HIJOS DE DIOS EN EL DESIERTO (Hoy) [3 de 11]

LAS TENTACIONES DE CRISTO EN EL COMBATE CRISTIANO R.P. MIGUEL ÁNGEL COMANDI Pbro.

Capítulo segundo

ISRAEL EN EL DESIERTO
«Y Él cambia el desierto en un estanque, y la árida tierra en manantial»(Sal 107,35)

Israel sabe que el desierto es enorme y temible (Dt 1,19). Lo identifica frecuentemente con un lugar mortal, hasta el punto de que prefiere quedarse en Egipto. El Israel pecador no deja de mirar hacia atrás, hacia la Tierra de Esclavitud. Se resiste a experimentar la libertad de los hijos, prefiriendo la sujeción de los esclavos. Mira la muerte que lo aguarda en el desierto, pero no ve la Vida que Dios, en ese lugar de desolación, le concede. Mira hacia atrás, como siglos antes había mirado hacia atrás la mujer de Lot, arraigado su corazón en la Ciudad del Pecado. El corazón del Israel pecador es más duro y más estéril que aquella proverbial columna de sal en la que se convirtiera la siniestra mujer. Porque la verdadera esclavitud es esa, la del corazón, aún cuando el cuerpo no esté aprisionado ni por hierros ni por cadenas. Aunque el mundo le pertenezca y goce de una aparente libertad y dominio, lejos de Dios, es esclavo, prisionero de las Tinieblas. Por ese motivo caduca aquella “generación del desierto”, porque ya estaba muerta antes de partir, porque constantemente se resiste a recibir la Vida.
Lo acontecido en el desierto evidencia lo que en Egipto se ocultaba: “¿Acaso no había sepulturas en Egipto para que nos hayas traído a morir en el desierto?” (Ex 14,11) le dicen a Moisés. Israel no quiso reconocer que Dios lo conducía como se lleva a un hijo amado:
“en el desierto, donde has visto que El Señor tu Dios te llevaba como un hombre lleva a su hijo, a todo lo largo del camino que habéis recorrido hasta llegar a este lugar.” (Dt 1,31).
Es verdad que el desierto es grande y terrible, que es un lugar de muerte, pero es allí donde Dios otorga una vida nueva:
“El Señor tu Dios que te sacó del país de Egipto, de la casa de servidumbre; que te ha conducido a través de ese desierto grande y terrible entre serpientes abrasadoras y escorpiones: que, en un lugar de sed, sin agua, hizo brotar para ti agua de la roca más dura; que te alimentó en el desierto con el maná, que no habían conocido tus padres, a fin de humillarte y ponerte a prueba para después hacerte feliz.” (Dt 8,14-16).
Esto es lo que Israel no debe olvidar, y es precisamente lo que olvida. Hay algo desconocido, una vida que Israel no tenía en Egipto, una vida que Israel rechaza, que no acepta, que le parece despreciable:
“Y habló el pueblo contra Dios y contra Moisés: ¿Por qué nos habéis subido de Egipto para morir en el desierto? Pues no tenemos ni pan ni agua, y estamos cansados de ese alimento miserable.” (Num 21,5).
El desierto es para Israel el ámbito de la prueba, de la “tentación” en el sentido bíblico de esa palabra, más denso y más amplio que el habitual entre nosotros. Dios lleva a su Pueblo hasta el límite, lo somete a durísimas pruebas, le hace ver que sin Él nada puede. No es un mero castigo, aunque también lo castiga por su infidelidad. Es la realidad que Jesús llevará a su punto culminante en la Plenitud del tiempo:
“Separados de Mí, no podéis hacer nada” (Jn 15,5).
Separado de Dios, Israel nada puede, nada es. No tiene existencia, se diluye, se disuelve, desaparece, muere. Pero el Pueblo de Dios no solamente depende de la bondad divina en su ser más radical, sino que debe advertirlo, debe darse cuenta, necesita saber que depende de Dios. Como nosotros también. El cristiano lleva ese principio a su expresión más crucial. Porque el único que lleva todo al límite más absoluto es Cristo. Nos salva llegando al límite, al Amor extremo, total, perfecto. Y así, quien es la Vida se entrega a la Muerte, para dar Vida a quienes estábamos muertos, a la humanidad condenada y envuelta en las peores tinieblas, en las oscuridades máximas. Quienes, en la persona de Adán y de Eva quisimos transgredir el límite en el Jardín de Edén, pretendiendo ser como dioses, somos salvados por el Hijo de Dios, infinito en perfección, ilimitado, que asume el límite de nuestra humanidad y de la muerte para darnos vida.
El desierto pone en evidencia toda la oscuridad de Israel ante la luz de Dios. Admirable al mismo tiempo que aguda convergencia. Esa es la historia de la salvación: la historia del pecado de los hombres y de la misericordia de Dios. La historia de un peregrinaje dramático y glorioso, oscuro y lleno de luz, insondable paradoja y misterio digno de la más profunda y atenta admiración.
Pero se cierne sobre el Israel pecador, sobre esa “generación perversa y tortuosa” (Dt 32,5) una tremenda amenaza, que va a cumplirse inexorablemente. El despreciar a Dios conduce a la muerte y así, Israel se convierte en un signo, parecido al de la mujer de Lot, pero más elocuente todavía. No ya un hombre o una mujer, sino todo un pueblo, el Pueblo de Dios –dolorosa y punzante paradoja– va a quedar tendido en el desierto, como testimonio de incredulidad.
“Por haber murmurado contra mí, en este desierto caerán vuestros cadáveres, los de todos los que fuisteis revistados y contados, de veinte años para arriba. Os juro que no entraréis en la tierra en la que, mano en alto, juré estableceros. Sólo a Caleb, hijo de Yefunné y a Josué, hijo de Nun, y a vuestros pequeñuelos, de los que dijisteis que caerían en cautiverio, los introduciré, y conocerán la tierra que vosotros habéis despreciado. Vuestros cadáveres caerán en este desierto, y vuestros hijos serán nómadas cuarenta años en el desierto, cargando con vuestra infidelidad, hasta que no falte uno solo de vuestros cadáveres en el desierto. Según el número de los días que empleasteis en explorar el país, cuarenta días, cargaréis cuarenta años con vuestros pecados, un año por cada día. Así sabréis lo que es apartarse de mí.” (Num 14,29-34)
Y así llega a su triste cumplimiento lo que Dios había anunciado:
“Se encendió la ira de El Señor contra Israel y los hizo andar errantes por el desierto durante cuarenta años, hasta que se acabó toda aquella generación que había obrado mal a los ojos de El Señor.” (Num 32,13)
Un año de desierto por cada día de exploración en la Tierra de la Promesa, por cada día despreciado por Israel. Justo escarmiento y contundente signo. El Salmo 106, magnífico trazado sobre la historia de la salvación, reprocha a Israel su olvido culpable y su valoración tan negativa de los bienes que Dios le ofrecía. Basta enumerar algunos versículos para comprender lo que había sucedido y lo que tantas veces vuelve a suceder:
“nuestros padres, en Egipto, no comprendieron tus prodigios. No se acordaron de tu inmenso amor, se rebelaron contra el Altísimo junto al mar de Suf.” (v. 7); “Mas pronto se olvidaron de sus obras, no tuvieron en cuenta su consejo;” (v. 13); “Olvidaban a Dios que los salvaba, al autor de cosas grandes en Egipto,” (v. 21); “Una tierra de delicias desdeñaron, en su palabra no tuvieron fe;” (v. 24).
El incisivo “olvidar”, el permanente e intenso “no acordarse” que resuena en el Salmo, muestra la gran impiedad de Israel, su voluntad aferrada en separarse de Dios. Pero finalmente queda subrayada la misericordia divina, tema que abre y cierra el Salmo, porque mientras Israel se olvida, Dios se acuerda de su Alianza:
“Se acordó, en favor de ellos, de su Alianza, se enterneció según su inmenso amor;” (v. 45).
Israel queda tendido en el desierto. Los huesos dispersos se secan bajo el ardiente sol, la Muerte extiende su manto fatídico e irreversible. Pero el triunfo definitivo es de Dios, y no de la Muerte. Aunque en otro contexto, es plenamente válida aquella estremecedora visión de Ezequiel, cuando contemplando la muerte del Pueblo de Dios, el Señor le pregunta incisivamente:
“Hijo de hombre, ¿podrán vivir estos huesos? Yo dije: Señor Dios, Tú lo sabes.” (Ez 37,3).
Y así, por la palabra profética, aquellos huesos revivirán:
“Yo profeticé como se me había ordenado, y el espíritu entró en ellos; revivieron y se incorporaron sobre sus pies: era un enorme, inmenso ejército.” (Ez 37,10).
La muerte se convierte en vida y la caducidad irremediable, bajo la fuerza infinita del Espíritu, abandona su presa. El Espíritu triunfa, la Palabra resulta victoriosa, el desierto cobra vitalidad insospechada, como lo señala exultante Isaías:
“Al fin será derramado desde arriba sobre nosotros espíritu. Se hará la estepa un vergel, y el vergel será considerado como selva.” (Is 32,15); “Que el desierto y el sequedal se alegren, regocíjese la estepa y florezca como flor […] Pues serán alumbradas en el desierto aguas, y torrentes en la estepa, se trocará la tierra abrasada en estanque, y el país árido en manantial de aguas. En la guarida donde moran los chacales verdeará la caña y el papiro.” (Is 35,1.6-7).
Pero tales palabras sólo se harán realidad siglos después, con la Encarnación del Verbo, al asumir nuestra pobre naturaleza y pisar con sus pies de carne el polvo reseco de nuestro desierto.
No hay casualidad en que Israel estuviera cuarenta años en el desierto y Jesucristo cuarenta días. Es la misma cuaresma. Pero la diferencia es abismal. A la constante infidelidad del Pueblo de Dios, se sucede la obediencia total del Hijo al Padre que lo ha enviado. Él es la Palabra que hace revivir lo que estaba muerto, quien, conducido por el Espíritu, vuelve fecundo con sus pasos lo que había sido condenado por las oscuras fuerzas de la Muerte. Israel ve clausurado el ingreso a la Tierra de la Promesa. Este es un signo potente y misterioso. La gran cuaresma antigua parece absorber al Pueblo de Dios, que no alcanza la meta de sus peregrinaciones. La Tierra Santa se muestra humanamente inaccesible y evoca, en cierta forma, la inaccesibilidad del jardín de Edén, luego del pecado. El camino por el desierto parece ser un peso demasiado grande para sobrellevar. Y las fuerzas decaen y la debilidad deja huellas muy hondas en el corazón de Israel. El Pueblo de Dios se hunde en el desierto, no logra avanzar, sucumbe ante los poderes de la Oscuridad, se niega a recibir la Vida. Ha sido liberado de la esclavitud en Egipto, pero, para muchos, las cadenas que siguen esclavizándolos no se ven porque están en lo más hondo del corazón.
Porque no es posible atravesar la cuaresma sin Cristo. Porque las fuerzas que impiden el acceso a la Tierra Santa son demasiado poderosas para un pueblo pecador. El camino hacia la Tierra de la Promesa no está clausurado por geografías, por ríos o mares, por desiertos o montañas. No está cerrado por pueblos aguerridos y numerosos. Todo eso es verdad, sin lugar a duda. Pero el camino está cerrado, fundamentalmente, por el Pecado, y sólo Cristo lo vence. Todos aquellos obstáculos no son sino pálidos reflejos del gran Obstáculo, del verdadero Impedimento. Y por eso, el caminar de Cristo esos cuarenta días, en perfecta fidelidad al Padre, es la puerta de la única vía de salvación. Sólo Él, realmente, concluye el camino iniciado en la primera de las Pascuas. Porque Moisés escribió de Cristo (Jn 5,46), porque hacia Él dirigió la esperanza definitiva. Y sólo desde este ángulo puede comprenderse cómo, en Cristo, y sólo en Él, Moisés y el Pueblo de Dios, el verdadero Pueblo de Dios, alcanza la Tierra de la Promesa, como todos los justos del Antiguo Testamento:
“Y todos ellos, aunque alabados por su fe, no consiguieron el objeto de las promesas. Dios tenía ya dispuesto algo mejor para nosotros, de modo que no llegaran ellos sin nosotros a la perfección.” (Heb 11,39-40)
Notable afirmación de la Carta a los Hebreos. Los justos antiguos entraron, ciertamente, a la herencia que Dios les tenía reservada, pero “no sin nosotros” es decir, no al margen del Nuevo Testamento, no por un camino diverso al de Cristo, porque Él es el Camino. Y es sintomático que, luego de la sentencia divina por la que Israel tendría que aguardar cuarenta años en el desierto, se haga un intento de ingreso, en contra de la voluntad divina. Intento que termina en el más atroz de los fracasos (Nm 14,40-45).
Otro rasgo singular y muy significativo es que Moisés no ingresa en la Tierra Santa. Parece sucumbir, también él, al impedimento que detiene a los israelitas que habían caído en el desierto. De hecho, el gran líder del Pueblo de Dios, el gran enviado y salvador, no entrará. Sólo podrá contemplar la Tierra de la Promesa, desde lejos, desde lo alto de la montaña. No hay palabra alguna de Moisés en el último capítulo del Deuteronomio, conclusión del Pentateuco, donde se narran sus últimos momentos. Sólo la acción divina que le muestra, que le hace ver la extensión de la promesa:
“Moisés subió de las Estepas de Moab al monte Nebo, cumbre del Pisgá, frente a Jericó, y Yahveh le mostró la tierra entera: Galaad hasta Dan, todo Neftalí, la tierra de Efraím y de Manasés, toda la tierra de Judá, hasta el mar Occidental, el Négueb, la vega del valle de Jericó, ciudad de las palmeras, hasta Soar. Y Yahveh le dijo: Esta es la tierra que bajo juramento prometí a Abraham, Isaac y Jacob, diciendo: A tu descendencia se la daré. Te dejo verla con tus ojos, pero no pasarás a ella. Allí murió Moisés, servidor de Yahveh, en el país de Moab, como había dispuesto Yahveh. Le enterró en el Valle, en el País de Moab, frente a Bet Peor. Nadie hasta hoy ha conocido su tumba.” (Dt 34,1-6)
Tal vez, esa mirada indescriptible de Moisés sobre el objeto de las Promesas, sea una contemplación mística y a la lejanía de los siglos, del cumplimiento total en Cristo. No se trata simplemente de contemplar la geografía, el territorio, sino el don de Dios. Es magistral que el narrador de este pasaje no diga una sola palabra sobre los sentimientos o pensamientos de Moisés. Su silencio es más elocuente y más perfecto. El que hablaba con Dios “cara a cara, como habla un hombre con su amigo” (Ex 33,11) ahora, en el momento más trascendental de su vida, guarda el más absoluto silencio.
Lo importante es su mirada, porque mirar es, en cierta manera, poseer, aceptar, recibir. Moisés no pasa físicamente a la Tierra Prometida, pero la posee en la fe. Y, hasta podríamos notar que no se trata solo de su mirada, sino de que es Dios quien lo hace mirar, es Él quien le muestra la Tierra, como en otro tiempo le había hecho levantar la vista a Abraham:
“Dijo El Señor a Abram, después que Lot se separó de él: Alza tus ojos y mira desde el lugar en donde estás hacia el norte, el mediodía, el oriente y el poniente. Pues bien, toda la tierra que ves te la daré a ti ya tu descendencia por siempre.” (Gn 13,14-15)
Así pues, Israel en el desierto es un gran signo, imprescindible e insoslayable, que nos hace contemplar la fuerza del Pecado y el poder de la Misericordia, que nos hace descubrir a la distancia, aquella plenitud en Cristo, la plenitud de un ámbito misterioso que nos conduce hacia la Patria celestial.

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