HIJOS DE DIOS EN EL DESIERTO (Hoy) [2 de 11]

LAS TENTACIONES DE CRISTO EN EL COMBATE CRISTIANO R.P. MIGUEL ÁNGEL COMANDI Pbro.

Capítulo Primero

EL HORIZONTE DESOLADO DEL MUNDO
Guió a su pueblo en el desierto,
porque es eterno su amor. 
(Sal 136,16)

Cuando la liturgia del primer domingo de cuaresma extiende cada año ante la mirada cristiana el horizonte del desierto, la dirige hacia los fundamentos mismos de su existencia. El cristiano es incomprensible sin el desierto. En primer lugar, por lo que el desierto significa en la Revelación bíblica. Porque no es simplemente un espacio, un lugar físico, una extensión geográfica de singular topografía. Porque siendo así ese ámbito característico, se constituye como un signo, de primer nivel, de significación crucial e ineludible para el creyente. Y ello, sobre todo, porque Cristo, luego de sumergirse en las aguas del Jordán, realizando aquel signo tan misterioso y tan salvífico y antes de iniciar su ministerio público, se dirige allí, al desierto. Es “arrojado” [ekballei] (Mc 1,12) a ese ámbito enigmático, según el fuerte verbo de San Marcos. Y es el Espíritu Santo quien allí lo arroja, quien lo conduce por las soledades inmensas, signo de este mundo perdido y alejado de Dios; mundo condenado irremisiblemente si no fuera por la fuerza infinita de la misericordia divina.

No podemos contemplar la Pascua –ya la celebrada en el tiempo, ya la definitiva y eterna– sin ver antes el horizonte desolador del desierto en el que el Hijo de Dios también se sumerge hasta lo más profundo. Porque el desierto que recorre Jesucristo es el mismo que recorremos nosotros. Pero no solemos advertirlo. Y es de máxima necesidad hacerlo. La vida cristiana, como trataremos de evidenciarlo en estas páginas, transcurre en el desierto. Constantemente. Necesariamente. Y es un camino ordenado hacia la Pascua. No sólo porque la liturgia así lo propone, sino que lo propone porque así es nuestra existencia como hijos de Dios. Jesucristo atraviesa por el signo bautismal de Juan y, de inmediato, va al desierto. Luego regresa. Pero el mundo es un desierto. Sólo el Cielo es Patria. Lo demás, es camino hacia la Patria. Y lo que no es Patria, es desolación. Pero desolación templada, atemperada por la Presencia del Hijo de Dios, que la recorrió antes que nosotros y con nosotros que somos su Cuerpo. Templada también, como no decirlo, por la patria temporal, signo de la eterna que, en palabras de Bernárdez, “Dios fundó sobre la Tierra para que hubiera menos llanto y menos luto”.[1] La tierra de nuestros padres, que debe evocar para nosotros la Casa de nuestro Padre celestial. Y no es casual que paternidad y patria, tanto en su concepto como en su realidad, sean objeto de agresión, de destrato, de indiferencia y de minusvaloración o incluso desprecio, por el mundo que opera bajo los oscuros designios del Tentador. Porque corrompido el signo, no se alcanza el significado; arruinando la figura, se desdibuja el sentido de la realidad plena.

Contemplando el panorama seco y estéril, que evoca con fuerza inaudita los poderes del Pecado y de la Muerte, nuestra mirada se dirige más arriba, más lejos. La Jerusalén celestial es el fin, el objetivo del viaje, la meta suprema a la que Dios nos invita. Jamás debemos olvidarlo, aunque con frecuencia sucumbimos a ese olvido, seducidos por las cosas de la Tierra que no es Patria, sino desierto.

Los antiguos cánticos de Israel veían esto con claridad meridiana, especialmente en medio del destierro, anhelando la Patria perdida, cerradas las gargantas y los labios por angustias demasiado hondas para entonar notas de alegría en un mundo hostil.

“¿Cómo podríamos cantar un canto del Señor en una tierra extraña?
¡Jerusalén, si yo de ti me olvido, que se seque mi diestra!
¡Mi lengua se me pegue al paladar si de ti no me acuerdo,
si no alzo a Jerusalén al colmo de mi gozo!” (Sal 136,4-6)

El cristiano no se dirige simplemente hacia la Patria celestial. Su camino es un camino de retorno. Regresa a la Casa del Padre, de la que jamás debió partir, al dilapidar la herencia como hijo pródigo, y experimentar el despojo consecuente al pecado haciendo que el desierto más terrible sea su propio corazón, vacío y, tantas veces, convertido en piedra, como las rocas que pueblan la desolación. Y por eso no debe olvidarse de Jerusalén.

Olvidar o recordar, en la Escritura, es algo de enorme importancia, de máximo relieve en relación con Dios. Se nos muestra el desierto, es verdad, y por él caminamos, pero por él regresamos al origen. Olvidarlo, olvidar que el fin del camino es la Casa del Padre, impediría el retorno. El profeta Ezequiel, en uno de los capítulos más hermosos, más dramáticos, audaces y elocuentes de la Escritura (Ez 16) narra simbólicamente la historia de Israel, que es también la nuestra, la de la humanidad. Y hace allí mención, de manera incisiva, al ingrato olvido de Israel, que deja de lado su origen en la misericordia de Dios que lo salva, que lo hace vivir, que se une por el Amor. No podemos transcribir más que algunos versículos, que muestran la conmovedora alternativa entre el amor y la ingratitud, entre el acordarse de Dios y el olvido de Israel, hasta que Israel también se acuerde de quien le ha dado el ser:

“Cuando naciste, el día en que viniste al mundo, no se te cortó el cordón, no se te lavó con agua para limpiarte, no se te frotó con sal, ni se te envolvió en pañales. Ningún ojo se apiadó de ti para brindarte alguno de estos menesteres, por compasión a ti. Quedaste expuesta en pleno campo, porque dabas repugnancia, el día en que viniste al mundo. Yo pasé junto a ti y te vi agitándote en tu sangre. Y te dije, cuando estabas en tu sangre: «Vive», y te hice crecer como la hierba de los campos […] Entonces pasé yo junto a ti y te vi. Era tu tiempo, el tiempo de los amores. Extendí sobre ti el borde de mi manto y cubrí tu desnudez; me comprometí con juramento, hice Alianza contigo –oráculo de El Señor Dios– y tú fuiste mía […] (Ez 16,4-8)

Pero Israel usa los dones de Dios para ofenderlo; se pervierte al extremo, se olvida del Señor y del amor con que la ama. Dios le recuerda toda la extensión de su pecado, pero, sobre todo, le recrimina haberlo olvidado:

“Y en medio de todas tus abominaciones y tus prostituciones no te acordaste de los días de tu juventud, cuando estabas desnuda por completo, agitándote en tu sangre. […] Porque no te has acordado de los días de tu juventud […] (Ez 16,22.43)

No obstante, al fin, el amor de Dios triunfa. Perdona a su Pueblo, restablece con él su alianza, pero no como la antigua, sino otra, la Alianza Nueva y Eterna que será sellada en la Sangre del Cordero:

«Pero yo me acordaré de mi Alianza contigo en los días de tu juventud, y estableceré en tu favor una Alianza Eterna. Y tú te acordarás de tu conducta y te avergonzarás de ella” (Ez 16,60-61)

El cristiano no ingresa en el desierto del mundo ni desorientado ni perdido ni por casualidad ni por azar. Tampoco Cristo fue al desierto de esa manera, sino bajo la conducción del Espíritu, guiado por Él, en perfecta obediencia al Padre. Y así sucede con nosotros, con los hijos de Dios:

“En efecto, todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios.” (Rom 8,14).

El cristiano tiene siempre la mirada fija en la Jerusalén celestial y todo lo que contempla debe recordarle su condición de peregrino y extranjero. Sólo el pensamiento y el amor a la Patria es capaz de fortalecernos en el fatigoso andar por estos desolados parajes, evitando el desánimo y la falsa ilusión, el fatídico espejismo de confundir camino y meta. En el horizonte del desierto se va dibujando progresivamente la Cruz del Señor y, más allá, pero sólo a través de ella, la Resurrección.

Y porque podemos olvidarnos de esto, el inicio de la Cuaresma nos lo recuerda: “eres polvo y al polvo retornarás”. Hay una insistencia en “recordar” nuestra condición, en no olvidar lo que somos, de dónde hemos salido y hacia donde nos dirigimos. En cierta manera el polvo del Miércoles de Ceniza se confunde con la sequedad del desierto en el primer Domingo de este tiempo crucial. La liturgia nos muestra la realidad de la vida, del tránsito por el mundo. El Padre Leonardo Castellani, en una conocida reflexión cuaresmal, afirmaba:

“Polvo tenemos en los ojos, polvo de la tierra nos tiene ciegos. Polvo son las riquezas, polvo son los honores, polvo son los placeres; polvo enceguecedor que nos impide ver. Mas la Iglesia, Madre nuestra ansiosa por sanarnos, Esposa de Cristo poderosa para sanarnos, nos echa este día un puñado de polvo a la cara, y a imitación de su Divino Maestro dice a los pobres ciegos: “Con lo mismo que te enfermó, yo te sano.  Pero no con lo mismo: porque el polvo solo, el polvo de la tierra, no sirve para sanar, sino para enfermar más, si no se le mezcla la saliva de un Dios, es decir, la palabra de Dios”.  Y la Iglesia mezcla a este polvo de la tierra una palabra de Dios, una palabra tomada del Libro del Génesis, una palabra sencilla, verdadera y cáustica. “¡Hombre, acuérdate que polvo eres y que al polvo volverás!” (Gn 3,19)”.[2]

Las cosas que nos circundan pueden seducirnos, pueden desdibujar la condición desértica del peregrinaje. Puede ser fácil confundir así el destino y poner el corazón en lo que nos rodea, abandonando la dirección hacia el Cielo. La contemplación del desierto nos habla de la realidad, oculta frecuentemente bajo apariencias que pretenden ocupar un sitio que no les corresponde. Y nada más fatal que confundir realidad y apariencia, tomando una por la otra. No es otra la tentación de idolatría a la que Israel sucumbió tantas veces. Seducido por lo que parecía divino, siendo vanidad, dejó de lado al Dios invisible, al Único Verdadero, a la Verdad misma, a la Realidad Plena. Y así, olvidando que era peregrino por un desierto, amó las apariencias y despreció la realidad. Porque no se trata simplemente de saberse en el desierto, sino de estar y caminar por él como peregrino, es decir, en busca de la Patria. La Tierra que manaba leche y miel (Ex 3,8) era, sobre todo, un signo, pero no el descanso definitivo:

“Porque si Josué les hubiera proporcionado el descanso, no habría hablado Dios más tarde, de otro Día. Por tanto, es claro que queda un descanso sabático para el pueblo de Dios.” (Heb 4,8-9)

No hay auténtico descanso en el desierto. Es tierra de paso. Y si el cristiano no comprende que su camino por este mundo es transitorio, corre el peligro de buscar el Cielo en la Tierra:

“Si solamente para esta vida tenemos puesta nuestra esperanza en Cristo, ¡somos los más dignos de compasión de todos los hombres!” (1 Cor 15,19)

El Apóstol advierte con énfasis acerca de estos peligros que nos asedian, a nosotros, “ciudadanos del Cielo”, todavía peregrinos por el mundo, pero diferentes a quienes tienen la mirada puesta sólo en las cosas de aquí:

“no piensan más que en las cosas de la tierra. Pero nosotros somos ciudadanos del Cielo, de donde esperamos como Salvador al Señor Jesucristo, el cual transfigurará este miserable cuerpo nuestro en un cuerpo glorioso como el suyo, en virtud del poder que tiene de someter a sí todas las cosas.” (Flp 3,19-21).

Es el Misterio Pascual el acontecimiento que nos sitúa en un ámbito particular, teologal, místico. Muertos y ocultos en Cristo, vivos para Dios, con la mirada del alma puesta en la Patria, en la Jerusalén celestial. Y así el peregrinaje debe ser coherente con nuestro “ser cristiano”.

“Así pues, si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Aspirad a las cosas de arriba, no a las de la tierra. Porque habéis muerto, y vuestra vida está oculta con Cristo en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida vuestra, entonces también vosotros apareceréis gloriosos con él.” (Col 3,1-4)

Insondable misterio que llevamos en nuestros pobres corazones. Porque misterio insondable es la vida cristiana, estando en el mundo, pero no siendo del mundo, hostilizados por el Enemigo, pero victoriosos en Cristo.

“No te pido que los retires del mundo, sino que los guardes del Maligno. Ellos no son del mundo, como Yo no soy del mundo.” (Jn 17,15-16)

Estar en el mundo sin ser del mundo es el gran desafío. Es el modo en que Cristo vivió entre nosotros. No ser del mundo es no vivir para el mundo, pero antes que eso, es haber sido engendrados por Dios, es haber recibido el ser sus hijos. No pertenecemos al mundo; nuestras raíces no están aquí. Por eso el cristiano no se aferra a las cosas y ve con claridad que atraviesa un desierto. No se echa raíces en un desierto, no se espera mucho de él. Es un ámbito muy significativo porque allí queda tan claro que la vida y la fuerza proviene de Dios y no de la tierra. Ámbito donde es máximamente necesaria la confianza en Dios, la esperanza en su auxilio, la fe en su Presencia. Y, sobre todo, el Amor. Porque el desierto es un ámbito, enigmático pero real, para el Amor.

La intensidad del desierto, real y significativa, no puede ser ignorada. Podríamos decir que es un ámbito esencial. Allí, los apoyos humanos decaen, lo superficial se desdibuja, lo fundamental se ve más claro. Lugar de encuentro con Dios y de lucha contra el Enemigo. Ámbito de prueba, de tentación, de combate, donde nada distrae la mirada y donde las cosas adquieren sus correctas proporciones. La percepción se agudiza y se concentra, mientras la desolación rodea al creyente, situado ante el poder de Dios y frente a las oscuras fuerzas del mal. Ámbito necesario e inevitable, porque lo que allí sucede continúa vigente en todos los demás, donde el combate esencial puede no aparecer con tanta claridad.

[1] F. L. Bernárdez, Poemas elementales, La Patria.

[2] L. Castellani, Cristo, ¿vuelve o no vuelve?, p. 142.

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