Homilía del Pater Christian Viña
La Plata, lunes 22 de julio de 2024.
Había una vez un congreso internacional de biblistas. Las discusiones que allí se libraron parecían verdaderas batallas campales: que si el Jesús histórico, o el Cristo pospascual; si hay evangelistas, o comunidades autoras; que no hay que atenerse a lo meramente escrito porque “entonces no había grabadoras”, y otras polémicas por el estilo. A la salida, los participantes, vieron derramar abundantes lágrimas a María Magdalena: ¿Mujer, por qué lloras? (Jn 20, 13), le preguntaron. “Porque se han llevado al Señor y no sabemos dónde lo han puesto” (Jn 20, 2).
La perplejidad alcanza hoy a innumerables creyentes; que asisten, con asombro, a ciertas licuaciones de la Palabra de Dios. Como dice nuestro querido y admirado biblista, padre Horacio Bojorge, en su recomendable libro “Éstas son aquellas palabras mías. El lugar de la Sagrada Escritura en la homilía” (Gladius. Buenos Aires. 2007), “uno de esos errores peores que la enfermedad sería enfrascarse en un biblicismo de estilo protestante, que comienza por la libre interpretación, sigue por la interpretación arbitraria; involuciona puritanamente en un legalismo neojudío y termina en la incredulidad racionalista” (Pág. 78-79).
La obra del reconocido sacerdote uruguayo –que, literalmente, devoré en estos días- reúne cuatro conferencias que dio en las Jornadas Anuales de Estudio para nuestro clero de la Arquidiócesis de La Plata, el 10 y el 11 de setiembre de 2002. Gracias a Dios, todas sus charlas y exposiciones son siempre, y en modo germinal, futuros libros; y por eso, éste servidor –que por entonces no era ni seminarista-, y un sinfín de creyentes nos beneficiamos de todos sus trabajos. El libro, cuya presentación está a cargo del recordado padre Miguel Ángel Barriola –otro uruguayo, y biblista, que tanto bien hizo, con sus enseñanzas y testimonio, en nuestro Seminario Mayor San José de La Plata- es para beneficio de todos -especialmente de nosotros, los sacerdotes-, una veraz tribuna de doctrina, un canto al anuncio de la Buena Noticia, y una serena invitación a dejarse conducir por Cristo, en el Espíritu Santo; sin ceder a la tentación de creernos, nosotros mismos, los inspirados artífices de nuestros propios sermones… Por eso, aclara el padre Horacio, que la obra no pretende ser un “recetario”, ni una guía práctica, ni un “tutorial” –como se dice ahora- para la preparación de las homilías. Busca -y ello queda óptimamente plasmado-, iluminar por Quién y desde Quién, y a quiénes nos dirigimos cuando predicamos.
Ya de entrada, exultante, exclama nuestro autor: ¡Qué bueno que el lugar de la Sagrada Escritura en la Homilía sea el lugar que Jesucristo mismo le ha dado en su predicación! ¡Qué bueno que eso ya esté determinado y firme y no lo tengamos que reinventar! ¡Qué bueno que tengamos la segura confianza en que Él nos soplará –como un divino apuntador- junto con su Espíritu, lo que tenemos que decir! (Pág. 14). Apela, seguidamente al Oficio y el carisma de interpretar las Sagradas Escrituras y explicarlas al Pueblo. Y, citando a Santo Tomás de Aquino, aborda el triple testimonio que dan de Cristo, el Padre, las Escrituras, y las obras del mismo Hijo; para llegar hasta la nube de testigos (Heb 12, 1) de la Carta a los Hebreos. No hace concesiones, con ese contexto, a los manipuladores conocidos, y por conocerse: La Escritura está expuesta al mal uso, a la tergiversación. Puede usarla Satanás en las tentaciones del desierto, puede usarse para fundamentar la necesidad de matar a Jesús, puede esgrimirse o jugarse contra la Iglesia durante la Reforma, o contra la fe de la Iglesia por el racionalismo bíblico (Pág. 23). Y agrega: En asuntos de conocimiento de las Escrituras el primer movimiento ha de ser pues: “credo ut intelligam”. Creo para entender las Escrituras. Si no creo en Jesús, entonces las Escrituras se cierran sobre mí, me encierran en ellas mismas, me engullen y no alcanzo a ver el testimonio que ellas dan acerca de Jesús (Pág. 26). Por eso, advierte sobre el silencio acerca de lo esencial, siempre preocupante cuando proviene del olvido de lo esencial. Y es particularmente dañoso y catastrófico cuando, traducido en desviaciones prácticas, compromete –como es el caso de la predicación- lo más esencial: la salvación y santificación de los hombres: “¿Cómo se salvarán si no creen y cómo creerán si no se les predica?”.
Contundente, asevera: Éste es nuestro punto de partida: que la Homilía es propiamente un acto de Cristo. Que en la Homilía el sacerdote no debe enseñar menos “in Persona Christi” de lo que ofrece y consagra, de lo que sacrifica y da en comunión. El acto de hablar y transmitir la Palabra del Padre, tanto como el de ofrecer el sacrificio a Dios, los hace el sacerdote en nombre y en virtud de Cristo. Cosa que no puede suceder si no es en comunión con su Espíritu (Pág. 38). Recorre en su fundamentación, claro está, diversos libros de la Biblia, textos patrísticos y escolásticos y documentos magisteriales de antes y después del Vaticano II; lo que le da a su trabajo un amplio marco, no estrecho, ni parcializado. Y, obviamente, se detiene y abunda en la predicación de Cristo, que es modelo para toda homilía, la de su encuentro con los discípulos de Emaús: Entonces les abrió la inteligencia para que comprendiesen las Escrituras (Lc 24, 45). Siempre será imprescindible que, a la hora de predicar, el primer corazón que arda sea el del propio Sacerdote. Y, por eso, nuestro prestigioso autor, al citar a Santo Tomás, resumiendo a San Agustín, enfatiza: “El sabio que sabe hablar, cuando expone lo que sabe, debe hacerlo de manera que enseñe, deleite y mueva” (Pág. 87). Dios nos libre y nos guarde del reproche que irónicamente expresaba alguien acerca de un orador. ¡No dice nada! ¡Pero qué bien lo dice! (Pág. 93). Fondo y forma se reclaman mutuamente. Y hacen juntos su propia alabanza a Dios.
En la conclusión de la obra asegura que el don de la palabra es el don más apetecible para nosotros los sacerdotes… Como todos los dones que el Padre está deseoso de derramar, ha de pedirse con plena confianza, disponerse para recibirlo, reconocerlo cuando actúa, sin confundirlo con algo nuestro (¿qué tienes que no hayas recibido?), recibirlo efectivamente, agradecerlo y alegrarse con él, y por fin secundarlo y cultivarlo, atesorarlo y no menospreciarlo para no perderlo por el abuso o el desuso (Pág. 103). Y nos advierte sobre el riesgo de sermonear sin Cristo: En nuestra predicación, la Escritura no tiene el mismo lugar que tenía la Escritura en la enseñanza de los escribas y fariseos. Glosando la advertencia de Jesús, podemos decir que, si el lugar de la Escritura en nuestra predicación no es el que le da Jesús en la suya, superando así la antigua comprensión de las Escrituras, no se cumple con la misión de ser testigos y apóstoles según la entiende el que nos envía (Mt 5, 17-20) (Pág. 104). Bien humildes debemos ser, entonces, los curas, para dejarnos tomar de la mano del Señor; y ser solamente su voz desde el púlpito o el ambón. Pobres de nosotros si nos predicamos a nosotros mismos; o sobre meras cuestiones sociológicas, políticas, ambientales, y otras de similar pelaje. ¿No estaríamos haciéndolo, incluso, contra Cristo?
La última vez que lo vi al padre Bojorge fue en Montevideo, a fines de 2023. Tras nuestro primer saludo efusivo –nos conocemos desde hace más de treinta años- le dije: “Estoy recomendando mucho, en Dirección Espiritual, tu último libro ‘Varón y mujer. Entre designio divino y abolición demoníaca’…” No me dejó seguir hablando y, como un rayo, me advirtió: “¿Cómo último libro? ¡Querrás decir el de reciente aparición!” ¡Genio y figura hasta la sepultura! “Claro –le respondí-, queridísimo padre. Disculpa mi impertinencia. ¡Sigue escribiendo hasta que Dios te llame!”. Y, con su sentido del humor habitual, concluyó: “En el Matrimonio decimos: hasta que la muerte los separe. Para nosotros, los curas que escribimos, es hasta que la imprenta nos separe …”.
Por supuesto, querido padre Horacio. Con tus fecundísimos 90 años es mucho lo que todavía esperamos de ti. Que nuestras predicaciones con Cristo, en Cristo, y por Cristo sean cada vez más contundentes. Para que brille en ellas el Sol de lo alto (cf. Lc 1, 78). Y seamos siempre servidores, y no despilfarradores del Misterio. Y evitemos, para desgracia de María Magdalena y una infinidad de creyentes, la profanación del Resucitado.
+ Pater Christian Viña
La Plata, lunes 22 de julio de 2024.
Fiesta de Santa María Magdalena.