
EL SERMÓN DE LA MONTAÑA
JESÚS: MAESTRO DE LOS PENSADORES CRISTIANOS[1]
Horacio Bojorge, S.J.
1. Jesús como pensador
Ocuparse del Sermón de la Montaña en un Simposio de pensadores cristianos, es ocuparse de Jesucristo como pensador. Este asunto nos introduce en el debatido tema del conocimiento del Hombre-Dios y suscita inmediatamente una serie de preguntas.
¿Es aplicable el título de pensador a Jesucristo? ¿En qué sentido puede decirse que Jesucristo fue un pensador? ¿No es disminuir al Hombre-Dios tomarlo en consideración dentro de una lista de pensadores? ¿No equivale a considerar su mensaje como una doctrina humana más, desconociendo la naturaleza de ‘revelación divina’ que tienen sus enseñanzas? ¿No es desconocer el carácter único e irreductible de este Pensador? ¿Cómo hay que entender el término “pensador” para que le sea aplicable? ¿Daría pie la Sagrada Escritura para llamarlo así? ¿Qué dicen la Tradición y la Sagrada Escritura acerca del pensamiento de Jesús?
Por otra parte ¿Acaso no puede arrojar luz sobre el pensar de todos los pensadores cristianos el detenerse a considerar cómo y qué pensó Jesús? Es decir, ¿sobre qué realidades centrales y desde qué experiencias se detuvo a considerar, a contemplar, a pensar y a enseñar, el Maestro y Señor de todos los cristianos creyentes? ¿Acaso no siguen siendo válidos los contenidos de su enseñanza para todo pensador que quiera llamarse cristiano o para que pueda considerárselo tal?
2. El conocimiento de Jesucristo
Ocuparse del pensamiento de Jesús, tanto del modo como ejercitó su inteligencia cuanto de los contenidos mismos de su pensamiento, es algo que han hecho ampliamente, escrutando minuciosamente los datos de la Escritura y las enseñanzas de la Tradición y de los Concilios Ecuménicos, las grandes lumbreras de la teología católica: los Santos Padres, San Agustín, Santo Tomás de Aquino, San Buenaventura…
Santo Tomás de Aquino, resumiendo las enseñanzas de esa tradición, reconoce en Cristo cuatro clases de ciencia, completamente distintas, pero perfectamente combinadas y armonizadas entre sí: la ciencia divina, que poseía plenamente en cuanto Verbo de Dios; la beatífica, que le correspondía como bienaventurado aun acá en la tierra; la infusa, que recibió de Dios en grado superior a la de los ángeles; y la adquirida, que fue creciendo, o manifestándose cada vez más perfectamente, a lo largo de toda su vida”[2].
De ahí que se haya podido decir que “la inteligencia de Jesucristo es un abismo donde la pobre razón humana, aun iluminada por la fe, se pierde y anonada” y que “asusta meditar en la extensión y profundidad de los conocimientos naturales y sobrenaturales que poseía por ciencia infusa el alma santísima de Cristo”[3]. San Pablo afirma –en efecto– que en Jesús residen “todos los tesoros ocultos de la sabiduría y de la ciencia”[4]. Es decir que la experiencia de Jesús, sus conocimientos y su pensamiento, superan los de todo hombre.
Pero donde es supereminentemente superior, es en lo tocante al conocimiento del misterio de Dios.
Refiriéndose al conocimiento particularísimo de Dios que tuvo Jesús, dice Santo Tomás: “El alma de Cristo se une al Verbo más próximamente que cualquier otra creatura por estarle unida en persona. Y por esto recibe con mayor plenitud la luz, en la que es visto Dios por el mismo Verbo, que cualquier otra creatura. Y así ve más perfectamente que todas las demás creaturas la misma verdad primera que es la esencia de Dios. Por lo que dice Juan 1,14: ‘vimos su gloria como de Unigénito del Padre, lleno [no solamente] de gracia [sino también] de verdad’”[5]
3. Pensamiento pensado y pensamiento enseñado
Es propio del sabio no querer enseñar todo lo que sabe. Jesús no enseñó todo lo que sabía.
No solamente porque eso hubiera excedido la capacidad de sus oyentes y no era necesario para su provecho, sino porque no era voluntad de su Padre que nos lo enseñase todo, sino solamente aquello en que sobresalía su conocimiento: el conocimiento de Dios y de nuestra identidad en relación con Él. Él debía comunicarnos el conocimiento que nos era conveniente y necesario para entrar en comunión con el Padre como él lo estaba: “ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti el solo Dios verdadero y a quien enviaste, Jesucristo”[6].
En esta exposición no nos adentraremos, pues, a escrutar el misterio del pensamiento pensado de Jesús, que no era todo él enseñable. Nos limitaremos a atender a su pensamiento enseñado. No queriendo que una curiosa investigación de los misterios de la psicología de Jesucristo nos distraiga de la atenta escucha y consideración de sus enseñanzas, examinaremos solamente esa sola arista de la punta doctrinal de ese témpano inmenso de la ciencia de Cristo. ¿Qué contenidos de su conocimiento se asoma allí a la superficie? ¿Qué parte de este inmenso saber nos ofrece en su enseñanza?
Es obvio que lo que Jesús enseña brota de todo lo que Él sabe, pero su enseñanza refleja solamente una parte de su saber. Dicho más concisamente: consideraremos a Cristo como pensador solamente en tanto y en cuanto tenemos acceso a él como maestro. “El buen maestro –dice San Agustín– sabe lo que ha de comunicar y también lo que ha de ocultar”[7].
En la consideración del contenido de su pensamiento enseñado, por razones del tiempo disponible, nos ceñiremos a presentarlo a la luz del Sermón de la Montaña. Porque aunque todo el Nuevo Testamento refleja su pensamiento enseñado, el Sermón de la Montaña es su gran discurso inicial y programático donde podemos encontrar, en apretada síntesis, la quintaesencia de ese pensamiento enseñado.
Es conveniente también hacer notar aquí que, el pensamiento enseñado por Jesús es, lo que podríamos llamar, su pensamiento vivido; ya que Jesús enseña lo que vive y de lo que vive. Viviendo crea simultáneamente la materia de su enseñanza. Por este motivo se entiende que para ser su discípulo no basta la simple escucha e intelección de su enseñanza, sino que la imitación es el modo de apropiarse de su pensamiento vivido mediante un proceso de aprendizaje vivido.
4.Despejar equívocos
Al aplicarle a Jesús el predicado pensador, debemos deslindar el sentido del término, de ciertas acepciones que sería impropio aplicarle y que han dado lugar incluso a usos despectivos y peyorativos del vocablo.
En un mundo marcado por las corrientes idealistas, suele considerarse que los pensadores son inventores de la realidad, o de la verdad, que la crean pensándola, casi como dioses; o que dictaminan lo que ha de ser y hacerse. El pensamiento idealista moderno ha creado las ideologías; sistemas de pensamiento al servicio de los poderes de este mundo. Han sido lo que los profetas del rey en el Antiguo Testamento. Han dicho lo que al poderoso le agrada oír y lo que justifica ante al pueblo el ejercicio más o menos tiránico de su poder. No es pues, pensador, el que se piensa la realidad con independencia de ella, y de algún modo la inventa, deduciéndola de su propia reflexión. A quien así procede conviene llamarlo ideólogo. Es, en rigor del término, un sofista.
A Jesús le conviene el predicado de pensador, en el sentido en que la filosofía realista lo ha reconocido y enseñado siempre: el hombre que contempla la realidad, luego reflexiona sobre lo contemplado, y se hace maestro de contemplación y de reflexión. Es el que conoce lo que es y enseña a contemplarlo a reflexionar sobre ello. El pensamiento como acto discursivo tiene su principio o punto de arranque en la aprehensión de la realidad o experiencia.
Pero, a diferencia de los demás hombres hasta él, la realidad que experimenta y de la que habla Jesús, es su propia vida, de modo que su pensamiento vivido se hace fuente de su pensamiento enseñado. Jesús es creador, divina y humanamente creador, de una nueva realidad humana, de una nueva manera de relacionarse el hombre con Dios, como de hijo a Padre. Y éste es el principal contenido de su pensamiento. Un contenido creado con su vida de hombre sobre la tierra y ofrecido a los hombres en forma de enseñanza y vida.
[1] Ponencia en el III Simposio de pensadores Cristianos Universidad de Cuyo 2003
[2] SANTO TOMÁS, Summa. Theologica IIIª Q. 9–12
[3] MARÍN, Royo, Jesucristo y la Vida Cristiana, Madrid, BAC 1961, p. 119
[4] en hô eisín pantes hoi thêsauroi tês sofías kai gnôseôs Col 2:3
[5] SANTO TOMÁS, Summa Theologica III, q. 10, a., c.
[6] Jn 17,3
[7] “Cuando oís decir de Cristo, que ignora aquél día (Mt 24,36) entended que se dice que lo hace ignorar, que lo oculta, para que se ignore lo que no conviene que se nos manifieste” y prosigue nuestra cita: “Hoc est quod dixi, magistrum bonum nosse quid prodat, nosse quid tegat”” San AGUSTÍN, Enarraciones sobre los Salmos, in Salmo 36,1 (Madrid, BAC 1964) T. I, p. 577-578