos que hasta a veces son torcidos, junto al desamparo del hombre común ante la delincuencia cotidiana; es el legado de Zaffaroni y sus secuaces, la impunidad de los delincuentes y el olvido de las víctimas.
Urge corregir esto y poner las cosas en su lugar: cárcel para los delincuentes, orden y seguridad para los hombres de bien.

Buenos Aires, enero 22 de 2025. Bernardino Montejano

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *