6. El contenido de su enseñanza
Hasta aquí hemos explorado el modo de pensar de Jesús.
Si nos preguntamos ahora ¿cuál es el contenido el pensamiento vivido y enseñado de Jesús? ¿Qué es lo que Jesús viene a vivir y a enseñar? ¿Cuál es, en síntesis, la enseñanza de Jesús en el Sermón de la Montaña?; hemos de decir que viene a enseñarnos a vivir lo mismo que él vivió: “a vivir como el Hijo, a vivir como hijos”. Así hemos titulado nuestra lectura, interpretación y comentario del Sermón de la Montaña según San Mateo del cual acaba de publicarse la primera parte, que trata de las Bienaventuranzas[1].
Vivir como el Hijo, vivir como hijos
Jesús es el Hijo eterno de Dios, hecho hombre. Vive en su humanidad, análogamente, lo mismo que vive en su divinidad. En la tierra vivió de cara al Padre tal y como vive en el seno de la Trinidad. Si como Verbo eterno es el eternamente engendrado por el Padre, en una generación sin principio ni fin; como hombre también se experimenta así, engendrado. Sostenido en el ser de su naturaleza creada y glorificada; y configurado a imagen y semejanza perfectísima del Padre. El Verbo que es eternamente Dios que se recibe de Dios, – engendrado, no creado, de la misma naturaleza que el Padre-, es, también como hombre, hombre que se recibe y es asemejado. Recibe el ser del Padre a cada momento, siempre y para siempre. El ser y la creciente semejanza.
Eso es lo que Jesús supo vivir y quiere enseñarnos. A vivir recibiéndonos del Padre como un don de Su amor. ¿Qué tienes que no lo hayas recibido del Padre?[2] Siempre estamos en su presencia como niños que deben recibirlo todo. Si no nos hacemos como niños ante Él, no entramos en el Reino de los Cielos[3]. Es decir no somos hijos, no tenemos comunión de vida con el Padre. Nos quedamos afuera del regocijo de su amor paterno, afuera de la bienaventurada condición filial. Ser hijo es tener un “ser” recibido como don de amor, que te hace imagen y te asemeja progresivamente al Padre. Si quisiéramos hacernos hijos a nosotros mismos, darnos el ser filial, la imagen y la semejanza, asemejarnos más a Él por propia obra y esfuerzo, nos pondríamos a hacer ejercicio ilegal de la divinidad. Estamos hechos para aceptar y acoger libre y gozosamente el ser que recibimos del Padre. Y no hay felicidad mayor[4].
6.1 La vida filial según el Sermón de la Montaña
El Sermón de la Montaña se presenta, pues, como revelación de la nueva justicia filial, que supera la antigua justicia de la Ley y los profetas, tal como era entendida y practicada por los hombres más piadosos y religiosos del pueblo de Israel. Esta nueva justicia filial, es la relación filial-paterna que une a Jesús y al Padre. Es un nuevo modo de relación religiosa entre el hombre y Dios. “Si vuestra justicia [es decir la filial] no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los Cielos [es decir en la condición filial]”[5].
La revelación de la justicia filial arroja luz, por lo tanto, sobre qué entiende Jesús por “Reino de los Cielos”. El Malkut hashammayim, el Reino de los Cielos era una expresión corriente de su época, que Jesús también recoge pero redefine[6]. Para Él, el Reino de los Cielos es la condición filial y entrar en el Reino de los Cielos es convertirse interiormente en hijo, adquirir un corazón de hijo, una conciencia de hijo y vivir como agrada al Padre.
6.2 Para gloria de Dios Padre
El Sermón de la Montaña se estructura en cinco partes, como una descripción de la condición filial.
Se puede decir que es un espejo de Cristo y un espejo de cristianos.
La primera parte (Mt 5,1-16) es el exordio y contiene además de las Bienaventuranzas, la declaración de que los que viven como el Hijo son una nueva raza de hombres; luz y sal del mundo, que lo iluminan y le dan sabor por una razón muy precisa y puntual: porque todo su obrar apunta a la glorificación del Padre: “que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mt 5, 16). Queda así enunciado, ya desde el comienzo, el fin último que especifica la vida filial: la gloria del Padre.
6.3 Bienaventuranzas como regeneración
Las Bienaventuranzas, aunque se presentan al comienzo del Sermón, son un resultado y vienen al final. Son en realidad la consecuencia de vivir para la gloria del Padre. Son la glorificación de que el Padre hace objeto a los que viven como el Hijo, a los que viven como Hijos y son una nueva raza de profetas[7].
Las Bienaventuranzas son, en efecto, como lo ha dicho Juan Pablo II a los jóvenes en Toronto, “la Carta Magna del cristianismo” porque son el retrato de Jesús y de sus discípulos. Jesús las predica porque las ha experimentado viviéndolas. Pero ellas no son leyes ni preceptos, como las del Sinaí. No son algo que Cristo y los cristianos deban hacer o hagan por sí mismos o consigo mismos. Son lo que el Padre hace con ellos. Son el retrato de lo que Pablo llama el “hombre nuevo”[8] o “nuevo Adán”[9]. El retrato de los hombres re-engendrados[10] por Dios. Las Bienaventuranzas expresan lo que el Padre hace y hará con los que vivan como el Hijo. De modo que el Exordio del Sermón enuncia las promesas de lo que “Dios ha preparado para los que le aman [como el Hijo, como hijos]”. Cosas que, al decir de San Pablo, “ni ojo [humano] viera [antes] ni oído [de hombre alguno] oyera [antes]”[11].
6.4 Identikit ontológico del ser filial
La segunda, tercera y cuarta parte del Sermón de la Montaña contienen un ‘identikit’ del ser filial; del obrar, de la conciencia y del corazón filiales. Una descripción que, comenzando desde lo más exterior que es el obrar, va hacia las raíces de la acción, que están en la conciencia y en el corazón. Jesús comienza por caracterizar el obrar filial (5,20-48); después penetra en el secreto del obrar filial, que es la conciencia filial (6,1-18) y completa la descripción adentrándose en la fuente de la conciencia filial, que es el corazón filial (6,19 – 7,12).
6.5 El obrar filial: dar cumplimiento filial a la ley y los profetas
Jesús no ha venido “a abolir la Ley y los Profetas sino a darles cumplimiento” (Mt 5,17).
Al describir el modo de obrar filial, Jesús insiste en establecer un contraste entre lo que sus oyentes han oído decir hasta ahora y lo que él agrega: “Habéis oído que se dijo… pero yo os digo”[12].
La razón última de esta exigencia mayor, de esta excedentariedad de la justicia filial respecto de la justicia del Sinaí, es la exigencia de reflejar como hijos la imagen y semejanza del Padre: “vosotros sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto”[13].
Es pues necesario descender del Sinaí y subir al Monte de las Bienaventuranzas, donde la Ley y los Profetas alcanzan su cumplimiento filial. Jesús los lleva a su cumplimiento leyendo en ellos la voluntad del Padre y cumpliéndola hasta el “todo está cumplido”[14] con que expira sobre el Monte Calvario. Allí alcanza su cumplimiento filial y final la justicia del Sinaí, la “Torah wehannebiim”, la Ley y los Profetas. Lo que ha hecho la cabeza ha de hacerlo luego el cuerpo místico para completar, como dice San Pablo “en mi carne lo que falta a la Pasión de Cristo en bien de su cuerpo que es la Iglesia”[15].
Ese asemejamiento filial, por ser humanamente imposible, no puede ser objeto de ley, sino solamente objeto de un don. Más aún: sólo puede ser resultado de una nueva generación, de una comunicación del ser del Padre por divina regeneración.
[1] BOJORGE, Horacio, Vivir como el Hijo, vivir como Hijos. Las Bienaventuranzas. Buenos Aires, Lumen 2003, 124 p.
[2] 1 Co 4,7
[3] Lc 18,16-17
[4] BOJORGE, Horacio, op. cit., p. 10
[5] Mt 5,20
[6] Sobre el Reino de los Cielos véase SABUGAL, Santos, OSA, ABBA’ La oración del Señor (Historia y exégesis teológica) Madrid, BAC pp. 453-529
[7] Mt 5,12; cfr. Hch 2,17
[8] Ef 4,24; Col 3,10; hombre nuevo que vive una vida nueva: Rm 6,4; 7,6; 12,2
[9] 1 Co 15,45
[10] palingenesía Mt 19,28; 1 Tit 8,5; cfr. Jn 3,3.5-6; anagennêsis 1 Pe 1,3.23
[11] 1 Co 2,9
[12] Mateo 5,21.27.31.33.38.43
[13] Mt 5,48
[14] tetélestai Jn 19,30
[15] Col 1,24