EL REINO DE DIOS

En la antigüa Fiesta de CRISTO REY

(Bernardino Montejano)

La Liturgia de las Horas de hoy, sábado V del tiempo durante el año, continúa y
concluye con la Primera carta de san Pablo a los Corintios.
En la misma, encontramos un texto, hoy objeto de discusiones y que comienza con una
pregunta: “¿No sabéis que los injustos no poseerán el reino de Dios?”, a la cual el apóstol de los gentiles responde y cita a diversas categorías de personas: “No os engañéis. Ni los
deshonestos, ni los idólatras, ni los adúlteros… ni los sodomitas, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los maleantes poseerán el reino de Dios”.

Para encarar el tema tenemos, como cristianos, que afirmar la existencia del reino de Dios, porque ello está revelado en las Sagradas Escrituras.
Lo que sucede es que es un reino muy peculiar que muy poco tiene que ver con los reinos terrenales, poderosos en tiempos de Cristo, tan devaluados hoy, llamados por Pemán: “monarquías afeminadas, disfrazadas de repúblicas como los hombres de mujeres en una orgía de carnaval”.

Este reino no es de este mundo; como responde Cristo a un curioso Poncio Pilato:
“Jesús compareció delante del gobernador y el gobernador le hizo esta pregunta: ¿Eres Tú el rey de los judíos? Jesús le respondió: Tú lo dices.” (Mateo, 27, 11).

El cuarto Evangelio nos aporta más detalles: Pilato llamó a Jesús y le preguntó: ¿eres Tú el rey de los judíos? Jesús respondió: ¿Lo dices por Ti mismo o te lo han dichos otros de Mí? Pilato repuso: ¿Acaso soy judío yo? Es tu nación y los pontífices quienes te han entregado a Mí. ¿Qué has hecho? Replicó Jesús: Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mis servidores combatirían a fin de que Yo no fuera entregado a los judíos. Mas ahora mi reino no es de aquí. Díjole pues Pilato: ¿Conque Tú eres rey? Contestó Jesús: Tú lo dices, Yo soy rey. Yo para esto nací y para esto vine al mundo, a fin de dar testimonio a la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz. Pilato le preguntó ¿qué cosa es verdad?” Juan, 18, 33/38 (Sagrada Biblia, por monseñor Juan Straubinger, La Prensa Católica, Chicago, 1958, p. 86). Pero Pilato, a quien la verdad no le interesa, sino mantenerse en su cargo y no disgustarse con el César ni tener conflictos con los judíos, no espera.
Y la respuesta es clave, porque Jesús se identifica con la verdad cuando nos dice que es Camino, Verdad y Vida y nos invita a vivir en la verdad para acceder a su reino, un reino que no es de este mundo, pero que se encuentra sobre este mundo y constituye un modelo para construir aquí otros reinos, éstos temporales, en los cuales se viva en un clima de justicia, paz y libertad.

Ahora intentaremos una breve glosa de aquellos que, según el texto paulino, no gozarán del reino de Dios.
En primer lugar, los deshonestos. Y aquí debemos admirar la sabiduría de los romanos, quienes incluyeron en el Digesto el “vivir honestamente” entre los deberes jurídicos, y reconocieron la dimensión moral del Derecho.
Es interesante señalar que el Diccionario de la Real Academia Española, define “honesto” por sus sinónimos: decente, decoroso, recatado, pudoroso, razonable, justo, probo, recto, honrado; y para el mismo, “deshonesto” será el impúdico, el grosero, el indecoroso, a
quienes podemos agregar el desvergonzado, el libidinoso, el procaz, el impuro, el descarado, el descocado.

En segundo lugar, no poseerán el reino los idólatras, o sea quienes introduzcan en el mundo un falso dios. El Catecismo de la Iglesia Católica enseña “que hay idolatría desde el momento que el hombre honra y reverencia a una criatura en lugar de Dios… Es una perversión del sentido religioso innato en el hombre” (Conferencia Episcopal Argentina, Buenos Aires, 1998, nros. 2113/2114, p. 533).

En tercer lugar, no poseerán el reino los adúlteros… ni los sodomitas.
Respecto al adulterio el citado Catecismo enseña que “esta palabra designa la infidelidad conyugal… es una injusticia… quebranta el derecho del otro cónyuge y atenta contra la institución del matrimonio” (Ed. cit., nros. 1380/1381, p. 589).

La sodomía es definida por el citado Diccionario de la RAE como “el concúbito entre varones contrario al orden natural”.
San Pablo en la carta a los Romanos precisa, amplía y aclara el asunto, cuando se refiere a la ira de Dios ante la ingratitud de los hombres, quienes “se entenebrecieron en sus razonamientos y su insensato corazón fue oscurecido…por lo cual los entregó Dios a la inmundicia en las concupiscencias de su corazón. Ellos trocaron la verdad de Dios por la mentira… Por esto los entregó Dios a pasiones vergonzosas, pues hasta sus mujeres cambiaron el uso natural por el que es contra naturaleza. E igualmente los varones, dejando el uso natural de la mujer, se abrazaron en mutua concupiscencia, cometiendo cosas ignominiosas varones con varones” (1, 21, 24/27, en Sagrada Biblia, ed. cit., págs.118/119).

En cuarto lugar, no poseerán el reino ni los ladrones ni los avaros. Juntos en ambas categorías, vinculadas con los bienes materiales porque si los ladrones por violencia o astucia, se apoderan de lo que no es suyo, los avaros, retienen lo suyo sin practicar la liberalidad (entendida como generosidad) y en algunos casos la magnificencia, ignorando que son depositarios y administradores de sus bienes terrenales.

En último lugar aparecen los borrachos, los maledicentes y los maleantes.

Dejamos a los borrachos para el final; los maledicentes los define el Diccionario de la RAE como detractores, otros como murmuradores, cuenteros y a los maleantes como personas al margen de la ley que se dedican al robo, contrabando, etc. el primero (la RAE) y otros como delincuente, vago, malevo.

Quedan los borrachos y tomamos como representante al bebedor de “El Principito”, a quien el vicio lo tiene prisionero, en una lúgubre y solitaria existencia, en la cual olvida sus deberes para consigo mismo y sus prójimos, y se evade hasta de sus recuerdos. Reconoce su vicio y en un particular círculo vicioso sostiene que bebe “para olvidar la vergüenza de beber”. Pero desconoce la sobriedad, que es parte de la templanza, cuyo cultivo le permitiría dominarse y ser señor de sí mismo. Esta crítica al bebedor no debemos extenderla al vino, muy estimado en las Sagradas
Escrituras según las cuales “fue creado para alegría de los hombres” (Eclesiástico; 31, 32).

 

Bernardino Montejano

Estancia San Joaquín, San Serapio de Azul, febrero 15 de 2025. 

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