HACIA EL PADRE [4]
POR EL HIJO

HACIA EL PADRE POR EL HIJO

[Tomado de Mons. Juan Straubinger «La Espiritualidad Bíblica»]

I

Uno, el soberano Señor, que tiene derecho a toda nuestra adoración, esa adoración que nunca le damos dignamente, por lo cual no podríamos llegar directamente a Él. Otro, el aliado nuestro, el confidente a quien confiamos las barrabasadas que hacemos contra el primero.

Al uno lo vernos como Señor y Juez inapelable. El otro es el abogado, el Salvador, ante el cual recurrimos por miedo al Juez… y a nosotros mismos.

Uno, el que siempre tiene razón contra nosotros. Otro, el que puede y quiere interponer su influencia para hacernos salir del paso y justificarnos ante el primero.

El uno es el Padre, el gran Rey. El otro es su Hijo Jesús, Príncipe influyente para protegernos y recomendarnos al Rey, y que, siendo hombre como nosotros, conoce nuestras debilidades y nos parece estar más dispuesto a disimularlas. Nuestra actitud es como si dijésemos a Jesús lo mismo que los Israelitas a Moisés: “Háblanos tú, y no nos hable Dios, no sea que muramos».

Hemos, pues, de empezar la vida espiritual por entender y vivir el misterio de la Redención y aprovechar en su infinita utilidad la mediación de Jesucristo.

II

Después viene otra “etapa”: ¡Hacia el Padre! Porque ocurre que Jesús, el aliado íntimo a quien le habremos perdido la vergüenza, nos habla al fin “abiertamente del Padre” (Juan 16, 25), y nos revela al oído el gran secreto, por el cual nos enteramos de que el Soberano Señor y Rey nos ama tan paternalmente (Juan 16, 27); que todas esas blanduras de Jesús, esas tolerancias y perdones suyos, que vencieron nuestras timideces y nos hicieron tornarlo por «cuña» ante el Rey… no eran sino características de ese mismo Rey, cuyo Nombre es no sólo Dios y padre de Jesús, sino también Padre nuestro (Juan 20, 17), “Padre de las misericordias y Dios de toda consolación” (2 Cor. 1, 3).

Descubrimos entonces que Jesús no es sino el espejo que nos refleja el amor y la misericordia del Padre, que son sus perfecciones supremas; es el espejo-Hombre, hecho para traducirnos a lo humano y hacer inteligibles las maravillas del misterio de Dios (Heb. 1, 5), que son maravillas de amor y de misericordia (Ef. 2, 4 s.). Entonces comprendernos que el Padre está en Jesús (o mejor dicho: es en Jesús) y Jesús en el Padre (Juan 14, 10 s.), y que, siendo dos Personas, son un solo y mismo Dios en la Unidad amorosa del Espíritu Santo, que es la Persona del Amor que los une (Juan 17, 21).

Entonces caemos en la cuenta de que toda la vida humana de Jesús no fue sino un acto prodigioso y sublime de amor hacia su Padre; y que lo único que Jesús quiere es llevarnos a ese amor (Juan 14, 31). Entonces apreciamos, en cuanto nos es posible, con las luces del Espíritu Santo, o sea con el mismo Espíritu de Jesús (Gál. 4, 6), la suprema revelación que El nos hace: que el Padre nos ama la mismo que Jesús (Juan 19, 25), y que ese amor del Padre por nosotros es tal, y tan sin medida, que fue El mismo quien nos mandó a ese Hijo-Hombre para que nos sirviera de aliado, de mediador, de escala para llegar al Padre (Juan 5, 16). Y si consideramos que este Padre nos reveló que en ese Hijo tiene puesto todo su Corazón (Mat. 17, 5), entenderemos algo mejor que la inmensidad, la generosidad de este Don, es decir, de esta prueba de amor del Padre, en la cual se contiene todo el misterio infinito de la infinita caridad di-vina: “Mirad qué amor nos ha tenido el Padre, que quiso fuésemos sus hijos… Y nos ha dado al Hijo para que fuese nuestra vida” (I Juan 3, 1; IV, 9), es decir, el mediador, el perdonador, el pagador… ¡porque esa vida que El nos da llevándonos al Padre le costó a Él la vida! (Rom. 5, 10).

¿Y cómo fue Jesús capaz de dar la vida por nosotros? Simplemente por imitar al Padre que fue capaz de darnos ese Hijo que era toda su vida. Jesús hizo exactamente lo que su Padre le dijo (Juan 4, 34; VI, 38; 8, 29; 9, 4; 12, 49; 17, 4), o sea lo que el Padre habría hecho en su lugar: de tal palo, tal astilla, diríamos en lenguaje humano, con el agregado de que la divina Persona del Verbo no era sólo una astilla, pues recibe del Padre toda la plenitud de la Divinidad (Juan 3, 34; 5, 18 y 26; 6, 58).

Entonces, pues, sin que dejáramos de contar siempre con la mediación de Jesús, empezamos a vivir la vida de unión con el Padre, por Jesús, en Jesús y con Jesús. La vida de ofrenda, en que constantemente presentamos al Padre los méritos y los encantos de ese Hijo que El nos dio, pues sabemos ya para siempre que no hay, ni puede haber obsequio que le dé tanta gloria como éste: una Gloria infinita.

III

Apenas necesitamos agregar que, amando así al Padre, nuestra vida se hará semejante a la de Jesús, pues que todas las virtudes de El procedían de su amor al Padre. Por El amó a los hombres y especialmente a los pecadores: porque sabía que el Padre los amaba (Juan 10, 17).

Por eso nos dice San Pablo que Cristo es el autor y consumador de nuestra fe (Hebr. 12, 2), porque Él es quien nos lleva al Padre (Juan 14, 6). De ahí que si miramos solamente a Cristo como Dios y como único fin, suprimiendo al Padre, olvidamos el Misterio de la Trinidad, como si hubiera una sola Persona divina y como si Cristo hubiera venido en su propio Nombre, cuando El no se cansó de repetir lo contrario (Juan 5, 30, 36, 43; 7, 29; 8, 28). Y olvidamos también el misterio de la Redención atribuyendo a Cristo el papel del Padre y suprimiendo su Humanidad santísima, su Mediación y los méritos de su Oblación ante el Padre en favor nuestro.

Incurriríamos así en el mismo error de los quietistas, que predicaban la pura contemplación del Padre con prescindencia del Verbo encarnado, que es quien nos ganó el Espíritu Santificador, y sin el cual no podemos llegar al Padre

La perfecta Gloria de Dios en sus Tres divinas Personas consiste especialmente en atribuir a cada una de Ellas el papel que tienen y que nos ha sido revelado, en forma de plegaria, por S. Pablo: “La gracia del Señor Jesucristo, la caridad de Dios y la comunicación del Espíritu Santo” sean con todos vosotros. Amén» (l Cor. 13, 13).

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3 comentarios en «HACIA EL PADRE [4]
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  1. También en la vida de los santos, comprobamos que la meta de nuestra vida cristiana, aquí en la tierra, es llegar a la comunión, convivencia con Dios Trinidad, «la Santa más olvidada del cielo». (decía un sacerdote en una homilía):
    Puedo decir algo de Santa Teresa de Jesús: la experiencia trinitaria se fue dando como resultado de un largo proceso: «Así andaba yo: de vanidad en vanidad; de pasatiempo en pasatiempo» hasta que venció del todo la gracia y comenzó el crecimiento. Llegó a la experiencia de la inhabitación de la Trinidad en su alma.
    En mi humilde vida personal, confieso la gracia grande que recibí en el retiro mensual del 09/21: Esa descripción del niñito que hace Straubinger ha sido muy elocuente para mí y porque «el Señor escucha a quien lo invoca» está siendo la medicina contra mi magno orgullo y soberbia: entendí que ante cada caída, mirar a Jesús y decirle: «Señor, me manché, me limpiarías, por favor? Gracias» ! y sigue la paz. Porque el amor misericordioso de Jesús se cumple en eso, en perdonarnos, es aceptar que soy pecadora. Sentí que eso es vivir en carne propia la parábola del hijo pródigo Luc. 15,14 ss.: cuando se supo necesitado como el bebé, recordó a su padre, la necesidad de volver y el padre lo recibe con alegría, lo viste, lo alimenta, festeja. Qué alegría, me pides que te limpie!! El perdón. No dudo que todo eso, discernir, ver, comprender, desear, dar el paso hacia Jesús, es obra del Espíritu Santo. ¿Para qué? para la gloria del Padre piadoso, tierno, amoroso… Es ir viviendo lo que nos dice Ez. 16, 1- 18, subrayo el 8. El amor esponsal.

  2. Ese ícono desajustado que nos hacemos del Padre y del Hijo, como lo describe el párrafo primero, se va corrigiendo a medida que en nuestra vida de fe nos acercamos más profundamente a Cristo, aceptando su llamado y permitiendo la obra del E. Santo en nosotros y así vamos creciendo, ( en mi caso, lentamente, como la semilla en el campo).
    Recordemos que Jesús nos ha dicho: «nadie va al Padre sino por mí» y «nadie viene a mí si el Padre no lo atrae». No podemos olvidamos que estamos ante el Misterio, que nos movemos en el Misterio (por gracia de Dios) y que Jesús vino en su humanidad para hacernos visible el rostro del Padre, por eso le dijo a Felipe: «Quien ve a Mí, ve al Padre» Jn.14,9 » yo estoy en el Padre y el Padre está conmigo» Jn. 14, 10.11. Se conocen, se unen en la relación de amor y se unen por el amor en la divinidad. «Dios es caridad» 1 Jn. 4,8.
    El Padre y el Hijo tienen paciencia infinita: poco a poco, leyendo y leyendo, rezando, confiando, a lo largo del tiempo, con la ayuda de los libros: Las Bienaventuranzas; Sermón de la montaña; Elevaciones al Padre Nuestro y Vivir de cara al Padre, -con el presupuesto del libro de la acedia «En mi sed me dieron vinagre» y la ayuda personal incondicional del Padre Bojorge, voy descubriendo y viviendo el gozo inmenso del encuentro con el Padre Dios (tan lejano , al principio), desde Jesús por supuesto, el Esposo, con la ayuda del Espíritu Santo, en la intercesión de María, la Madre, medianera de todas las gracias.
    Siempre digo lo mismo: Gracias P. Bojorge por darnos siempre lo mejor.

  3. Cuánto me cautivan y quedan en mi memoria y afectos esos íconos de la Sma. Trinidad de la salida 1 y 4. Son sacramentales, porque siento que me confieren gracias. Me acompañan durante el día y a la noche.
    A la descripción agregaría: el uno, lejano y que infunde respeto; el otro, cercano, de nuestra confianza, por ser uno de nosotros. Impresionante, «al que le hemos perdido la vergüenza»…
    «Hemos, pues, de empezar la vida espiritual por entender y vivir el misterio de la Redención y aprovechar en su infinita utilidad la mediación de Jesucristo».
    La gran lucha de Santa Teresa de Ävila con los teólogos de su tiempo, defendiendo con toda hidalguía la necesidad imprescindible de la Sagrada Humanidad de Jesucristo, en el itinerario de la vida espiritual del cristiano. Lo dejó impreso en su Autobiografía o Libro de la Vida cap. 22.
    El Hijo, que vivió para agradar al Padre, mostrándonos con el ejemplo el camino de la filialidad, El Padre es el que nos hace hijitos en el Hijo al entregarlo a la muerte de cruz por nosotros, pecadores. «Mirad cuánto valemos, el precio de la sangre de nuestro Señor Jesucristo. (S. Pedro)
    «Poned los ojos en el crucificado y todo se os hará poco» ( S. T. de Jesús ). Cuánto consuelo y gratitud! Y la correspondencia.

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